Calor Bajo Cero Capítulo 42 Elena
77%

Capítulo 42 Elena

Son las nueve y media de la noche y sigo ocupada en la cueva con el trabajo.

La parte que usamos para las clases está vacía y oscura salvo por la luz del rincón donde trabajo, esa bombilla de filamento que zumba levemente y que debería cambiar desde hace meses.

Llevo cuarenta minutos repasando la coreografía sola, marcando los tiempos con los pies sin música, contando en voz baja lo que Natalia tiene que hacer dentro de cinco días.

Cinco días.

Me paro en mitad del giro y me quedo quieta.

El problema no es la coreografía. La coreografía es buena, es lo más honesto que he montado en meses: tres minutos de seguidillas con el peso justo, sin artificios, sin pirotecnia de escuela.

Brazos que respiran. Pies que preguntan antes de golpear.

Algo que Natalia puede hacer porque lo he construido para sus limitaciones, para su manera rara y exacta de moverse, para ese instante que encontró hace unos días con los ojos cerrados cuando dejó de contar y simplemente estuvo.

El problema soy yo.

Me siento en el suelo con la espalda contra el espejo. El frío del cristal me atraviesa la camiseta. Así me tenía mi abuela Rosario cuando era pequeña, con la espalda recta contra la pared de la cueva, y me decía: el baile que no te cuesta sangre no vale una peseta.

Esta coreografía me ha costado sangre.

No la he montado como profesora. La he montado como alguien que quiere que otra persona brille delante de los mismos colegas que se rieron de ella la primera noche.

Que quiere que Salgado se trague su apuesta, sí, pero sobre todo que quiere que Natalia se vea a sí misma como la he visto yo aquella tarde: con la mano en la mía, sin calcular nada, caminando calle abajo.

Si falla, voy a sentirlo como si fuera mi error.

Eso no es pedagógico. No es profesional. Mi prima Soleá me lo diría con esa ceja levantada que tiene para las verdades incómodas.

Me levanto, pongo la música desde el móvil y marco los primeros ocho tiempos otra vez.

Natalia no sabe que tengo más miedo que ella.

Y no pienso decírselo.

* * *

Hugo aparece una tarde con los bolsillos llenos de nada y esa cara de quien no tiene dónde estar pero finge que ha venido con propósito.

—Estás rara —dice, apoyándose en el marco de la puerta.

—Estoy trabajando.

—Estás dando vueltas como un trompo sin música. Aparte no tienes otra clase hasta dentro de una hora.

Me siento en el banco del fondo y me cruzo de brazos.

—¿Y si después de la demostración ya no necesita venir?

Hugo abre la boca. La cierra. Me mira como si acabara de decir que el agua moja.

—Elena. Está claro que no viene solo por las clases.

—¿Entonces por qué?

—Elena. Por favor.

Me levanto y pongo música para no seguir mirándolo.

Hugo, en lugar de callarse, hace lo que hacen los hombres cuando no saben gestionar un silencio incómodo: actúa.

Se planta en el centro de la cueva, abre los brazos como si fuera a abrazar a la Giralda, y ejecuta lo que él considera un paso de flamenco.

Es un crimen. Es un atentado. Es las dos cosas a la vez.

Soleá, que está haciéndose en ese momento un café en el rincón, levanta el móvil sin decir nada. Lo graba con la serenidad de quien sabe que acaba de encontrar oro.

—Hugo —digo—. Lo tuyo es un crimen contra el arte.

—¿Y Natalia?

—Natalia es un crimen en rehabilitación.

Soleá suelta una carcajada y ya está publicando el vídeo con algún texto que prefiero no leer.

Hugo se va cuando llega Natalia, con ese instinto suyo para desaparecer en el momento exacto. Natalia entra con el pelo húmedo de la lluvia fina que ha empezado a caer sobre el Sacromonte y huele a frío y a algo que no identifico pero que ya reconozco.

Repasamos los pasos veinte minutos. Luego ella pregunta algo sobre mi abuela Rosario y terminamos sentadas en el suelo del estudio hablando durante una hora de todo lo que no es baile: de Cantabria, de Zúrich, de nuestras vidas antes de conocernos.

No le digo nada de lo que le debería decir.

Ella tampoco.

Cuando se va, el estudio queda con su ausencia dentro, que ocupa más que su presencia.

No te vayas.