Capítulo 31 Elena
El zapateado empieza despacio.
Un golpe. Dos. El tacón contra el suelo de la cueva como un puño cerrado.
No pienso. Solo piso.
El ritmo se acelera solo, sin que yo lo decida, como cuando el cuerpo sabe antes que la cabeza lo que necesita sacar.
Las paredes de la cueva absorben el sonido y lo devuelven multiplicado, y yo sigo pisando, pisando, pisando, hasta que el sudor me empapa la nuca y me pica en los ojos y me da igual porque el zapateado es lo único que existe ahora mismo.
Me siento como una idiota.
No por Natalia. Por haberme creído que era diferente.
Llevo veinte minutos sola aquí después de la última clase. Las velas de decoración bailan con el aire que muevo. Ni siquiera encendí la música otra vez. Solo los pies contra la madera y la rabia que me sube desde la planta del pie hasta la garganta y no encuentra salida por ningún sitio.
—Dios mío, ¿hay un terremoto o eres tú?
Soleá aparece en el umbral con la bufanda torcida y una bolsa de papel del Zara. Me mira de arriba abajo: el traje todavía puesto, el pelo deshecho, el sudor en las sienes.
Paro.
—Cierra.
Ella entra y deja la bolsa en la silla más cercana sin apartar los ojos de mí.
—Ya nos conocemos desde hace muchos años. ¿Qué ha pasado?
—La suiza. —Me seco la frente con el dorso de la mano.— Había una apuesta. Con sus compañeros del trabajo. No se cuantos euros a que no aprendía a bailar. Eso es lo que eran las clases.
Soleá no dice nada durante un segundo.
—¿Lo de Salgado de la primera visita de la empresa?
—Tú lo sabías.
—Lo escuché esa noche mientras rellenaba la sangría. —Se cruza de brazos.— No tiene importancia Elena.
Me giro hacia la pared. Lleva aquí más tiempo que cualquiera de las dos y no le importan mis cosas, pero la miro igual.
—Se me acercó en la tetería. —No sé por qué lo digo. Sale solo.— Nos besamos. Bueno, me besó ella a mí.
El silencio de Soleá tiene una textura distinta ahora. Lo noto aunque no la esté mirando.
—Ah —dice.
—¿Solo ah?
—Es que... algo me cuadraba. No sé.
Me giro. Ella tiene esa cara que pone cuando intenta no sonreír.
—Prima.
—No digo nada. —Levanta las manos.— Mira, lo tuyo es tuyo. La familia mejor que no sepa, ya sabes cómo son, pero a mí me da exactamente igual lo que hagas con tu vida mientras sigas aquí y la academia siga funcionando. —Pausa.— ¿Sabes lo que sí me parece raro?
—¿Qué?
Se acerca. Recoge una de las velas del suelo que se ha torcido y la endereza con esa parsimonia suya que me desespera.
—Que llevas veinte minutos destrozando el suelo del tablao por una apuesta de doscientos euros.
—No es por los doscientos euros.
—Ya lo sé que no es por los doscientos euros.
Me quedo callada.
—Elena. —Su voz cambia de tono, más suave, de las pocas veces que Soleá es suave.— ¿Desde cuándo te importa a ti por qué llega alguien a la clase?
Las velas siguen ardiendo. Fuera, Granada sigue con sus ruidos, los gatos, alguna moto por la calle, el viento entre las cuevas.
—A ti te importa si se queda —dice Soleá.
No tengo nada que responderle.
Y eso, precisamente eso, es lo que más me jode de todo.
* * *
Soleá ya se ha ido cuando suena el móvil. Yo ya estoy casi lista para acostarme.
Me quedo mirando la pantalla un momento antes de cogerlo. Hugo. Claro.
—Dime.
—Oye, que me he encontrado con Natalia. De casualidad, en Pradollano. Salía del trabajo y...
—¿Que hacías tú en Pradollano esta tarde otra vez?
—Es una larga historia.
—Tengo tiempo.
—Fui a tomar un café con Rubén después del trabajo y...
Me separo el teléfono de la oreja y lo miro. Lo vuelvo a acercar.
—Perdona. ¿Fuiste a Pradollano a tomar un café con Rubén Alarcón?
—Sí.
—¿El mismo Rubén Alarcón con el que acabaste en la ducha y del que se supone que necesitas una entrevista o te echan del trabajo?
—Sí, anoche también quedamos pero solo dormimos, Elena, en serio, que ya sé lo que estás pensando...
—No estoy pensando nada, Hugo. Estoy calculando cuánto tiempo llevas mintiéndote a ti mismo. —Me siento en un taburete, con los pies colgando—. Desde cuando quedas tú con un tío solo para terminar durmiendo en su cama como si fuerais abuelos en un balneario.
—Fue completamente...
—Inocente. Ya. Mi abuela Rosario tenía un refrán para eso pero no te lo voy a decir porque no lo mereces ahora mismo.
—Volviendo al tema de Natalia…
La pausa que hace antes de seguir me dice todo lo que necesito saber sobre el estado en que la ha encontrado.
—Me la he cruzado en el aparcamiento y tenía esa cara de... ya sabes. La cara. Ella no ha dado muchos detalles, pero los suficientes. Está destrozada, Elena. De verdad.
—Pues que aprenda a sentir algo. Para eso quería las clases, ¿no?
—Elena.
—Hugo.
Silencio entre los dos. Afuera, el Sacromonte huele a tierra mojada y romero quemado. Oigo pasar un gato por el tejado.
—La he convencido de una cosa —dice él, y el tono que usa me pone en alerta inmediatamente—. Mañana, como es sábado, he pensado que podríamos ir los cuatro a hacer senderismo por Sierra Nevada. Con la nieve y todo eso. Rubén conoce las sendas y...
—No.
—...sería buena idea para que Natalia y tú...
—He dicho que no.
—...habléis en un contexto neutral, sin la academia ni la cueva, sin que ella se sienta en tu terreno, y además Rubén necesita acercarse a la nieve aunque sea desde un sendero, su entrenador Pablo lleva semanas intentando...
—Hugo Marín, para. —Me levanto—. ¿Qué parte del no, no te ha llegado?
—La parte en que le he dicho que había sido tu idea.
El silencio que hago yo ahora es de otro tipo.
—¿Que has dicho el qué?
—Que tú venías. Que lo habías propuesto, pero no te atrevías a invitarla directamente.
—¿Me estás hablando en serio? ¿Y Rubén? ¿Rubén sabe algo de este complot maligno tuyo?
Una pausa levemente más larga que la anterior.
—Rubén... se va a enterar mañana.
—Dios mío. —Me paso la mano por el pelo, deshaciendo lo que quedaba del moño—. Eres el peor estratega que he conocido en mi vida, y yo he conocido a mi prima Soleá intentando organizar una boda en tres semanas.
—Elena.
—¿Qué?
—Necesitas hablar con ella.
Me quedo mirando la oscuridad de la habitación. Al lado del tablao hay una silla donde Natalia siempre deja su botella de agua milimetrada. Bueno, ahora la de Lanjarón rellenada.
—Eso no es asunto tuyo —digo.
—No —responde Hugo—. Pero sé cuándo alguien le importa a alguien de verdad.
No le contesto. Cuelgo, apago la luz y me voy a mi cuarto. Me tumbo sobre el edredón mirando al techo.
Estiro el brazo para apagar el móvil e intentar dormir.
Y ahí está.
Un email no leído de Natalia Durán. El asunto está en blanco. Lo abro sin pensar y la primera palabra es mi nombre y la segunda un taco. Un taco grande, en mayúsculas y nada más.
Salgo del email y abro WhatsApp.
Tengo la conversación archivada. No sé cuándo la archivé. No me acuerdo de haberlo hecho.
Hay varios mensajes, enviados el día anterior:
“La apuesta terminó hace tiempo”.
“Soy una cobarde”.
“He borrado la hoja de cálculo”.
Me quedo mirando ese mensaje más tiempo del necesario.
“He borrado la hoja de cálculo”.
Natalia Durán, que registra su progreso en columnas, que mide en porcentajes lo que siente, que puso mi nombre entre datos técnicos y luego lo borró porque no sabía dónde más ponerlo.
Apago la pantalla.
No duermo hasta las tres.
* * *
El café se enfría en la taza mientras Soleá parte una magdalena por la mitad y me empuja la bandeja sin mirarme.
—Come algo. Estás con cara de velorio.
—Estoy bien.
—Claro. Por eso llevas veinte minutos mirando el móvil como si te hubiera mordido.
Lo dejo boca abajo sobre la mesa. Soleá me observa esa mañana masticar, con el lunar pintado junto a la boca que se mueve cuando sonríe, y sonríe demasiado.
—Hugo me llamó esta mañana mientras aún dormías —dice, como si tal cosa.
—No.
—Dice que tiene planes de senderismo. Que si te apuntas.
—No.
Soleá suspira con toda la teatralidad que ha heredado de nuestra familia.
—Elena. Escúchame. No estarás a solas con ella. Es un grupo, hay montaña, hay árboles, hay oxígeno. Habláis, aclaráis, y si sale mal te vienes a casa y yo te hago torrijas.
—No quiero torrijas.
—Pues entonces sal a andar con la suiza y no me rompas más las orejas.
Me levanto a por más café aunque no quiero más café. Desde la ventana de la cocina se ve el tejado del vecino y un trozo de cielo gris que esta mañana no se ha decidido entre nublado y despejado. Como todo lo demás.
—Agua que no has de beber —digo—, déjala correr.
—¿Eso qué significa?
—Que si no me conviene, que la deje pasar.
Soleá me mira un momento largo.
—Muy bien. ¿Y la estás dejando correr?
El móvil sigue boca abajo en la mesa. No lo he vuelto a tocar pero sé exactamente lo que hay en la pantalla: tres mensajes de Natalia, un correo sin asunto con una sola palabrota, y el hilo de WhatsApp de Hugo con tres signos de exclamación y un emoji de montaña.
No digo nada.
Soleá se termina la magdalena y recoge los platos con la eficiencia de quien ya ha ganado el argumento.
—Mira —dice—, si la suiza te gusta, le cobras el doble y le das otra oportunidad. Negocio y amor.
—Eres terrible.
—Soy flamenca. —Se gira desde el fregadero—. Llama a Hugo.
Cojo el móvil. Lo desbloqueo. El emoji de montaña me mira.
Le doy a llamar antes de poder convencerme de lo contrario.