Capítulo 36 Natalia
Me despierto con el cuello rígido y la certeza, antes incluso de abrir los ojos, de que algo ha cambiado.
No es el frío. No es el silencio posterior a la tormenta, ese silencio compacto y blanco que se filtra por las rendijas de madera. Es que tengo el brazo entumecido debajo del peso de Elena y no quiero moverlo.
Abro los ojos despacio.
Elena duerme boca arriba con la boca entreabierta y un mechón de pelo negro cruzándole la nariz.
Cada vez que exhala, el mechón se mueve levemente.
Su pecho sube y baja con esa cadencia lenta de quien duerme de verdad, sin calcular nada, sin protegerse de nada.
Tiene una pequeña cicatriz en el cuello que nunca había notado desde tan cerca.
Pienso que es lo más bonito que he visto en mi vida.
El pensamiento llega solo, sin procesarlo, sin columnas ni variables. Limpio. Y eso es exactamente lo que me aterra, que salga tan natural, como si ya llevara tiempo siendo verdad y yo simplemente no me hubiera molestado en comprobarlo.
Me incorporo con cuidado, liberando el brazo milímetro a milímetro. Elena no se mueve. El mechón sigue bailando con su respiración.
Me pongo las botas en silencio y cruzo al salón con su pequeña cocina improvisada en una esquina, donde la cabaña huele a madera fría y a ceniza apagada.
Revuelvo los armarios con el sigilo de una ladrona y encuentro un bote de Nescafé polvoriento, unas tazas de cerámica desparejadas y la caja de cerillas.
Aún nos quedan botellas de agua en el suelo junto a las mochilas.
Las vacío en el cazo más pequeño roñoso que encuentro y enciendo el fuego de la chimenea de nuevo con otro par de palos y con más dificultad de la que me gustaría admitir.
Mientras espero que el agua se caliente, me miro las manos apoyadas en el borde de la encimera. Las mismas manos que ayer coloqué sobre sus caderas. Las mismas con las que le toqué la cara antes de que nos besáramos junto al fuego.
El agua empieza a humear.
Detrás de mí, unos pasos arrastrados anuncian vida.
Me giro. Hugo aparece en el umbral de la cocina con el pelo de un lado, los ojos entrecerrados y la camisa mal abrochada, con un botón de más en el agujero de menos.
Parece un hombre que ha dormido tres horas y media y que ha usado la mitad de ellas en otra cosa.
Me mira. Lo miro. Los dos sabemos exactamente lo que implica ver a la otra persona en una cabaña a las siete de la mañana con cara de catástrofe emocional.
—¿Qué tal la noche? —Su voz suena como papel de lija.
Cojo el cazo con unos trapos para no quemarme, vierto el agua en dos tazas, añado el Nescafé en polvo.
—Normal.
Hugo se apoya en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—¿Normal de qué, de normal o de no voy a contarte nada?
Le paso una de las tazas.
—De la segunda.
Coge la taza con las dos manos. La levanta hacia mí con una solemnidad absurda, como si fuera champán en Nochevieja.
Chocamos las tazas en silencio.
El café sabe a cartón mojado. Los dos lo bebemos igual.
Por la ventana pequeña de la cabaña, la nieve cubre el pinar hasta donde alcanza la vista. Inmaculada. Sin huellas todavía. El cielo empieza a abrirse por el este en una franja de luz pálida que tiñe la sierra de rosa viejo.
Hugo mira hacia afuera. Yo miro hacia el pasillo que lleva al cuarto donde Elena sigue durmiendo con la boca abierta.
Bebo otro sorbo de café horrible.
Rubén aparece en la cocina sin hacer ruido, como si la nieve de fuera hubiera absorbido también sus pasos.
Tiene el pelo peor que Hugo, lo cual es un logro considerable, y los ojos todavía a medio abrir.
Se detiene en el umbral, evalúa la escena: yo con la taza de café horroroso, Hugo apoyado en la pared con cara de naufragio romántico.
No dice nada.
Hugo lo mira.
La comisura derecha de Rubén sube aproximadamente un milímetro.
Hugo se yergue como si acabara de ganar las olimpiadas.
Me concentro en mi café.
Rubén rodea a Hugo sin tocarlo, abre el armario que yo no había explorado bien, agacha la cabeza para mirar dentro y luego empieza a sacar lo que traíamos todos en las mochilas. Reconocimiento de inventario. Evaluación de recursos disponibles. Lo entiendo en el alma.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Hugo.
—Preparar el desayuno.
Rubén coloca sobre la encimera las galletas de avena que sobraron de la noche anterior, los frutos secos que habíamos dejado junto a las mochilas, dos barritas energéticas, el resto de las naranjas y un tarro de mermelada de melocotón con la tapa oxidada que yo habría descartado sin consideración del armario de la cocina.
Inspecciona la mermelada, la abre, la huele. La coloca en la mesa.
Yo saco mi navaja multiusos y le paso el abrebotellas por si lo necesita. Me mira un segundo.
—Gracias.
Corta las naranjas en gajos con una precisión que avergüenza a las dos tazas de Nescafé que Hugo y yo hemos preparado. Distribuye las galletas en el centro de la mesa. Abre los frutos secos. Organiza las barritas en un ángulo que, objetivamente, tiene más sentido espacial que el mío.
Contemplo el resultado. Es un desayuno. Un desayuno de verdad, dentro de los límites físicos de lo disponible.
—¿Dónde aprendiste esto? —Hugo coge un gajo de naranja.
—Cuando estás a menudo días en la montaña —Rubén se sienta—, aprendes a preparar una buena comida con cualquier cosa.
—¿A ti todo te pasa en montañas?
—Sí. Definitivamente, sí.
Hugo mastica su naranja con expresión filosófica.
Detrás de mí llegan pasos distintos, más lentos, con el arrastre específico de alguien que ha dormido bien y no tiene ninguna prisa en reconocerlo.
Elena aparece con el pelo todavía suelto y los ojos hinchados.
Se la ve hoy distinta sin esa típica flor roja que suele llevar en el pelo durante las clases.
Me mira.
Cojo un gajo de naranja y se lo tiendo sin levantarme.
Elena lo coge. Se sienta a mi lado. Nuestros brazos quedan a un centímetro de distancia sobre la mesa.
Desayunamos los cuatro sin demasiadas palabras. Hugo intenta untarle mermelada a Rubén en una galleta como si fuera lo más natural del mundo. Rubén le aparta la mano. Hugo se la unta en la suya con la satisfacción de quien ha ganado algo de todas formas.
* * *
A las once bajamos por la nieve andando de vuelta hacia Pradollano.
La tormenta ha dejado el pinar cubierto de blanco hasta donde llega la vista, pero el cielo ahora es de un azul tan limpio que duele mirarlo.
La luz rebota en cada superficie y convierte la ladera en algo que no parece real, más parecido a un plano arquitectónico bien renderizado que a un paisaje verdadero.
Camino junto a Elena. Nuestras botas hunden el mismo ritmo en la nieve.
No hablamos mucho. No hace falta todavía. Solo disfrutamos todos de la excursión de vuelta durante dos horas.
Cuando hemos llegado a Pradollano, Hugo decide que ya ha tenido suficiente nieve para un fin de semana.
—Bajo a Granada. Necesito ver gente, calles y ruido.
Rubén coge su mochila sin que nadie se lo pida y la mete en el coche de Hugo. No tiene nada urgente que hacer ese domingo en el hotel, dice, aunque todos sabemos que lo urgente está en el asiento del conductor.
Elena se sienta a mi lado en el asiento trasero. El coche de Hugo huele totalmente a tabaco y a algo de cuero. Pradollano desaparece por la luna trasera mientras bajamos las curvas hacia el valle.
En algún punto entre los pinos y el primer semáforo, Elena pone la mano en mi rodilla.
No dice nada. Yo tampoco.
Pongo mi mano encima de la suya.
Rubén mira por la ventana con la mandíbula apoyada en el puño, estudiando el paisaje como si la sierra le debiera una explicación. El verde vuelve poco a poco a los márgenes de la carretera, el blanco se disuelve en tierra, en roca, en el ocre de Granada asomando en el horizonte.
El semáforo en la entrada a la ciudad se pone rojo.
Hugo coge el móvil. Lo oigo teclear con un pulgar, con el coche detenido, a cuarenta centímetros exactos de Rubén.
El teléfono de Rubén vibra.
Lo saca del bolsillo, lo lee. Una pausa de dos segundos que parece más larga.
—Eres un idiota adorable.
Pero se ríe. Una risa que le sale de algún sitio que no usa mucho, ronca y sin defensa ninguna, con los ojos puestos en Hugo y algo en la cara que no sabe esconder.
Hugo arranca cuando cambia el semáforo a verde.
Yo aprieto los dedos de Elena un poco más. Ella no me mira, pero presiona hacia abajo, despacio, como si llevásemos haciéndolo toda la vida.
Me doy cuenta de que creo que esta ha sido la mejor aventura de mi vida.
Luego me doy cuenta de algo peor: no tengo con qué compararla.
No porque no haya viajado, ni escalado cimas, ni cruzado fronteras con maleta de mano y itinerarios de cinco páginas.
Sino porque nada de eso ha sido una aventura de verdad.
Eran desplazamientos con objetivos. Eran proyectos con entregable.
Esto no tiene columna en ninguna hoja de cálculo.