Calor Bajo Cero Capítulo 41 Natalia
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Capítulo 41 Natalia

Han pasado diez días desde la cabaña.

Los cuento porque sí, porque al final cuento todo, aunque ahora los números me sirven para otra cosa. No para medir el progreso. Solo para saber cuántas veces me he levantado de la cama pensando en ir a las cinco a la academia.

Diez.

La clase de hoy empieza como todas: Elena pone música, yo me coloco en el centro del estudio, ella me mira desde el espejo con los brazos cruzados.

Pero ya no me mira igual que al principio.

Ya no es la mirada de quien evalúa a alguien que no sabe dónde poner los pies.

Es otra cosa. Tarda un segundo de más en apartar los ojos cuando la pillo mirando, y yo también.

—La seguidilla —dice, y pone una nueva pista.

La guitarra entra sola primero. Luego la voz.

Elena me explica que la letra habla de alguien que se va y no mira atrás. Que se va sabiendo que deja algo roto. Que la dignidad, dice, es lo único que nadie puede quitarte.

—Escucha la letra —me dice—. No el compás. La letra.

Lo intento. Cierro los ojos un momento, dejo que la voz llegue antes de moverme. La guitarra marca el tiempo pero yo no lo cuento. Escucho al hombre que canta sobre irse, sobre la espalda recta y la garganta apretada, y algo en ese dolor me resulta completamente familiar.

Muevo los brazos.

No perfectos. No calculados. Pero míos.

Los pies siguen, el cuerpo gira, y durante cuarenta segundos exactos no pienso en el ángulo de los codos ni en la posición de la cadera ni en cuántos días me quedan en Granada.

Pienso en el aeropuerto de Zúrich hace tres años, en la maleta facturada con todo dentro menos lo que importaba, en la sensación de que irse de España era lo más ordenado que podía hacer.

La música termina.

Abro los ojos.

Elena no dice nada durante un momento. Está de pie junto al altavoz con una expresión que no le había visto antes, algo que le ocupa la cara entera y que intenta controlar sin conseguirlo del todo. Se aclara la garganta.

—Tu abuela se sentiría orgullosa.

Me río antes de poder evitarlo.

—Mi abuela era de Valladolid. No sabía bailar ni la jota.

Elena no se inmuta.

—Da igual. Se sentiría orgullosa.

Y lo dice con una convicción tan tranquila, tan sin adornos, que tengo que mirar al suelo un segundo. La madera está desgastada justo en el centro, donde generaciones de pies han golpeado y girado y exigido. Elena ha bailado aquí desde que tenía cinco años. Yo llevo diecinueve días.

Cruzo el estudio.

Cuando llego hasta ella, Elena no retrocede. Me mira desde la silla donde está apoyada, con esa verticalidad suya que no tiene nada que ver con la estatura, y levanta una mano para apartarme un rizo de la cara. Lo hace despacio. Como si tuviéramos tiempo de sobra.

Le cojo la mano antes de que la retire.

—¿Cuándo fue la última vez que te emocionaste viendo bailar a alguien? —le pregunto.

—Hace un rato.

—No me lo dijiste.

—Te lo acabo de decir.

Su lógica es impecable y completamente desesperante. Me inclino hacia ella y la beso, que es lo único que se me ocurre que no requiere argumentación. Elena responde con una mano en mi nuca, sin prisa, sin cálculo ninguno.

Afuera, Granada hace lo de siempre.

Aquí dentro, yo no cuento los pasos.

* * *

Salimos de la academia con la tarde pegada a los adoquines como miel vieja.

Elena cierra con llave, mete el llavero en el bolso sin mirar, y echa a andar calle arriba. Yo la sigo un paso atrás durante exactamente tres segundos, que es lo que tardo en decidir que ya está bien de seguirla un paso atrás.

Le cojo la mano.

No porque esté ebria. No porque tropiece, no porque haya un beso que salvar o un silencio incómodo que rellenar. Solo porque está ahí, y yo estoy aquí, y sus dedos encajan con los míos con una naturalidad que me sorprende como si no lo hubiera planeado, aunque llevo días pensando en ello.

Elena no dice nada. Aprieta un poco. Seguimos andando.

El Sacromonte huele a romero seco y a las últimas horas del sol, que aquí caen distintas, más lentas, como si la luz supiera que merece la pena quedarse.

Las paredes blancas guardan el calor del mediodía y lo sueltan ahora, en esta hora entre horas, y yo lo noto en la palma de la mano de Elena, que está caliente y seca y completamente tranquila.

Tomás me mandó un mensaje esta mañana preguntando cómo estaba.

Bien, le respondí.

¿Bien bien o bien por no pensar?

No le contesté.

Pero ahora mismo, con esta mano en la mía y esta calle que baja hacia la ciudad en curvas lentas, creo que es bien bien. O algo que todavía no tiene nombre en mi sistema de clasificación habitual y al que me niego a ponerle uno esta tarde.

—¿En qué piensas? —pregunta Elena.

—En nada.

Me mira de reojo. No me cree, pero no insiste.

Pasamos por delante de una hilera de tiendas que venden Granada en pequeño: azulejos pintados, bolsas con la Alhambra, castañuelas de plástico, llaveros, tazas, todo el repertorio. Y ahí, justo en la esquina del expositor giratorio de una tienda minúscula, veo el imán.

Es circular, del tamaño de una moneda grande, con una flamenca dibujada en rojo sobre fondo blanco y la palabra ¡Olé! en letras amarillas de trazo grueso.

—Mira —digo.

Elena mira.

Elena aparta la vista.

—¿Quieres uno?

Se gira hacia mí con una expresión que no había visto antes. No es enfado exactamente. Es algo más profundo y más sincero que el enfado.

—Antes muerta.

—Es encantador.

—Es un crimen contra la humanidad, Natalia.

—Cuesta setenta céntimos.

—El precio no es el problema.

Sigue andando. Yo la sigo, suelto su mano con toda la naturalidad del mundo, le digo que vuelvo en un momento, que se me ha enganchado el cordón.

Elena no pregunta nada. Se detiene a mirar un escaparate con cerámica de Fajalauza al otro lado de la calle, inclinando la cabeza hacia un plato azul con el interés genuino de quien entiende lo que mira.

Entro en la tienda.

Dos imanes. Uno para mí, uno para Tomás, que lleva semanas aguantándome y se merece algo horrible de recuerdo. El hombre detrás del mostrador me cobra un euro cuarenta sin mirarme. Los meto en el bolsillo interior de la chaqueta, donde no abultarán.

Salgo a la calle.

Elena sigue en el escaparate. Me acerco y le cojo la mano otra vez sin explicaciones. Ella me mira un segundo, busca algo en mi cara, no encuentra nada sospechoso.

—¿El cordón?

—Atado.

Asiente. Seguimos andando calle abajo con el sol cayendo despacio sobre el Sacromonte y los dos imanes en mi bolsillo, completamente a salvo.

* * *

El email llega a las nueve y cuarto.

Lo sé porque estoy leyendo en la tablet un informe de trabajo cuando llega el email e interrumpe mi lectura. Lo último que veo antes de que desaparezca: Actualización proyecto Sierra Nevada - adelanto de cierre.

Me siento en la cama.

El cuerpo lo hace solo, como un reflejo de emergencia. La Alhambra sigue ahí fuera, iluminada, completamente ajena.

Leo el correo dos veces. Wiegand AG está satisfecha con el avance.

Los anclajes del tramo norte han pasado todas las inspecciones.

El director de operaciones, Brandt, escribe que mi trabajo ha sido excepcional como siempre, Natalia, y que ven factible adelantar incluso mi regreso a Zúrich una semana. Al lunes siguiente.

Siete días menos.

Abro las notas sin pensar. El gesto es automático ya, como respirar o contar compases. Hay una lista que empecé hace diez días con el título que me pareció perfectamente razonable a las once de la noche después de la cueva: Cosas que Elena ha dicho que no entiendo pero me gustan.

Hay catorce entradas.

"El duende no avisa, llega."

"Quien no llora no mama, y yo ya no soy niña." (No sé qué significa pero lo dijo con una convicción que me dejó sin habla.)

"Mi abuela decía que el miedo y el amor huelen igual de lejos."

Cierro las notas.

El problema con mi cabeza es que siempre ha funcionado bien. Linealmente, con entradas y salidas claras. Esto entra, esto sale, aquí está la solución. Es el sistema que me ha llevado a Zúrich, a los Alpes, a cada proyecto que ha salido bien, que han salido todos.

Ahora mismo hay dos columnas y ninguna suma nada coherente.

Brandt. El lunes. El contrato. Mi piso en Zúrich con la almohada ergonómica y la cafetera buena y tres años construidos con precisión milimétrica.

Una mano caliente en la mía bajando por el Sacromonte.

El miedo y el amor huelen igual de lejos.

Cambio a la aplicación de email para responder a Brandt con algo profesional y mesurado.

Escribo: Recibido. Te doy una respuesta mañana.

Lo envío antes de que la otra parte de mi cabeza pueda opinar.