Capítulo 30 Natalia
Me quito los zapatos en la puerta. No sé por qué. Supongo que mi cuerpo sigue funcionando en automático mientras el resto de mí se ha quedado en esa cueva, viendo la espalda de Elena alejarse hacia la trastienda con la columna recta y la flor roja todavía en el moño.
Salgado. Maldito Salgado.
Me siento en el suelo del recibidor con la espalda contra la pared y el bolso todavía en el hombro. La Alhambra brilla por la ventana del salón como si no pasara nada, como si esta ciudad no tuviera la costumbre horrible de ser preciosa exactamente cuando más duele.
Llamo a Tomás.
—¿Nat? Son las doce menos cuarto. ¿Te ha pasado algo de camino a casa?
—No, ya sé que es tarde.
Tres segundos de silencio.
—¿Qué ha pasado?
—Salgado le ha dicho a Elena lo de la apuesta.
Tomás suelta el aire despacio, el sonido de quien ya lo veía venir desde lejos.
—¿Todavía sigues dándole vueltas a ese tema?.
—Sí.
—¿Esa chica, Elena, digamos que te importa no?
—Si. Se ha ido. Sin decir nada. Solo se ha dado la vuelta y se ha ido. No se ha despedido.
Oigo que Tomás se mueve, que se sienta. Me imagino su piso desordenado con las paredes llenas de cuadros que no pegan uno con el otro y las tazas sin lavar en el fregadero.
—Nat. ¿Cuándo dejó de ser por la apuesta y se convirtió en algo más?
La pregunta aterriza en algún sitio blando. Cierro los ojos.
—En la segunda clase.
Tomás no dice nada durante unos segundos que pesan demasiado.
—En la segunda clase —repite, no como pregunta sino como quien termina de leer un plano que llevaba semanas sin entender.
—Cuando me corrigió la postura. Cuando puso las manos aquí.
—Me toco las caderas aunque él no puede verme—.
No sé explicarlo. Dejé de pensar en el dinero y ese idiota de Salgado y empecé a pensar en no decepcionar a alguien que.
.. que baila como si le fuera la vida en ello, Tomás.
Y luego empecé a pensar en ella. En cómo se ríe.
En sus refranes de bruja. En cómo me llama Nat como si llevara toda la vida haciéndolo.
La voz se me quiebra en la última sílaba. Lo noto y lo odio.
—Entonces díselo a ella —dice Tomás—. No a mí.
Me paso el dorso de la mano por la cara.
—¿Y si no quiere escucharme, y si ella no siente lo mismo?
—Eso ya es problema suyo.
—Tomás.
—Nat. Díselo a ella.
Cuelga.
Me quedo en el suelo del recibidor otros dos minutos, quizás tres, mirando la ranura de luz que entra por debajo de la puerta. Vuelvo a coger el móvil.
“Elena. Sé que tienes razones para estar enfadada. Las clases dejaron de ser por la apuesta mucho antes de lo que tú piensas”.
Lo mando. Espero. La pantalla no cambia.
Cinco minutos. Diez.
Escribo otro.
“No encontré la manera de decírtelo. Soy una cobarde. Soy un desastre. Solo eso”.
Nada. Los dos checks azules no llegan. Ni siquiera los grises de entregado.
Me levanto del suelo, me paso agua fría por la cara en el baño y me miro en el espejo un segundo demasiado largo.
Abro el portátil. La hoja de cálculo está ahí, con sus columnas y sus porcentajes y su nueva fila de anoche con los datos de la última clase que nunca debí añadir. Selecciono todo. Borro.
Mando el tercer mensaje.
“He borrado la hoja de cálculo”.
La Alhambra sigue iluminada al otro lado del cristal. Elena no responde.
* * *
Son las siete y cuarto de la mañana y llevo cuarenta minutos mirando la pantalla en blanco.
El café se ha enfriado. La Alhambra sigue ahí fuera, impasible, dorada en la luz de la mañana como si nada. Como si yo no me hubiera pasado la mitad de la noche con el móvil en la mano esperando una respuesta que no ha llegado.
Abro un email nuevo.
“Estimada Elena”.
Lo borro.
Nadie le escribe estimada a alguien a quien ha besado en una tetería y luego ha humillado con una hoja de cálculo codificada por colores. Eso ni siquiera lo haría Salgado, y Salgado es el tipo que imprime los informes de riesgo en Comic Sans.
“Querida Elena”.
Lo borro también. Querida suena a carta de ruptura de los años noventa. Suena a sobre perfumado y a telenovela. Elena se reiría con esa risa ronca suya y me mandaría a paseo, y con razón.
Me levanto. Recojo el café frío. Lo tiro. Pongo otra vez la cafetera.
Vuelvo al portátil.
El cursor parpadea.
Podría no escribir nada. Podría presentarme en la academia a las cinco como si fuera un día normal, con mi botella de agua y mi toalla etiquetada, y actuar como si Salgado no hubiera abierto la boca delante de toda la cueva iluminada con velas y farolillos y el dramatismo máximo que parece rodear cada momento de esta ciudad.
Podría hacer eso.
El cursor sigue parpadeando.
“Elena”.
Pausa.
“Elena, necesito explicarte que la situación de la apuesta es más compleja de lo que…”.
Lo borro.
“Elena, en primer lugar me gustaría aclarar que las hojas de cálculo son una herramienta neutral y…”.
Lo borro.
“Elena, entiendo que estés enfadada pero si me dejas presentar los datos”.
Lo borro tan rápido que casi rompo la tecla.
Me paso las manos por la cara. El café nuevo también se está enfriando.
“Elena, joder”.
Y entonces suena el teléfono. Tomás, que pregunta si bajo en diez minutos, que hay atasco en la nacional, que me recoge un poco antes para no llegar tarde otra vez, Nat, que ayer ya—
Pulso enviar sin mirar.
El silencio que sigue dura exactamente tres segundos.
Luego lo veo.
Enviado.
* * *
El móvil vibra mientras me pongo el abrigo. A mitad del rellano vuelvo a entrar por la botella de agua. Es Tomás de nuevo.
—Estoy en el semáforo de abajo. Baja.
El coche huele a café de gasolinera y veo la gorra naranja que Tomás lleva encima del salpicadero como si fuera un adorno de Navidad.
Granada desaparece detrás de nosotros y la carretera empieza a subir entre pinos y piedra gris.
El cielo tiene esa claridad fría de las mañanas de sierra.
Pongo a Tomás al día de la estupidez que acabo de hacer con el email a Elena unos minutos antes.
—¿Literalmente has empezado una disculpa con un taco? —La voz de Tomás suena igual que siempre, ese tono entre incrédulo y divertido que lleva usando desde hace años—. Nat, ¿En serio?.
—Elena, joder —repite Tomás, saboreando cada sílaba—. Dos palabras. Su nombre y un—
—Lo sé.
—Es que ni siquiera es una frase completa, Nat.
—Ya te he dicho que lo sé.
—¿Qué se supone que significa eso exactamente? ¿Elena, joder, qué? ¿Elena, joder, lo siento? ¿Elena, joder, la culpa es de Salgado? ¿Elena, joder—
—Tomás.
Calla. Pero se le ve la sonrisa aunque esté mirando la carretera.
Abro el portátil en el asiento del copiloto. Quiero revisar los planos del teleférico norte antes de la reunión de las nueve, tener algo útil en la cabeza que me ayude a olvidar el tema de Elena por un momento.
La pantalla carga.
Hay un archivo en el escritorio que no debería existir.
Progreso_flamenco_v7_TEMP_recuperado.xlsx
Me quedo mirándolo.
—¿Qué pasa? —dice Tomás sin apartar los ojos de la curva.
—Mi portátil ha recuperado automáticamente la hoja de cálculo que borré a posta sobre mi progreso con el curso de flamenco.
Tomás suelta una carcajada tan larga que tiene que esperar a una recta para recuperarse.
—La tecnología te conoce mejor, que tú a ti misma.
La arrastro a la papelera. La vacío. Cierro el programa. Abro el navegador para los planos y la pantalla me muestra, sin que yo haga nada, la página de Swiss Air que consulté hace días.
Vuelos Granada-Zúrich. Plazas disponibles para la semana que viene.
—Oye —digo.
—No —dice Tomás mientras de reojo mira la página de los vuelos en mi portátil.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Ibas a decir que igual es una señal de que deberías volver a Suiza antes.
Cierro el navegador.
—Quizá lo es.
—O quizá tu portátil es viejo y tiene las cookies mal configuradas. —Tomás adelanta a un camión con la calma de alguien que no tiene ningún problema en el mundo—. Y quizá volver a Suiza está sobrevalorado como solución a los problemas sentimentales.
Fuera, los pinos se hacen más espesos. La nieve aparece en los márgenes de la carretera, en pequeñas acumulaciones sucias que resisten el sol de la mañana.
—Tomás. Yo no... no sabía que me podían gustar las mujeres.
Lo digo sin dramatismo, porque no lo hay. Solo el hecho, sólido y nuevo, como una roca que llevas un rato notando bajo el pie sin haber mirado todavía.
Tomás tarda un momento.
—Yo tampoco lo sabía —dice al fin—. Pero muchas cosas tienen más sentido ahora.
—¿Qué cosas?
—Zurich. Que siempre estuvieras tan ocupada. Que en los Pirineos nunca te interesara ninguno de los tíos del equipo aunque alguno era bastante insistente...
—No vayas por ahí.
—Solo digo que tiene sentido. —Se encoge de hombros—. Oye, seguimos siendo los mismos, ¿no?
Lo miro de lado.
—Sí —digo.
—Pues entonces no te vuelvas a Suiza todavía.
Cierro el portátil del todo.