Capítulo 33 Rubén
La puerta se cierra detrás de los cuatro y el viento golpea el exterior como si quisiera entrar a cobrar algo.
Miro el espacio.
Chimenea con leña apilada a la derecha. Mantas dobladas en el sofá. Ventana pequeña con la nieve pegada al cristal. Sin termostato, sin radiadores, sin ruido de ningún sistema de ventilación. Solo piedra y madera y el frío que ya se nota en los pulmones.
—Bien —digo.
Me quito la mochila y la abro sobre la mesa. Saco lo que traigo: barritas energéticas, una bolsa de frutos secos, dos termos. Miro a los demás.
—Bolsillos y mochilas. Todo encima de la mesa.
Hugo me mira con esa cara que pone cuando no entiende si le estoy hablando en serio. Le aguanto la mirada. Abre la mochila.
—Yo tenía plan de volver a cenar al hotel —dice.
—Ya.
Natalia ya tiene la suya abierta con una organización que parece planificada para exactamente esta situación: barritas, gel energético, una bolsa pequeña con frutos secos, una navaja multiusos y un botiquín del tamaño de un libro de bolsillo. Me la pasa sin que yo la pida.
—Tengo también tres paquetes de galletas de avena —dice.
—Bien.
—Y una linterna frontal.
—Mejor.
Elena deposita sobre la mesa media tableta de chocolate, un par de naranjas y lo que parece ser un trozo de pan envuelto en papel de aluminio que probablemente estaba en su bolso desde esta mañana. Me mira como desafiándome a comentarlo.
No lo comento.
Me agacho junto a la chimenea. La leña está seca, bien apilada.
Hay papel de periódico doblado en el hueco inferior, alguien que usó esto antes sabía lo que hacía.
Cojo dos troncos finos y uno grueso, construyo la base, coloco el papel debajo.
Encuentro una caja de cerillas en el hueco lateral de la chimenea, encima de un manojo de astillas.
—Astillas primero —dice Natalia, agachándose a mi lado.
—Lo sé.
—Solo lo confirmaba.
Las coloca sin que yo se lo pida, en ángulo, dejando aire entre ellas. Bien. La miro un segundo.
—¿Has encendido chimeneas antes?
—En los Pirineos y también en la parte suiza de los alpes. He encendido más de las que recuerdo.
La primera cerilla se apaga. La segunda prende. El papel arde, las astillas se prenden, la llama sube despacio y luego con más convicción, y el calor empieza a existir en la cabaña como algo nuevo.
Detrás de nosotros, Hugo y Elena están colocando las provisiones sobre la mesa. Escucho a Hugo intentar abrir la bolsa de frutos secos y fallar.
—Hay una navaja —dice Elena, señalando la multiusos de Natalia.
—¿Para abrir frutos secos?
—No, para cazar jabalíes. Hugo.
Coloco el tronco grueso sobre las astillas. La llama lo acepta. Me siento sobre los talones y miro el fuego un momento, solo un momento, con las manos juntas entre las rodillas y el calor ya llegando a la cara.
Siento a Hugo detrás de mí antes de escucharlo.
No dice nada. Solo está ahí, mirando.
No me muevo del sitio.
El fuego hace lo que tiene que hacer y yo me quedo aquí, sobre los talones, con las manos juntas y el calor en la cara, y escucho a Hugo respirar detrás de mí.
Quiero que me rodee con sus grandes brazos.
El pensamiento llega sin permiso, directo, sin envoltura.
Me lo quedo un momento y luego lo miro desde fuera, como si no fuera mío.
Pero lo es. Quiero que cruce el metro que nos separa, que ponga los brazos alrededor de mi pecho desde atrás, que su barbilla descanse donde le dé la gana.
Quiero eso con una claridad que no sé bien dónde poner.
Pero Elena está sentada en el sofá. Natalia organiza las provisiones con esa precisión suya de ingeniera, contando barritas como si fueran piezas de un proyecto. Y yo llevo tres años sin dejar que nadie esté en el sitio en el que quiero que esté Hugo ahora mismo.
Así que no me muevo.
En cambio me viene a la cabeza la ducha. El vapor, el azulejo frío contra la espalda, el ruido del agua tapando todo lo demás. Y luego la cama, su peso y sus embestidas encima mio, su voz justo antes de correrse. No puedo pensar en otra cosa.
Me pasa eso con él. Que me bloquea la mente cuando está cerca. Que no puedo pensar nada más que en besarlo y sentirlo.
Es lo que más me asusta de todo esto. Que cuando está cerca se me apaga el ruido de dentro, el que lleva tres años diciéndome que tengo que controlar cada cosa, que nadie puede saber, que la rodilla, que Marcos, que Kitzbühel.
Todo eso se queda en silencio y solo quedo yo sentado delante del fuego como si fuera suficiente.
Me desvaría un poco por dentro que algo así dependa de otra persona.
Pero también me da algo que no sé nombrar bien. Como tierra bajo los pies.
Me vuelvo a mirarlo.
Hugo tiene la bolsa de frutos secos en la mano y me está observando con esa media sonrisa suya de siempre, la traviesa, la que no avisa.
Le sonrío.
Solo eso. Sin palabras, sin que Elena o Natalia tengan que enterarse de nada.
Él lo recibe y baja la vista, y la sonrisa se le hace más grande todavía.
* * *
Hugo vuelve a buscar cobertura levantando el móvil hacia el techo con la concentración de quien calibra un instrumento de precisión.
—Sigue sin haber.
—Lo has comprobado cuatro veces —dice Elena.
—La quinta es la vencida.
El fuego lleva media hora encendido y la cabaña ya respira diferente.
Las galletas han desaparecido casi todas.
Yo me he comido tres barritas energéticas sin notarlo, cosa que Pablo no aprobaría.
Natalia ha organizado los restos de comida en el centro de la mesa por categorías: dulce, salado, fruta.
Hugo ha cogido una naranja del montón de fruta sin pedir permiso y Natalia lo ha mirado como si acabara de alterar una constante física.
—Vamos a jugar a verdad o atrevimiento —dice Hugo de repente, como si lo hubiera estado pensando desde el principio.
Elena levanta la mano antes de que termine la frase.
—Yo juego.
—Hay actividades más productivas —dice Natalia, sin apartar los ojos de la naranja que Hugo está pelando mal.
—Por ejemplo —dice Hugo.
—Revisar el botiquín. Calcular el tiempo estimado de la tormenta por la velocidad del viento.
—Natalia.
—¿Qué?
—Eso no es una actividad para entretenerse, eso suena a trabajo aburrido y pesado.
Natalia lo mira. Luego mira a Elena. Elena le sostiene la mirada sin decir nada, con las rodillas recogidas bajo el cuerpo en el sofá.
—Bien —dice Natalia.
—Yo paso —digo.
Los tres me miran.
—Rubén —dice Hugo.
—He dicho que paso.
—No se puede pasar.
—Acabo de hacerlo.
Hugo me lanza la mitad de la naranja y la cojo en el aire por reflejo.
—Eso es un atrevimiento —dice—. Ya estás dentro.
Jugamos. Las primeras rondas son inofensivas: Elena confiesa que una vez cobró una clase de flamenco a un grupo de despedida de soltera y bailó con ellas hasta las cuatro de la mañana.
Hugo admite que el artículo del que más orgulloso está fue rechazado por tres medios distintos antes de publicarse.
Natalia revela, con la expresión de quien firma un contrato, que una vez hizo una hoja de cálculo para decidir qué pedir en un restaurante.
—¿Con qué variables? —pregunta Elena.
—Precio, tiempo de preparación estimado, valor calórico aproximado y probabilidad de satisfacción.
—¿Y qué pediste?
—Ensalada. Me arrepentí.
Hugo se ríe con la boca llena.
Luego me señala a mí.
—Verdad o atrevimiento.
—Verdad.
—¿Cuál es la cosa más impulsiva que has hecho este mes?
Me mira. Yo lo miro. El fuego hace su ruido de siempre, crepitando por las astillas que quedan. Fuera el viento golpea la madera de la cabaña con rabia renovada.
Hay exactamente cuatro personas en esta sala que saben la respuesta a esa pregunta.
—Siguiente pregunta.
Hugo abre la boca.
—Las normas dicen que si no respondes, atrevimiento.
—Tiene que ver con algo con una ducha después del entrenamiento. No digo más. Siguiente pregunta, Hugo.
Elena sonríe mirando el fuego. Natalia bebe una infusión de su termo mirando al techo. Hugo me sostiene la mirada tres segundos más de lo necesario y luego acepta con una inclinación de cabeza, como si hubiera ganado algo de todos modos.
Le toca a Elena.
—Natalia. Verdad o atrevimiento.
—Verdad.
—¿Por qué aceptaste las clases de flamenco?
El viento arremete contra el tejado. El fuego no se inmuta.
Natalia tiene el termo entre las manos y lo gira despacio, como si estuviera buscando las palabras en el metal. Cuando habla, no levanta los ojos del suelo.
—Al principio por la apuesta. —Pausa. Una pausa larga, llena de cosas sin decir—. Después, porque quería tener una razón para verte cada día.
Nadie habla.
El viento aúlla.
Hugo coge su móvil, teclea algo, lo levanta hacia la ventana buscando cobertura.
Sigue sin haber señal.