Capítulo 38 Hugo
El cursor lleva veinte minutos parpadeando en el mismo sitio.
La pantalla tiene dos documentos abiertos. Uno es el artículo sobre los teleféricos de Sierra Nevada, que lleva cuatro párrafos y huele a muerto. El otro es el borrador sobre Rubén, que tiene tres mil palabras y es lo mejor que he escrito en mi vida.
Lo sé porque lo he leído otras seis veces esta mañana.
El Teams empieza a sonar antes de que pueda cerrar ninguno de los dos.
La cara de Gutiérrez llena la pantalla. Camisa de cuadros azul, chaqueta deportiva gris, el pelo más desordenado que de costumbre y esos ojos pequeños que tienen la capacidad sobrenatural de hacerme sentir como si tuviera dieciséis años.
—Hugo. —No es un saludo. Es un aviso.
—Julián.
—Mañana cumple el plazo.
—Ya sé que es mañana.
—No creo que lo sepas. —Se recuesta en su silla y coge el café con esa parsimonia suya de director que ha esperado bastante y ya no piensa esperar más. —Porque si lo supieras, tendría algo en mi bandeja de entrada y no estarías mirándome con esa cara de niño que ha roto un jarrón.
—Estoy trabajando en ello.
—Llevas días en Sierra Nevada por una entrevista de dos páginas, Hugo. Sabes lo que me cuesta eso en gastos.
—He conseguido acceso a Alarcón. Es un proceso.
—El proceso termina mañana a las tres. —Una pausa. Bebe el café sin apartar los ojos de la cámara. —Si no hay artículo, estás despedido. Así de sencillo.
Cierra la sesión.
Me quedo mirando la pantalla durante un momento que no sé cuánto dura.
Abro el borrador.
Rubén Alarcón regresó a Sierra Nevada sin avisar a nadie. Sin rueda de prensa, sin comunicado, sin el aparato mediático que construyó durante ocho años de victorias. Volvió como vuelven las cosas que todavía no han terminado.
Lo que sigue son tres mil palabras que no mienten. Que no inventan nada. Que cuentan exactamente lo que Rubén me contó en un restaurante de la Calle Elvira, en un bar sin nombre con tostadas de mantequilla, en una cabaña con la nieve golpeando la ventana.
No menciona que es gay. No hace falta. Cualquiera que lea entre líneas lo va a saber.
Y Rubén no sabe que esto existe.
* * *
La cueva huele a ajo y a laurel desde la calle.
Soleá ha cocinado algo con carne que hace que el Sacromonte entero parezca un comedor familiar, y cuando empujo la puerta Elena ya está sentada a la mesa del fondo con una copa de agua y los codos apoyados, mirando el móvil con esa expresión suya de estar en tres sitios a la vez.
—Llegas tarde.
—Cinco minutos.
—Seis.
Soleá aparece desde la cocina con dos platos de lentejas con chorizo y morcilla que deposita sobre la mesa sin ceremonias.
—Siéntate, Hugo, que se enfría.
Me siento. Cojo la cuchara. La dejo.
—Tengo que enseñarte algo.
Elena levanta los ojos del móvil.
Saco el portátil de la mochila, lo abro, giro la pantalla hacia ella.
El borrador llena la página. Ella lo lee despacio, con esa atención suya que no es de lectora de periódicos sino de alguien que escucha música de verdad, buscando el compás debajo de la melodía.
No mueve la boca. No hace ningún sonido.
Soleá entra dos veces de la cocina y las dos veces sale sin decir nada.
Cuando Elena termina, apoya los dedos en el borde del portátil y lo cierra.
—Es precioso. —Una pausa corta, limpia como un tajo. —Y es una traición.
—Lo sé.
Me mira. No con rabia. Peor: con esa calma suya de cuando ya ha entendido algo antes de que el otro lo haya terminado de contar.
—¿Qué vas a hacer?
Las lentejas están enfriándose entre los dos. Fuera pasa alguien con un perro, los pasos amortiguados por la tierra del Sacromonte. Desde la cocina llega el ruido de Soleá removiendo algo en un cazo.
—Todavía no lo sé.
Elena no dice nada durante un momento. Coge el tenedor y pincha un trozo de morcilla con cuidado, como si la respuesta pudiera estar ahí dentro.
—Pues come. —Señala mi plato con el tenedor. —Las decisiones importantes no se toman con el estómago vacío. Mi abuela decía que el hombre que no come no piensa, solo reacciona.
Cojo la cuchara.
* * *
Las lentejas estaban buenas. Elena tenía razón en eso, al menos.
Camino por el Parque de la Alameda sin rumbo concreto, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el portátil pesando en la mochila como si el borrador tuviera masa física.
Los granadinos pasan a mi alrededor con esa velocidad de tarde de martes, niños en bicicleta, parejas de ancianos, al fondo una mujer que riega una maceta desde un segundo piso con absoluta indiferencia por los transeúntes.
Me siento en el primer banco que encuentro al sol.
Saco el móvil. Busco el nombre.
Llama tres veces antes de que descuelgue.
—Hugo, ¿ha pasado algo?
—No, mamá. Necesito consejo.
Un silencio breve. La oigo moverse, probablemente alejándose del televisor.
—¿Consejo de qué?
—Trabajo. Tengo un artículo sobre un esquiador famoso. Es bueno, mamá, de verdad, es el mejor que he escrito. Pero publicarlo puede hacerle daño a alguien.
Otra pausa. Esta más larga.
—Hijo. —Su voz adopta ese tono suyo de paciencia infinita y cansancio simultáneo. —¿No puedes escribir sobre fútbol como todo el mundo?
Cierro los ojos.
—Mamá. Eso no ayuda.
—El fútbol no le hace daño a nadie. Bueno, a los del Betis sí, pero ellos ya están acostumbrados.
Un palomo aterriza a mis pies y me mira con la suficiencia de quien no tiene dilemas éticos.
—El artículo es sobre una persona. Alguien que me contó cosas en privado.
—¿Y el chico te gusta?
Me quedo paralizado.
—Mamá...
—Hugo. Llevas tres frases sin decir el nombre de nadie y ya tienes esa voz. ¿Te gusta o no?
El palomo picotea algo entre las piedras. Yo miro la Alhambra al fondo, recortada contra el azul de la tarde como si alguien la hubiera puesto ahí específicamente para este momento.
—Sí.
—Pues entonces no publiques nada que lo haga sufrir. —Lo dice sin dramatismo, como quien da una instrucción de cocina. —Eso me lo enseñó tu padre antes de irse con la de la farmacia. Tarde, pero me lo enseñó.
—Mamá, eso es...
—¿Qué?
No termino la frase. El palomo se va volando. Yo me quedo en el banco con el sol en la cara y el portátil en la mochila y la voz de mi madre esperando al otro lado.
—Nada. Gracias.
—Come algo, Hugo.
* * *
La oficina huele a café quemado y a moqueta húmeda cuando entro. Dani y los otros ya se ha ido. Las luces del fondo siguen encendidas porque nadie las apaga nunca.
Me siento. Abro el portátil.
El borrador de Rubén sigue ahí, cursor parpadeando al final de la última frase como una pregunta que no quiero responder. Lo cierro sin leerlo.
Abro el gestor de correo.
Escribo: Julián. Tengo el artículo. Te lo mando mañana a primera hora. Lo reviso dos veces. Cambio mañana a primera hora por antes del mediodía. Lo vuelvo a cambiar. Lo dejo como estaba. Pulso guardar borrador y cierro la ventana antes de poder arrepentirme de no enviarlo.
Me recuesto en la silla y miro el techo. Una de las láminas de escayola tiene una mancha de humedad con forma parecida a la península ibérica. Portugal está en la esquina.
El móvil vibra.
Es Rubén.
He subido a probar la nieve hoy en esquís. Solo unos metros. Pero lo he intentado.
Lo leo una vez. Lo leo otra vez. Me levanto con el teléfono en la mano y camino hacia el baño sin saber exactamente por qué voy al baño, y me apoyo sobre el lavabo y me miro en el espejo de ese fluorescente horrible que te pone cara de muerto, y entonces noto el calor en el borde del ojo y pienso venga, hombre, por favor pero ya es tarde.
Me paso el dorso de la mano por la cara. Después otra vez.
Solo unos metros.
Tres años sin pisar la nieve, un accidente que le robó todo lo que sabía ser, y me manda un mensaje de catorce palabras como si fuera una cosa pequeña. Como si no fuera lo más enorme que he leído en mi vida.
Sé lo que tengo que hacer con el artículo.
Lo sé desde que cerré el borrador sin enviárselo a Julián. Lo sé desde la cabaña, desde las lentejas de Elena, desde que mi madre dijo no publiques nada que lo haga sufrir con la misma voz que usa para darme recetas de cocina.
Lo sé. Todavía no puedo hacerlo.
Apago la luz del baño. Vuelvo a la silla. El borrador del email a Julián sigue guardado, sin enviar, esperando.