Calor Bajo Cero Capítulo 32 Hugo #2
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Capítulo 32 Hugo #2

Pero hay algo más ligero en sus hombros cuando volvemos a caminar, y eso me basta.

Miro hacia atrás. Elena tiene los brazos en posición defensiva y Natalia camina a su lado con las manos en los bolsillos y ninguna de las dos ha dicho nada todavía, pero están más cerca que hace veinte minutos.

Un metro se ha convertido en medio metro.

El mosquetón de la mochila de Natalia sigue tintineando.

El viento cambia de dirección.

Lo noto antes de verlo, un giro brusco que trae el frío desde el norte en lugar del oeste, y la temperatura baja tres grados en el tiempo que tardo en subir la cremallera del anorak hasta el cuello.

Las nubes que antes eran una franja gris en el horizonte ahora están encima de nosotros, bajas y pesadas, y la luz del mediodía se ha vuelto esa luz rara de tormenta que aplana todo y quita las sombras.

—Hugo —dice Rubén.

—Ya lo veo.

Los primeros copos caen horizontales, empujados por el viento, y no son los copos suaves de postal navideña sino algo más serio, más granulado, que raspa en la cara y se mete en los ojos.

La senda desaparece bajo la nieve nueva en cuestión de minutos y los pinos a los lados del camino se convierten en siluetas y luego en sombras y luego en nada.

—No veo el marcador de ruta —digo.

—Porque estás mirando al suelo —dice Rubén—. Mira a metro y medio de altura.

Lo busco. Encuentro el poste amarillo a duras penas, medio enterrado en blanco.

Detrás de nosotros Elena ha dejado de caminar.

—Oye —dice, y su voz tiene un filo que no es enfado sino otra cosa—. Esto no estaba en el plan.

Natalia ya tiene el teléfono en la mano. Lo sostiene en alto, cambia de ángulo, lo baja. Sus ojos van de la pantalla al cielo y vuelven a la pantalla con esa concentración que tiene cuando procesa algo que no le gusta.

—Van a evacuar Pradollano —dice—. La alerta lleva activada desde hace cuarenta minutos. —Pausa—. Se me acaba de quedar sin batería.

Miro mi teléfono. Dieciséis por ciento. Rubén saca el suyo. Once.

Elena ni lo intenta.

—Deberíamos volver —digo.

Rubén niega con la cabeza. Se gira hacia el camino que hemos recorrido, que ya no existe como camino sino como una extensión blanca idéntica a todo lo demás.

—El viento viene de la cumbre. Bajar ahora es ir contra él dos kilómetros sin visibilidad en terreno abierto. —Señala hacia adelante, hacia donde la senda debería seguir entre los pinos—. La cabaña está a veinte minutos. Terreno cubierto casi todo el tramo.

—¿Casi? —dice Elena.

—Casi.

Natalia mira el espacio donde antes había pantalla y ahora solo hay un rectángulo negro.

—La cabaña es la opción correcta —dice, con esa voz de quien ha calculado tres variables simultáneas y ha llegado a la única conclusión posible—. Rubén tiene razón. Viento cruzado en descenso con visibilidad inferior a cincuenta metros es más peligroso que avanzar bajo cubierta vegetal.

—Gracias —dice Rubén, sin ironía.

—No es un cumplido, es física.

Miro a los cuatro. La nieve sigue cayendo horizontal y el viento hace ese sonido que tienen los vientos de montaña, un sonido que no es silbido sino algo más bajo y constante, como una nota sostenida que no resuelve.

Elena tiene los brazos cruzados y los pendientes le golpean la mandíbula con cada ráfaga.

Natalia guarda el teléfono inútil en el bolsillo con un gesto de duelo breve y controlado.

Evalúo la situación.

—Bueno, un esquiador que no esquía. Una bailaora que no tiene ganas de bailar. Una ingeniera que no funciona sin batería —digo—. ¿Qué podría salir mal?

Elena me mira.

—Tú eres un periodista que no publica —dice—. Los cuatro magníficos.

Rubén se ríe por segunda vez en el día, que puede ser un récord, y se pone en marcha hacia los pinos sin esperar a que nadie vote.

Lo sigo. Detrás de nosotros escucho los pasos de Natalia, el tintinear del mosquetón, y luego los pasos de Elena, más firmes que los demás, como si el suelo le debiera algo.

Caminamos en fila entre los pinos y la nieve aquí es más fina, interrumpida por las ramas, y el viento llega amortiguado y la visibilidad mejora lo suficiente para distinguir el camino de lo que no es el camino.

Rubén va delante con el mapa plastificado que ya no necesita porque conoce el terreno aunque diga que no ha estado aquí desde hace tiempo.

Lo conozco suficiente para saber que cuando dice hace tiempo está diciendo otra cosa.

Detrás de mí, Elena y Natalia no hablan.

Luego hablan.

—No tenías que venir si no querías —dice Elena. No es hostil. Es peor que hostil, es neutro.

—Me invitó Hugo —dice Natalia.

—Ya lo sé.

—¿Te molesta que haya venido?

—No me molesta nada.

Una pausa que dura cuatro pasos.

—Claramente te molesta algo —dice Natalia.

—Estoy caminando bajo una tormenta de nieve hacia una cabaña que no he visto en mi vida con otras tres personas. A una de ellas la he conocido hoy, a la otra hace quince días y es mi alumna de clases de flamenco. Estoy perfectamente.

—Eso no es una respuesta a lo que he dicho.

—Es la única que tengo ahora mismo.

Rubén aminora el paso hasta ponerse a mi altura sin que yo lo pida. Me mira. Yo lo miro. Detrás de nosotros la conversación continúa en ese registro particular de dos personas que tienen demasiado sin decir y lo están diciendo todo al revés.

No hace falta que ninguno de los dos diga nada. La expresión de Rubén lo resume: esto va a ser una caminata muy larga.

Asiento.

Entonces la cabaña aparece entre los pinos.

Es pequeña y de piedra, con el tejado cargado de nieve y una chimenea que no humea porque no hay nadie dentro. También tiene una puerta de madera oscura con un cerrojo del que Rubén tiene la llave que le han dado en la recepción del hotel hace casi dos horas.

Entramos. Rubén encuentra el interruptor. Una bombilla amarilla ilumina el espacio: una sala con chimenea, una mesa, dos sillas y un sofá pequeño. Un pasillo corto. Dos puertas al fondo.

Dos habitaciones.

Me giro hacia Rubén.

Rubén se gira hacia mí.

Detrás de nosotros, Elena y Natalia todavía no han terminado de discutir.