Capítulo 35 Hugo
La habitación tiene una cama.
Una sola. Un somier de hierro con un colchón del grosor de mis esperanzas laborales y una manta raída encima que ha visto mejores décadas. El frío se cuela por debajo de la puerta con una determinación admirable.
—Solo hay una cama —digo.
Rubén no levanta la vista de sus botas, que está quitándose con una paciencia que no merece la situación.
—Duerme en el suelo.
—Hace frío.
—Ponte otra manta.
Miro la habitación entera. No hay otra manta. Hay un gancho en la pared con una cadena oxidada y una ventana que tiembla con cada ráfaga de viento como si le faltara voluntad de vivir.
—Rubén.
El silencio que sigue pesa exactamente lo que él quiere que pese. Después suelta el aire despacio, se levanta y coge la manta del colchón, la sostiene abierta como si fuera a hacer una cama en el suelo para mí, y luego me mira.
—...Métete en la cama y no me toques.
—Eso no fue lo que dijiste en la ducha esta mañana.
Me lanza sus calzoncillos a la cara. Los pillo en el aire con la dignidad que me queda, que es poca.
Me meto en la cama. Él también. La pequeña cama de hierro protesta de una manera que no tiene nada de discreta y desde la habitación de al lado, donde hace unos minutos se oía la voz de Elena y el silencio cargado de Natalia, no llega ya nada. Ni una palabra. Ni un paso.
Bien por ellas.
Rubén apaga la linterna frontal de Natalia, que habíamos colocado sobre el alféizar como una lámpara improvisada, y la oscuridad llega entera. Solo el viento. Solo el chasquido irregular de la chimenea del otro cuarto, que poco a poco se estará apagando.
Estamos boca arriba. No nos tocamos todavía aunque lo estoy deseando. El espacio entre los dos es exactamente el ancho de una mano de los dos juntos.
No digo nada. Para mí es un récord.
Rubén tampoco habla. Noto su respiración en la oscuridad, que no es la respiración de alguien que duerme. Es la respiración de alguien que piensa demasiado y lo hace en silencio porque eso es lo único que sabe hacer con el pensamiento.
—¿Qué vas a escribir de mi? —dice al final.
La pregunta no tiene acusación. Solo está ahí, suspendida entre los dos como el vapor de su aliento en el frío.
—Nada que no quieras que escriba.
—Eso no me sirve.
—Lo sé.
Otro silencio. Fuera, la tormenta ha bajado de intensidad. Ya no golpea, solo empuja. Como alguien que ha perdido el argumento pero sigue siendo terco.
—Cuéntame algo tuyo —dice Rubén.
—¿Ahora?
—Si vas a saber tantas cosas mías, quiero saber algo tuyo. Algo que no publicarías.
Me quedo mirando el techo, que en la oscuridad es solo una suposición de techo.
—Llevo días sin dormir bien —digo—. No por el trabajo. Por esto que tenemos.
No especifico qué es esto. No hace falta.
La cama de hierro vuelve a protestar, suavemente esta vez, cuando Rubén cambia de posición. No se acerca. Pero su brazo queda a medio centímetro del mío sobre la manta.
—Yo tampoco —dice.
Y no añade nada más.
No hace falta que lo haga.
La cabaña respira alrededor de los dos, la madera contrayéndose con el frío, el viento perdiendo fuerza despacio. En algún momento dejo de notar el límite exacto donde termina mi brazo y empieza el suyo.
Ninguno lo nombra.
Me muevo despacio en la oscuridad, buscando el calor de su cuerpo debajo de la manta, y aproximo lentamente mi mano a su entrepierna.
Me la aparta de un manotazo.
—Para.
—¿Rubén, no tienes ganas todavía?
—Escúchame primero.
No hay enfado en su voz. Solo una quietud que conozco ya poco a poco, la que tiene cuando está a punto de decir algo que le ha costado mucho llegar a decir. Me quedo quieto. Las manos donde pueda verlas, por así decirlo.
Unos segundos. El viento presiona la ventana.
—Era el 22 de enero —dice—. En Kitzbühel.
No pregunto nada. Solo escucho.
—Había nevado tres días seguidos y la pista estaba perfecta. Una de esas mañanas en que lo sientes todo alineado, la velocidad, el cuerpo, el aire. Como si pudieras llegar al final sin tocar el suelo.
Hace una pausa. La puerta del otro cuarto chirría una vez.
—Me fui en la curva que unía la pista Mausenfalle con la Steilhang.
No sé cuánto duré en el aire. El impacto primero fue en el hombro, pero después la rodilla.
El crujido que hizo... —Se detiene—. No hay manera de explicarle ese sonido a alguien que no lo ha oído.
Pero cuando lo escuchas, sabes. No hace falta que venga el médico. Ya lo sabes.
Permanezco sin moverme. No relleno el silencio con nada porque no merece ser rellenado.
—Meses en el hospital. Siete operaciones, no, espera, seis.
La séptima fue ambulatoria. —Una pausa muy corta, como si corrigiera datos en un informe—.
Marcos llegó unos días después. Me dijo que tenía tiempo de recuperarme, que había opciones.
Y yo pensé: qué le cuento yo a este hombre.
Si lo único que sabía hacer en la vida es ir rápido hacia abajo y ahora tengo pesadillas con la propia nieve cada noche.
En la oscuridad le busco la mano. La encuentro cerrada en un puño blando. La rodeo con la mía y espero. No la retira.
—Lo perdí todo de golpe —dice—. No el esquí. Eso vino después. Primero perdí quién creía que era.
Silencio largo.
—No voy a publicar nada que tú no quieras —digo.
—Lo sé.
Eso me detiene un momento.
—¿Cómo lo sabes?
Noto que mueve el pulgar levemente sobre el dorso de mi mano.
—Porque si quisieras usar esto, ya lo habrías hecho. Y sigues aquí.
No tengo respuesta para eso. Soy periodista y no tengo respuesta para eso, lo cual es un fracaso profesional y el mejor cumplido que me han hecho en años. Me quedo callado, que para mí equivale a gritar.
Entonces viene el ruido del cuarto de al lado.
Un golpe sordo. Luego otro. Algo rítmico contra la madera que no es exactamente el viento aunque preferiría que lo fuera.
—¿Crees que...? —digo.
—No quiero saberlo.
—Pero suena como si—
—Hugo.
—Es que el ritmo—
—NO. QUIERO. SABERLO.
Me callo. El ruido persiste unos segundos más, irregular y urgente, y luego para de golpe. La cabaña vuelve al silencio del viento contra el cristal, que es exactamente lo que era: una ventana del salón que la tormenta lleva horas golpeando con saña. Solo eso.
No lo digo en voz alta.
Rubén tampoco pregunta.
Eventualmente su respiración cambia. Se vuelve más lenta, más honda, sin el filo que tiene cuando su cuerpo está en guardia. Su mano no se ha movido de la mía en todo ese tiempo.
No le suelto la mano.
Fuera, la tormenta sigue empujando con menos convicción, como algo que ha dicho lo que tenía que decir y ya no sabe bien cómo terminar.
No sé en qué momento se ha quedado dormido Rubén y me doy cuenta de que yo sigo despierto con mis pensamientos.
La oscuridad de la cabaña pesa de otra manera cuando todo está quieto. Rubén respira despacio a mi lado, su mano todavía dentro de la mía, y yo llevo no sé cuánto tiempo mirando el techo que no puedo ver, pensando que hay cosas que si no las digo me van a partir algo por dentro.
—Rubén.
Un gruñido. No es un no. Es un qué quieres ahora.
—Tengo que decirte algo.
—Mañana.
—No puedo mañana porque si lo pienso más me convenzo de no decirlo.
Silencio. Luego un movimiento lento, su cabeza girándose hacia mí en la oscuridad.
—Habla.
Suelto el aire.
—Me he acostado con mucha gente. Tíos, quiero decir. Muchos. Y siempre había algo... correcto en ello. Me satisfacía al menos por un corto período de tiempo. Pero siempre me faltaba algo que no sabía nombrar y lo achacaba al trabajo, al momento, a que la otra persona no era la adecuada.
Me callo un segundo. Rubén no dice nada pero noto que su cuerpo está completamente despierto.
—Contigo no me falta nada. —La voz me sale más baja de lo que pretendía—.
Me obsesiona tu extraño humor negro. Me obsesiona cómo te secas la cara con la camiseta.
Me obsesiona que tienes miedo a esquiar de nuevo y aún así vas al gimnasio cada mañana para prepararte.
Me obsesiona tu olor. Me obsesiona que cuando te ríes lo odias y lo haces igual.
—Pausa—. Creo que me estoy enamorando de ti.
Perdidamente. Y nunca jamás pensé que diría algo así de nadie porque no soy de esos, o eso creía, pero o lo digo o exploto aquí mismo en esta cama miserable.
Incluso me da igual que no estemos follando como conejos continuamente y que solo nos abracemos y durmamos juntos.
El silencio que sigue dura exactamente lo que tarda Rubén en incorporarse sobre un codo, buscarme la cara con la mano libre en la oscuridad, y besarme.
No es el beso de la ducha. Ese tenía urgencia, tenía las manos de alguien que agarra porque no sabe qué hacer con lo que siente.
Este es despacio. Sus dedos suben por mi mandíbula hasta el pelo y me sostienen ahí, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido usarlo entero en esto.
Me separo solo lo justo.
—¿Eso es que sientes lo mismo tu?
—Cállate, Hugo.
Me vuelve a besar pero esta vez de forma profunda con lengua y ya no pregunto nada más.
Sus manos recorren mi pecho por debajo de la manta con una lentitud que no conocía, como si estuviera inspeccionando algo en lugar de buscarlo.
Me ha puesto los pezones duros como piedras.
Tira la manta al suelo y sus labios bajan por mi cuello mientras noto cada centímetro de contacto como si la oscuridad hubiera afinado todos mis sentidos hasta hacerlos insoportables.
Le paso las manos por la espalda, los músculos tensos y cálidos bajo mis palmas, y tiro de él hacia mí hasta que su peso cae sobre el mío y la cama de hierro protesta con escándalo.
Ninguno de los dos para. Sus caderas encajan contra las mías con una naturalidad que me corta la respiración, y cuando levanto la vista en la oscuridad lo poco que distingo son sus ojos grises mirándome desde muy cerca, sin distancia, sin armadura.
—Oye —digo en voz muy baja.
—¿Qué?.
—Eres el hombre más difícil pero también el más interesante que he conocido en mi vida.
Noto su sonrisa antes de verla, la curva de su boca contra mi hombro.
—Lo sé. Tú también.
Y me besa otra vez, con las palmas enmarcando mi cara, con la misma precisión de quien ha dejado de dudar. Empieza a moverse despacio, su cuerpo caliente restregándose contra el mío, y me disuelvo en algo tan denso y tan bueno que ruego en silencio que no acabe nunca.