Capítulo 40 Hugo
Estoy en mi piso. Misi me observa interrogante. El borrador lleva ya casi tres horas abierto en la pantalla.
Tres mil palabras. Las mejores que he escrito en años, probablemente. Cada frase en su sitio, cada imagen construida con esa precisión que Julián lleva dos años diciéndome que me falta. Un artículo que se publicaría solo, que viajaría por las redes y aterrizaría en escritorios importantes.
Lo borro y vacío la papelera.
Cojo el teléfono y marco el número de Julián antes de que la parte de mi cerebro que calcula consecuencias pueda interrumpir.
—Dime que tienes algo —responde al segundo tono.
—No tengo el artículo.
Pausa corta. El tipo de pausa que precede a un terremoto.
—¿Perdona?
—Alarcón no quiere hablar. No voy a inventarme nada.
—Hugo. —Mi nombre en su boca suena como una amenaza de dos sílabas—. Llevas tres semanas ahí arriba. He pagado todas las facturas que me has enviado. Gasolina, el coworking ese de los hipsters, tus escapadas a Sierra nevada.
—Lo sé.
—¿Y me llamas para decirme que no tienes nada?
—Para decirte que no voy a escribir algo que no debo escribir.
Otro silencio. Escucho su respiración, el chirrido de su silla giratoria, lo que imagino que es su cara poniéndose del color de un semáforo en rojo.
—El plazo se ha cumplido ya hace rato. Estás despedido, Hugo. Recoge lo que sea que tengas en esa oficina y mándalo a la central en Madrid.
Cuelga.
Me quedo mirando el techo.
Hay una tela de araña en la esquina derecha de la pared que tiene más o menos la forma de Andalucía si entrecierras los ojos.
La observo durante veinte minutos. Quizás más.
El apartamento hace ese silencio particular de los martes por la tarde, coches lejanos, una paloma en el alféizar, el vecino del tercero arrastrando una silla.
Sin trabajo. Sin artículo. Con un borrador borrado y un número en el móvil que no tiene categoría profesional ninguna.
Llamo a Elena.
—Estoy en paro —digo cuando coge.
Dos segundos.
—Ven a casa. —Escucho de fondo el aceite en la sartén, la voz de Soleá cantando algo desafinado—. Soleá ha hecho croquetas.
—¿De qué?
—De jamón. ¿Qué más da?
Cojo la chaqueta del respaldo de la silla. Misi me observa desde el sofá con esa expresión suya de juicio permanente.
—Tú no tienes opinión —le digo.
Salgo cerrando la puerta con cuidado.
* * *
La casa cueva de Elena huele a aceite caliente y a algo que mi estómago reconoce antes que mi cerebro.
Soleá abre la puerta con un trapo de cocina en la mano y me mira de arriba abajo.
—Tienes cara de muerto.
—Gracias, Soleá.
—De muerto guapo. Pasa.
La parte de atrás que no ven nunca los clientes es pequeña y cálida, con las paredes llenas de fotos antiguas y un par de abanicos clavados como si fueran cuadros.
Elena está en la cocina con el delantal puesto, algo que en veinte años de amistad no recuerdo haber visto más de tres veces.
Me señala la silla de enfrente con la espumadera.
—Siéntate.
Me siento. Soleá deposita en el centro de la mesa un plato con croquetas que huelen a gloria y a jamón ibérico y a todo lo que no me puedo permitir ahora que no tengo nómina. Cojo una. Luego otra. Elena me observa masticar.
—¿Cuándo ha sido?
—Hace una hora.
—¿Y qué has hecho en esa hora?
—Mirar una araña en la pared de mi piso.
Soleá se sienta con nosotros y coge tres croquetas de golpe con una eficiencia que me parece admirable.
—Has hecho lo correcto —dice Elena.
—¿Desde cuándo hacer lo correcto se siente tan mal?
Elena deja la espumadera en el borde del plato.
—Desde siempre. Por eso la gente hace lo incorrecto.
Me quedo con eso un momento. Es la verdad más incómoda que me han dicho en mucho tiempo y viene envuelta en harina y bechamel, que es probablemente la única forma en que la habría aceptado.
Algo se me afloja en el pecho, esa zona justo entre las costillas donde llevo días guardando presión. Se me escapa sin permiso, primero los ojos, luego un sonido que no tiene nada de heroico, y estoy llorando en la cocina de Elena Medina con una croqueta a medio comer en la mano.
—Ay, Hugo. —Elena rodea la mesa y me pone la mano en la nuca.
—No me toques que lloro más.
—Ya estás llorando.
—Pues no me toques más.
Soleá me mira con los ojos muy abiertos, la cabeza ladeada, la expresión de quien presencia algo que le resulta científicamente fascinante.
—Es flipante —dice, en voz baja pero no lo suficiente—. En serio. Fibrado, barba de dos días, pinta de bruto, y luego... —hace un gesto circular con la mano hacia mi cara— esto. Los tíos gays sois una contradicción de la naturaleza.
Me río. No lo puedo evitar, se me escapa junto a las lágrimas y queda una mezcla bastante ridícula.
—Soleá, por favor —dice Elena.
—¡Es un cumplido! La sensibilidad es bonita, yo qué sé.
Me paso el dorso de la mano por la cara. Cojo otra croqueta porque en algún punto esto ha dejado de ser un gesto consciente y se ha convertido en un reflejo.
—¿Pero por qué no has escrito la entrevista y ya está? —dice Soleá, con toda la naturalidad del mundo.
Elena y yo la miramos al mismo tiempo.
—¡Soleá!.
—Vale, vale. Ética y tal. —Coge el plato y lo acerca hacia mí—. ¿Queréis más croquetas?
Acepto la tercera, o la cuarta, he perdido la cuenta.
El problema que no he mencionado todavía es Rubén.
Sigo sin decirle nada. Tengo el teléfono en el bolsillo y lleva ahí callado desde que colgué a Julián, y no sé cómo construir ese mensaje sin que suene a algo que no es.
Me han despedido por no publicar lo que te prometí que no publicaría.
Cualquier forma que le dé a esa frase termina pareciendo que espero algo a cambio, algún gesto, algún reconocimiento, y no quiero eso.
O no sé si lo quiero.
Cojo otra croqueta.
* * *
Esa noche, ya en mi piso, con Misi encima de los pies y el portátil cerrado encima de la mesa como un asunto resuelto, me llega una notificación.
Rubén. Sin texto.
Una foto.
La sierra al atardecer, la nieve encendiéndose en naranja y rosa desde alguna ventana del hotel, el cielo bajando en capas hasta que la luz se gasta del todo en el horizonte. La ha hecho desde arriba. Desde donde él está.
La miro durante mucho tiempo.
Rubén Alarcón, que responde con monosílabos, que abre las puertas solo hasta la mitad, que la semana pasada tardó tres días en escribirme un mensaje de once palabras, me ha mandado esto.
Sin explicación. Sin contexto. Solo la montaña al caer la tarde, como diciendo aquí estoy de la única manera que sabe.
Entiendo el mensaje perfectamente.
Misi levanta la cabeza y me mira.
—No digas nada.
Vuelve a apoyar el hocico entre mis rodillas.
Guardo el teléfono, lo saco, vuelvo a mirar la foto. La nevada, la luz, el silencio fotográfico de un hombre que no sabe decir las cosas pero las dice igual.
La guardo en el álbum del móvil.