Calor Bajo Cero Capítulo 34 Elena
63%

Capítulo 34 Elena

El fuego crepita. Hugo se estira con un gemido teatral.

—Estoy agotado.

Rubén ya está de pie, recogiendo su chaquetón del respaldo de la silla.

—Yo también.

Los dos mienten fatal. Se les ve en la cara desde que llevan aquí.

En las miraditas de reojo que se lanzan cuando creen que nadie mira.

En cómo Hugo ha estado rozando el brazo de Rubén cada vez que se inclinaba sobre la mesa.

Mi abuela diría que hay cosas que no necesitan palabras para contarse, que el cuerpo siempre va por delante de la boca.

—Buenas noches —digo.

—Buenas noches —dice Hugo, con una sonrisa que no disimula nada.

Rubén asiente en mi dirección sin mirarme del todo. Desaparecen por el pasillo y la puerta de madera hace clic al cerrarse.

El silencio que dejan es distinto al de antes.

Natalia tiene los ojos fijos en el fuego. Las manos alrededor del termo aunque ya no queda nada dentro. La cabaña huele a pino húmedo, a ceniza, a las naranjas que Hugo ha pelado mal y ha dejado a medias sobre la mesa.

Me siento en el suelo, de cara a las llamas, con la espalda apoyada en el sofá. Natalia baja del sofá sin decir nada y se sienta a mi lado, a una distancia prudente. La clase de distancia que se mide.

—Elena.

—Lo sé.

—Déjame decirlo.

El fuego hace su ruido. Yo cierro la boca.

—La apuesta fue una estupidez. —Habla despacio, como quien traduce algo difícil a un idioma que no domina del todo—.

La hice porque estaba avergonzada. Del vídeo, de haberme subido a esa silla, de no poder ni estar en una cena sin que todo el mundo vea que soy la que no encaja.

Llevo tres años en Suiza siendo la española.

Aquí soy la suiza. Y en ninguno de los dos sitios soy nada reconocible.

El pino cruje en el fuego.

—Fui a la academia para aclarar el ridículo de la noche antes y marcharme. —Una pausa—. Y entonces no se porque me pusiste las manos en las caderas para corregirme la postura y me dijiste que respirara, y yo no recordaba la última vez que alguien me había dicho que respirara.

Natalia gira el termo vacío entre los dedos.

—En algún punto dejé de ir a demostrar que podía ganar la apuesta. No sé exactamente cuándo. —Frunce el ceño, como si intentara localizar el momento en una gráfica—. Creo que fue el día que me quitaste mis anotaciones.

Me sale una carcajada corta, sin querer.

—Tenías pensado tomar notas sobre el duende.

—Era un impulso razonable.

—Era una barbaridad, Natalia.

Una sonrisa breve le cruza la cara. Desaparece rápido, pero la he visto.

—En la cueva, bailando contigo, era la única versión de mí misma que no me daba vergüenza. —Lo dice mirando el fuego, no a mí—. No la perfecta. No la eficiente. Solo yo, haciendo algo que no controlo, y que no me importa no controlar.

El viento golpea la cabaña una vez, fuerte, y luego se calma.

Mi abuela diría que el destino tiene sentido del humor. Que te manda la verdad en medio de una tormenta de nieve, con dos idiotas haciendo ruido en la habitación de al lado, cuando ya no tienes escapatoria.

La miro. Tiene una mota de ceniza en la mejilla izquierda y el pelo suelto por primera vez desde que la conozco.

—La apuesta me dolió —digo.

—Lo sé.

—No porque fuera dinero. Sino porque pensé que eras como todos los que vienen a verme como un espectáculo.

Natalia asiente. No se defiende. No busca el argumento correcto.

—No lo soy —dice.

Y el fuego sigue ardiendo.

La chimenea sigue crujiendo.

Yo no digo nada durante un momento. Dejo que las palabras de Natalia se asienten en el aire como el humo, como la ceniza que flota sin prisa antes de posarse.

Luego hablo.

—Mi abuela decía: "No le tengas miedo al que llega, sino al que se va." —El pino hace su ruido entre las llamas—. Yo siempre le tuve miedo a los que se van.

Natalia me mira por primera vez desde que empezó a hablar. Ojos claros. El reflejo naranja del fuego moviéndose en ellos.

—Yo no me voy —dice.

—No digas eso. Sabes que no es verdad.

—Elena...

—No lo digas. —Lo digo sin dureza, pero lo digo—. Tu trabajo termina en unos días y volverás a Suiza. Es lo que hay. No me hagas construir algo sobre una promesa que no depende solo de ti.

Natalia gira el termo entre las manos una última vez y lo deja sobre el suelo con un golpe suave y definitivo.

—Sé que no debería decirlo. —Pausa corta. Frunce el ceño con esa expresión suya de quien calcula algo que no cuadra—. Pero no he comprado el vuelo de vuelta ni quiero comprarlo.

Me quedo quieta.

—¿Qué?

—Esta mañana. Antes de la excursión y la tormenta. —Un gesto vago con la mano, como intentando señalar un momento que ya no existe—. Iba a comprarlo. Tenía la página abierta. Y no lo hice. No sé explicarlo mejor que eso.

Natalia Durán, que tiene hojas de cálculo para las emociones, que mide el agua de su botella, que llegó el primer día con una toalla etiquetada, me dice que tomó una decisión sin datos.

No sonrío. Todavía no.

—Eso da miedo —digo.

—Sí.

—Quiero decir que a mi también me da miedo.

—Sí, lo imagino.

El fuego respira entre las dos. La cabaña entera parece contenerse.

Soy yo quien se acerca. Medio palmo. Lo suficiente para que Natalia lea la intención en mis ojos antes de que llegue. Ella no se mueve hacia atrás. Levanta la barbilla, apenas, y entonces sí.

El beso es lento. Sin urgencia. Sin la excusa del té ni la confusión de aquella noche. Las dos estamos aquí sin alcohol ni cachimbas de por medio en esta cabaña con olor a pino, ceniza y naranja mal pelada, completamente despiertas y completamente presentes.

Esta vez nadie se disculpa.

Desde la habitación contigua, una voz atraviesa la pared de madera como si no existiera.

—¡YA ERA HORA!

Me separo de Natalia con los ojos abiertos. Ella también. Nos miramos un segundo, y entonces me río, una carcajada que no puedo contener, y ella también, y el momento no se rompe, se transforma.

Cojo el cojín más cercano y lo lanzo contra la puerta con toda la fuerza que me da el brazo.

—¡Hugo!

Una pausa al otro lado. Luego la voz de Rubén, grave y seca como siempre.

—Déjalas en paz ya y vente a la cama.

—¡Pero es que parece una telenovela turca! ¡Días de tira y afloja!

—Hugo.

Silencio.

Luego el crujido de un somier.

Natalia tiene la mano sobre la boca intentando no hacer ruido y los ojos brillantes de risa. Me señala con un dedo, como culpándome de algo.

—No ha sido culpa mía —digo.

—Algo habrás hecho.

No llegamos más lejos esa noche. No hace falta. Natalia coge la manta que Rubén dejó doblada con su precisión militar y nos la echamos encima las dos en el sofá, con el fuego reduciéndose despacio a brasas.

En algún punto Natalia se duerme. La respiración se le vuelve lenta y regular, la cabeza inclinada hacia mí, el ceño por fin sin tensión.

La miro.

Joder. Estoy enamorada de una mujer que hace hojas de cálculo para sus sentimientos. Elena Joder.

Y sonrío.