Capítulo 37 Elena
Hugo nos deja en el Albaicín de vuelta a las dos y algo.
Me bajo del coche con la mochila al hombro y algo de barro todavía pegado a las botas. Natalia se queda un momento en la acera, con ese gesto suyo de quien siempre está calculando el siguiente movimiento pero esta vez no sabe cuál es. Le doy un beso en la mejilla. Corto, sin teatro.
—Mañana nos vemos de nuevo a las cinco —le digo.
Ella asiente. Se le escapa media sonrisa antes de poder evitarlo.
La veo doblar la esquina calle arriba camino a su piso y me quedo ahí parada más de lo que necesito.
La cueva huele hoy a pino y a espray fijador cuando empujo la puerta. Soleá está detrás del mostrador que hace las veces de barra, con el portátil abierto y una taza de manzanilla que ya debe estar fría, rodeada de facturas y el caos administrativo que ella llama sistema.
Me mira.
—Llevas casi dos días en la sierra con una ingeniera suiza y vuelves con esa cara.
—Qué cara. —Dejo la mochila en el suelo y me siento en el taburete.
—Esa. —Señala mi boca con el bolígrafo—. Estás sonriendo sin motivo. Eso es sospechoso.
—Estoy cansada. La gente cansada sonríe.
—La gente cansada no sonríe así. —Cierra el portátil—. Cuéntame.
Le cuento. Le cuento la tormenta, la cabaña, el fuego. Le cuento que Natalia admitió lo de la apuesta con la cara de quien entrega un documento importante sabiendo que está incompleto, y que le dije que me había dolido, y que ella lo escuchó sin interrumpirme ni una vez.
Soleá me escucha con los codos sobre el mostrador y la manzanilla olvidada.
—¿Y os habéis besado otra vez?
Me quedo callada exactamente el tiempo suficiente para responderlo todo sin abrir la boca.
—¡LO SABÍA! —Da un manotazo en el mostrador que tira el bolígrafo al suelo—. ¡Lo sabía, la chica parecía tan modosita el día que se subió a esa silla borracha!
—Baja la voz, te van a oír hasta los vecinos.
—¡Que me oigan! —Recoge el bolígrafo sin dejar de sonreír—. Elena Medina, que lleva tres años diciéndome que el amor es una distracción y que el flamenco es suficiente...
—El flamenco es suficiente.
—Claro. Por eso llevas botas de nieve y cara de pionono.
No tengo respuesta para eso. Y ella lo sabe.
* * *
Me paso el lunes por la mañana sacudiendo el polvo de los espejos con más energía de la necesaria. Ordeno los tacones del estante por tamaño. Riego la planta del rincón, que no necesita agua porque la regué el viernes.
A las diez llegan Matilde, Paco y los otros.
Les pongo la música. Empezamos con el braceo de siempre, el calentamiento de hombros, los pasos básicos que llevan tres meses aprendiendo y que Paco todavía ejecuta como si estuviera espantando moscas. La mitad ya lo han olvidado todo de nuevo y tenemos que empezar con lo básico.
—Paco, el codo arriba.
—Arriba está.
—Más.
—Niña, ¿qué te has tomado hoy? —Me mira de reojo—. Llevas veinte minutos sonriendo a la pared.
—No sonrío a ninguna pared.
—Yo lo veo también —dice Matilde desde el fondo, sin dejar de hacer el paso—. Tiene cara de otra cosa.
—Tengo cara de lunes.
—A lo mejor es el amor, Paco. —Matilde no me mira pero sonríe—. Que tú ya no te acuerdas.
Paco resopla y sube el codo dos centímetros.
En la pausa, mientras todos beben agua, me siento en el taburete con el móvil y veo el mensaje de Natalia. Lo ha mandado hace un rato. Seguro que ella ya lleva horas trabajando y ha organizado su agenda para el resto del día.
“¿Sigue lo de mi clase a las 17:00 en pie?”.
Escribo la respuesta sin pensar demasiado.
“Vente mejor hoy a las seis. Creo que necesito más tiempo con el grupo del Inserso”.
Los tres puntos aparecen casi de inmediato.
“Perfecto. He encontrado en internet un calentamiento previo de quince minutos con ejercicios de movilidad articular basados en un estudio de la Universidad de Zúrich”.
Me quedo mirando la pantalla y vuelvo a responder.
“Trae solo tu cuerpo. Y deja la ciencia en casa”.
Guardo el móvil. Matilde me mira desde el espejo con esa sonrisa de quien ha criado cuatro hijos y ya no se sorprende de nada.
—¿Seguimos? —pregunto.
—Llevamos diez minutos parados —dice Paco.
Pongo la música otra vez y volvemos al braceo. Pero Matilde tiene razón en lo que no ha dicho, y yo lo sé, y el estudio de la Universidad de Zúrich me importa un higo y aun así me ha hecho gracia.
Los últimos del grupo del Inserso salen a las cinco y cuarto. Matilde me besa en la mejilla y Paco levanta el bastón a modo de despedida sin mirarme, que es su manera de decir hasta el miércoles.
Cierro la puerta.
La cueva queda en silencio. Solo el crujido del suelo de madera y la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana alta, esa que da al callejón y que siempre tiene algo de polvo flotando en el rayo.
Me siento en el taburete. Miro el espejo.
Natalia llega a las seis.
Quedan cuarenta y cinco minutos.
Me pregunto qué hace ahora mismo. Si está ya de camino en el coche de Tomás.
Si ya está en Granada de vuelta tomando un café en alguna pastelería mientras sigue respondiendo emails del trabajo.
Si habla por teléfono con algún compañero y le explica un problema que ella ya ha resuelto antes de que terminen de analizarlo.
Si lleva la coleta de los días de trabajo o si se la ha dejado suelta como en la cabaña, cuando se despertó antes que nadie y el pelo le caía sobre la frente.
Me levanto y pongo música. Guitarra con cante hondo. Me quito los zapatos y me quedo descalza para sentir la madera.
No pienso en nada concreto mientras hago algunos movimientos para calentar. Pero el pensamiento llega igual, como siempre llega lo que no se invita.
Seis semanas dijo cuando llegó. Esa era la duración de su contrato con Wiegand AG.. En la cabaña me confirmó que no había comprado el vuelo de vuelta. No dijo que se quedaba para siempre.
Hay una diferencia enorme entre las dos cosas y yo la conozco de memoria.
Mi abuela Rosario decía que el Sacromonte tiene los huesos llenos de despedidas. Que aquí la gente echa raíces pero también echa a andar. Que uno aprende a querer sabiendo que le van a dejar un hueco.
Empiezo a bailar.
No para nadie. Sin estructura, sin correcciones, sin el peso de enseñar. Dejo que los pies encuentren el suelo y que el suelo responda. La música tira de algo que tengo en el esternón y lo saca hacia afuera.
Bailo pensando en sus manos aprendiendo a relajarse. En su risa cuando por fin entró en el compás. En cómo me miró y me besó junto al fuego antes de que Hugo gritara desde la otra habitación y las dos nos echásemos a reír.
El ritmo sube. Los brazos se abren solos.
Nadie lo ve.
Es el baile más honesto que llevo en meses y no hay un alma en esta cueva. Solo yo y la guitarra con esa voz profunda y sentida del cantador.
Cuando termina la música me quedo quieta en el centro del suelo con el pecho moviéndose. Sudo. Los pies me duelen bien.
Me miro en el espejo y no reconozco del todo a la mujer que hay ahí.