Calor Bajo Cero Capítulo 32 Hugo
57%

Capítulo 32 Hugo

Llevo el anorak puesto desde las ocho y media, las botas de montaña atadas con doble nudo, y una mochila con bocadillos que he preparado yo solo en casa porque soy un hombre que intenta parecer organizado y con iniciativa.

Misi me ha mirado desde el sofá con la condescendencia habitual mientras cerraba la puerta.

Nada.

Cuatro veces más.

Un ruido sordo al otro lado. Pasos. El cerrojo.

Rubén abre la puerta con una toalla enrollada en la cintura y el pelo pegado a la frente, chorreando sobre la moqueta del pasillo. Una gota le recorre la clavícula, desaparece por el pecho, continúa hacia abajo con una determinación que me parece casi ofensiva.

—Buenos días —digo.

—Estaba en la ducha.

—Ya lo veo.

Me mira. Mira la mochila. Mira las botas.

—¿Qué llevas puesto?.

—Ropa de montaña. Vamos de senderismo. Natalia está esperando abajo. Mi amiga Elena también acaba de confirmar. Salimos en una hora cuando llegue Elena con el autobús.

La mandíbula de Rubén hace ese movimiento que conozco ya, el de cuando procesa algo que no le gusta y decide si merece el esfuerzo de protestar.

—Nadie me ha dicho nada. ¿Quién es Natalia?

—Te lo digo yo ahora. Es digamos la novia de mi amiga Elena. Una historia muy larga, luego te cuento.

—Hugo.

—Una hora, Rubén. Cierra y vístete.

No cierra. Me sostiene la mirada dos segundos más de lo necesario y luego retrocede hacia el interior de la habitación dejando la puerta abierta, que interpreto como una invitación porque soy optimista. Entro.

El cuarto huele a su jabón, ese que no sé cómo se llama pero que llevo varios días reconociendo en sitios donde él ha quedado conmigo.

La cama está revuelta por el lado donde dormi yo antes de ayer, que es el izquierdo.

Aun me acuerdo de su espalda contra mi brazo, su cadera a centímetros de la mía, esa tensión específica que el cuerpo de Rubén acumula en su entrepierna incluso dormido y que por la mañana era imposible ignorar.

No he contado la de veces que he terminado masturbándome con esos pensamientos desde antes de ayer.

Rubén desaparece al baño y vuelvo a ver el agua en su espalda antes de que cierre.

—Podías haber enviado un mensaje —dice desde dentro.

—Me gusta verte en persona.

Silencio. Luego el sonido del grifo al abrirse.

No lo pienso. Dejo la mochila en la silla y entro.

Rubén está bajo el agua caliente con los brazos apoyados en los azulejos y la cabeza inclinada, y cuando escucha la puerta de la mampara se gira con esa expresión de advertencia que ha dejado de asustarme completamente.

—Hugo —dice. Solo eso.

—Teníamos una hora.

—Tenemos una hora.

Me mira un momento. El agua cae entre los dos.

Lo que ocurre después no tiene nada de improvisado aunque lo de a entender. Rubén no parece hacer las cosas a medias, nunca creo que las haya hecho. Me empuja contra los azulejos fríos y el contraste con el vapor es brutal y perfecto. Sus manos saben dónde están. Las mías también.

Lo que llevo días pensando cada noche en mi cama vacía queda absurdamente pequeño frente a lo real.

El agua comienza a salir fría antes de que terminemos en la ducha.

No me doy cuenta hasta que Rubén me arrastra hacia la cama, empapados los dos, sin toallas, y el aire de la habitación golpea la piel mojada como un puñetazo. La moqueta queda oscura bajo nuestros pies. La colcha blanca también.

No le importa.

A mí tampoco.

Rubén no hace las cosas despacio. Lo descubrí en los vestuarios y lo confirmo ahora con sus manos en mi nuca, su peso encima, sus dientes en mi hombro con una precisión que me arranca un sonido que no reconozco como mío.

Hay algo en cómo toca, como si llevara semanas acumulando esto y ahora no hubiera motivo para contener nada.

Quizás así es. Quizás lleva años sin dejarse ir del todo.

Le digo su nombre y me calla con la boca.

Me gusta.

Sus manos recorren mi espalda, mis costados, mi cadera, con esa fuerza controlada que tiene en el gimnasio pero sin el control.

Los músculos de su abdomen se tensan bajo mis palmas cuando lo toco.

La cicatriz de su ceja roza mi sien. Muevo las caderas y Rubén suelta un sonido bajo, gutural, que se queda pegado al techo de la habitación y no baja.

Lo agarro del pelo. Me mira desde abajo con esos ojos grises que normalmente están llenos de rabia contenida y ahora están llenos de otra cosa que todavía no sé nombrar bien.

—Cállate —dice, aunque yo no he dicho nada.

—Aún no he abierto la boca.

La abre él. Y no hablamos más.

Lo que sigue no tiene palabras útiles. Tiene el cabecero de la cama golpeando la pared, las sábanas hechas un nudo entre nuestras piernas, su espalda arqueada bajo mis manos, su voz ronca diciendo cosas cortas que no entiendo del todo porque me cuesta pensar.

Tiene el ruido sordo de dos cuerpos que se conocen ya un poco y todavía tienen mucho por descubrir.

Terminamos con la colcha en el suelo y Rubén boca arriba mirando el techo.

Respira fuerte. Yo también.

Su mano está a tres centímetros de la mía sobre la sábana revuelta.

Ninguno la mueve.

—Tenemos quince minutos —digo al final.

—Sé contar, Hugo.

* * *

El cielo sobre Pradollano tiene ese color de metal viejo que no anuncia nada bueno.

Lo digo y Rubén no me responde porque está estudiando el mapa en papel que le ha dado el recepcionista, inclinado sobre él con esa concentración que pone en todo, como si fuera un plano de pista olímpica y no un folleto plastificado del hotel con dibujitos de árboles.

—Han dicho tormenta para esta noche —comenta sin levantar la vista.

—Esta noche es esta noche. Nosotros volvemos esta tarde.

—Han dicho que puede adelantarse.

—Rubén.

—He recogido las llaves de la cabaña.

Lo miro. Lleva una mochila que pesa el doble que la mía y botas de montaña que claramente no son de alquiler.

Natalia está a su lado con un anorak técnico color vino, el pelo recogido en una coleta perfecta y el teléfono en la mano consultando algo que seguramente es la previsión meteorológica con datos horarios y porcentajes de precipitación.

Los dos miran el mismo mapa sin haberse puesto de acuerdo en mirarlo.

—Me suena tu cara un montón —dice Natalia.

—El caso que a mí también y no se de que, quizás nos hayamos visto en Zúrich antes.

—Puede ser. La ruta intermedia son cuatro horas de ida y vuelta —concreta Natalia—. Si salimos antes de las once tenemos margen suficiente incluso con el cambio de frente.

—La cabaña está en la estación media —dice Rubén—. Por si acaso.

—Bien pensado.

Se miran un segundo. Asienten los dos al mismo tiempo.

Me pregunto si Rubén y ella son algo así como hermanos que sus padres separaron al nacer y entregaron a diferentes familias. Decido que no es el momento de hacer chistes.

El autobús de línea desde Granada aparece por la curva diez minutos después, rojo y ruidoso, con el freno chirriando en el aparcamiento.

Las puertas se abren y bajan tres personas, luego una cuarta, y Elena es la última en aparecer con una mochila al hombro y el pelo recogido y los pendientes grandes que lleva siempre, aunque estemos a dos mil cien metros de altitud y haga el frío que hace.

Se detiene en el último escalón y mira hacia donde estamos.

Natalia la ve. No dice nada. Da medio paso hacia atrás sin darse cuenta.

—Elena —la llamo.

Se acerca. Se la presento a Rubén como hice antes con Natalia. Nos saluda a ambos con dos besos, y a Natalia con un gesto de cabeza que es educado y absolutamente glacial.

—¿Empezamos? —dice.

Empezamos.

La senda sube entre pinos y piedra gris, ancha al principio y luego más estrecha conforme ganamos altura.

Rubén va delante con el mapa aunque el camino está señalizado, y yo a su lado porque conozco su ritmo ya, ese paso largo y constante que no se negocia.

Natalia y Elena van detrás, separadas por un metro de silencio que pesa más que la mochila.

Rubén señala algo en la ladera.

—Por allí sale la ruta de competición —dice—. La que cierra en enero.

—¿La has hecho?

Una pausa.

—Hace tiempo.

No pregunto más. Él tampoco ofrece más. Caminamos y la nieve vieja cruje bajo las botas y el viento baja desde la cumbre con un filo que se mete por el cuello del anorak.

Detrás de nosotros, Elena y Natalia no hablan.

Lo sé porque no escucho nada. En una conversación normal escucharía algo, una pregunta, una sílaba, el roce de una frase. Solo hay pasos y viento y el sonido de la mochila de Natalia, que tiene un mosquetón colgando que tintinea con cada zancada como un metrónomo pequeño y nervioso.

Rubén me mira de reojo.

—¿Cuánto llevan así? —dice en voz baja.

—Desde una discusión el otro día en la cueva donde Elena da clases de flamenco.

—¿Qué pasó en la cueva?

—Algo de una apuesta de los compañeros de trabajo de Natalia que no sabía Elena.

Asiente. Mira hacia adelante.

—Alguien va a tener que romper el hielo primero.

—Ya lo sé.

—No me refería a ellas.

Lo intento con el chiste del oso.

Es un chiste malo, lo sé mientras lo digo, sobre un oso que entra en un bar y pide una cerveza y el camarero le dice que no tiene cambio, y del final exacto no me acuerdo, así que destrozo el chiste.

Pero lo digo igual porque el silencio que arrastra el grupo desde que hemos salido del aparcamiento, empieza a pesar más que la nieve acumulada en los márgenes del camino.

Rubén se ríe.

No es una risa grande, es una risa corta y ronca que le sale sin permiso, y se tapa la boca con el guante como si pudiera devolverla.

—Ese chiste es una vergüenza tío —dice.

—He roto el silencio, que era el objetivo.

—Mal periodista y peor humorista.

—Tengo más chistes.

—No los cuentes por favor.