Calor Bajo Cero Capítulo 39 Rubén
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Capítulo 39 Rubén

Las botas pesan diferente cuando sabes lo que hay debajo.

Pablo me ha dicho esta mañana que no hay obligación de calzarse los esquís.

Que podemos solo caminar por la nieve, ver cómo reacciona la rodilla, nada más.

Me lo ha dicho mientras ataba sus propios cierres con la misma calma con que me habla de las series de press, como si esto fuera una cosa ordinaria y no tres años de evitarlo.

Me he puesto los esquís sin responderle.

El primer contacto es el sonido. La nieve compacta cede con un crujido sordo bajo los cantos, y ese sonido me sube por las piernas y se instala en algún sitio detrás del esternón que creía tapiado.

Me quedo quieto. Solo quieto, con los palos clavados a los lados, mirando la pista azul que desciende suave y ancha delante de mí.

Pradollano está a mi espalda. Granada en algún punto invisible bajo la niebla del valle.

Pablo no dice nada.

Deslizo el pie derecho. Luego el izquierdo. No es un descenso, es apenas un dejarme ir, la gravedad haciendo el trabajo mientras yo me limito a no caer. La rodilla protesta con un aviso sordo, no un grito. Un aviso. La escucho y la ignoro por primera vez en mucho tiempo.

Cien metros. Quizás menos.

Me detengo clavando los cantos y miro atrás. Pablo está donde lo dejé, con los palos cruzados delante del cuerpo y una expresión que no es orgullo ni lástima. Es algo más neutro y más útil. Respeto, creo. Como el que se le tiene a algo que todavía puede hacerse daño pero no se ha roto.

Empieza a bajar hacia mí sin prisa.

—Cuando quieras vamos más lejos —dice cuando llega—. O con más cuesta.

—Hoy no.

—Vale.

Eso es todo. No anota nada en su móvil. No me palmea el hombro. Se limita a girar los esquís cuesta arriba y esperar a que yo haga lo mismo.

Subo los cien metros de vuelta con las piernas ardiendo y el pecho haciendo algo extraño, algo parecido a respirar de verdad.

Le mando un mensaje de buenos días a Hugo antes de quitarme los esquís.

* * *

El refresco sabe a gas y a nada, pero lo agradezco. El cuerpo pide azúcar después del frío.

Pablo ha pedido un bocadillo de jamón y lo está desmontando metódicamente, separando la miga del jamón con una concentración que resulta inquietante. No hemos hablado del descenso. Está bien así.

Llamo a Marcos.

Responde al segundo tono, lo que significa que ya estaba mirando el móvil.

—¿Qué ha pasado?

—Nada ha pasado.

—Cuando llamas a mediodía algo ha pasado.

Miro el refresco.

—Quiero volver a competir.

Silencio. Largo. El tipo de silencio que Marcos usa cuando cree que ha entendido mal pero no quiere parecer tonto.

—¿Competir?. Si es un chiste no tiene gracia.

—Algo pequeño. Regional. No el descenso de Kitzbühel, Marcos. Un principio.

—Rubén.

—No bromeo.

—Nunca bromeas, por eso me has dejado hoy cuajado.

—Entonces ya sabes que va en serio.

Otro silencio, más corto. Lo escucho teclear. Marcos siempre teclea cuando procesa información, como si necesitara las manos para pensar.

—Hay una competición regional en tres semanas. Poca prensa, circuito menor, nada de focos grandes. Cabría pedirle a la organización una entrada discreta.

—Eso.

—Es simbólica.

—Lo sé.

—¿Y quieres hacerlo de verdad?.

—Te acabo de decir que no bromeo.

—Dame dos horas para confirmártelo.

Cuelgo. Dejo el móvil boca abajo en la mesa y bebo un trago largo de refresco mirando la ventana, la sierra blanca al fondo, el cielo de un azul demasiado limpio para lo que acaba de ocurrir.

Pablo se levanta y me abraza.

No lo veo venir. Es un abrazo completo, los brazos rodeándome los hombros desde el lado, la mejilla casi en mi sien, el bocadillo todavía en su mano derecha. Me quedo con los brazos pegados al cuerpo sin saber dónde ponerlos, como un árbol al que le han crecido ramas de repente.

—¿Qué estás haciendo?

—Perdona —dice sin soltarme del todo—. Me he emocionado.

—Suéltame.

Me suelta. Se sienta recto y vuelve a mirar el bocadillo con absoluta seriedad, como si nada hubiera ocurrido salvo que tiene los ojos levemente brillantes.

—No vuelvas a hacer eso.

—Hecho.

Pausa.

—Pero estoy llorando por dentro.

* * *

Pablo ha recogido su bocadillo y se ha ido al servicio con una discreción que agradezco, porque no sé cómo explicarle que necesito hacer esta llamada.

Marco el número antes de pensarlo demasiado.

Hugo responde al cuarto tono con la boca llena.

—¿Estás comiendo?

—Tostada. Habla.

—He subido.

Masticación. Pausa.

—¿Al hotel?

—A la nieve.

Silencio. Distinto al de Marcos. Este no tiene tecleo ni cálculo detrás. Es el silencio de alguien que acaba de dejar de masticar.

—¿Con los esquís puestos?

—No, con los pies desnudos. Claro que con los esquís.

—Rubén.

—Cien metros. Pista azul. Nada espectacular.

—Rubén, tío.

—Deja de decir mi nombre así.

—¿Cómo?

—Como si fuera una noticia importante.

—Es que lo es. —Su voz ha cambiado de registro, más baja, sin el tono de broma que lleva pegado como una segunda piel—. ¿Cómo estaba la rodilla?

—Protestando. Pero aguantó.

—¿Y tú?

Miro la ventana. La sierra, el azul frío del cielo.

—Aguanté también.

Escucho que Hugo suelta el aire de golpe, como si llevara rato sin respirar bien. Luego una especie de golpe sordo, la tostada contra el plato probablemente, y una palabra a media voz que no llego a entender.

—¿Por qué te importa tanto? —pregunto.

—Porque me importas tú, imbécil.

Me quedo callado.

No es el tipo de silencio que uso para pensar. Es el otro, el que aparece cuando algo te golpea en un sitio que creías cerrado con llave y resulta que no.

—...Vale.

—¿Vale de «yo también» o vale de «deja de hablar»?

—De las dos.

Hugo no dice nada durante tres segundos exactos. Luego:

—Bien.

Solo eso. Sin presionar, sin el remate gracioso que habría puesto en cualquier otra frase. Como si supiera que la primera respuesta pesa más que la segunda y no necesita que yo lo confirme en voz alta.

Pablo vuelve del servicio, me mira, lee algo en mi cara que no tengo ni idea de que estoy mostrando y se sienta sin hacer preguntas, recuperando el bocadillo con esa tranquilidad suya que a veces resulta irritante y hoy, por alguna razón, no.