Capítulo 29 Elena
La flor me la pongo yo sola esta vez.
Soleá está en la entrada recibiendo a los ingenieros con sonrisa de anuncio de dentífrico y el lunar pintado perfectamente de nuevo junto a los labios.
Yo me ajusto el pelo frente al espejo pequeño de la cueva y me digo que esto es trabajo.
Que he bailado para grupos peores. Que una mujer en el público no cambia nada.
Me miro a los ojos en el espejo.
Me estoy mintiendo.
Los oigo entrar. El murmullo técnico, las frases a medias en inglés y alemán, el hielo de los vasos de sangría chocando.
Conozco ese sonido: turistas con tarjeta de empresa, con sus cámaras discretas y sus comentarios de quien nunca ha visto algo así de cerca.
Soleá les explica la historia de las cuevas con el tono que reserva para los grupos grandes, mezclando verdad y teatro en proporciones iguales.
Y entonces la escucho a ella.
No las palabras. Solo la voz, baja, respondiendo algo a alguien, con esa precisión de quien mide lo que dice antes de soltarlo. Tres semanas de clases y ya reconozco su silencio antes de hablar.
Me coloco la flor. Me la quito. Me la vuelvo a poner.
—Estás rara —dice Soleá desde la cortina.
—Estoy trabajando.
—Estás tardando veinte minutos en ponerte una flor.
Salgo sin responderle.
La cueva huele hoy a cera y a tierra vieja.
Las velas hacen lo que siempre hacen: vuelven todo más pequeño, más íntimo, más imposible de ignorar.
Los ingenieros ocupan las sillas en semicírculo.
Reconozco caras del equipo de la otra vez, a Tomás en el extremo derecho con una copa ya a medias, al de los chistes, ese tal Salgado dos sillas más allá con los brazos cruzados y esa expresión de quien viene a demostrar que no le va a gustar.
Natalia está en el centro de la segunda fila.
Traje oscuro, coleta pulcra, la espalda completamente recta contra el respaldo como si sentarse cómodamente fuera una concesión que no puede permitirse. Me ve en el mismo segundo que yo la veo a ella y las dos miramos a otro lado al mismo tiempo.
Profesional. Esto es profesional.
Empieza la guitarra.
Me olvido de todo.
No es decisión, no es técnica, no es el cuaderno que uso para apuntar las clases y el progreso de Natalia.
Es lo que la abuela Rosario me enseñó antes de que yo supiera que existía una forma de aprenderlo: que el flamenco no empieza en los pies sino en algún lugar debajo del esternón, y cuando llega de verdad no hay manera de frenarlo.
Zapateo. El suelo de la cueva devuelve el golpe como siempre lo ha hecho, seco y honesto. Las manos trazan el aire. Hay un punto en cada actuación en que dejo de pensar en los brazos y empiezo a escucharlos.
Llego a ese punto.
No miro al público durante los primeros minutos. No hace falta. Pero cuando el cante sube y la guitarra abre un hueco y me giro, la encuentro sin buscarla.
Natalia no parpadea.
No está mirando el espectáculo. Está mirando, y hay una diferencia que yo llevo toda la vida distinguiendo. El espectáculo se mira con los ojos. Lo otro se mira con algo más adentro que no tiene nombre técnico en ningún manual.
Aparto la mirada. Sigo bailando.
Detrás de mí escucho la voz de Salgado, baja, con la satisfacción del que lleva rato esperando el momento:
—Cuidado, Durán, que te va a cobrar extra por las miradas.
Risas discretas. El tipo de risa que se ríe de algo verdadero.
Y aunque no la veo, sé exactamente el color que tiene ahora mismo la cara de Natalia.
Zapateo más fuerte.
* * *
Me quito el traje mentalmente antes de acercarme. Es lo que hago siempre después de actuar: despojarme del personaje de palmo en palmo, volver a ser Elena. Pero esta noche el proceso se interrumpe porque veo a Natalia de pie entre sus compañeros y el traje no se cae.
El grupo aplaude cuando llego. Tomás dice algo sobre que ha sido increíble, que Granada es increíble, que todo es increíble, y yo asiento porque Tomás es de esas personas que llenan el silencio sin querer llenarlo.
Salgado con esa pinta de técnico de sistemas que tiene, me tiende la mano antes de que yo se la ofrezca.
—Oye, —dice—, ¿es verdad que le estás enseñando a bailar al final? ¿A Natalia?
Ella, a su lado, se pone levemente rígida. Lo capto como se capta un cambio en la música, sin buscarlo.
—Estamos trabajando, sí. —Busco las palabras correctas, las que no exageran—. Natalia tiene algo especial. No talento natural, que quede claro. Pero tiene hambre. Y eso vale más.
El tío —que cada vez me cae peor— sonríe con la boca torcida de quien sabe algo que no debería saber.
—Espero que no aprenda demasiado bien, —dice—. Que si no, pierdo la apuesta.
El silencio que cae es de esos que tienen peso físico.
Salgado se ríe solo durante dos segundos que parecen ocho. Tomás mira el techo de la cueva. Yo miro a Natalia.
Natalia tiene la expresión de alguien que acaba de ver un cable suelto sobre el que lleva semanas construyendo.
—No es lo que piensas— empieza.
—Natalia.
—Bueno, sí fue una apuesta, pero luego— la clase fue— tú me—
Cada palabra cava un poco más. Yo la observo intentar con la misma cara que le pongo cuando cuenta compases en lugar de escuchar la música: espera, espera, para.
—Para. —Levanto una mano—. Suenas como tus hojas de cálculo.
Me doy la vuelta.
No corro. El flamenco no corre. Camino hacia el fondo de la cueva con el paso que se aprende cuando llevas años controlando que el cuerpo no delate lo que el pecho está haciendo.
Detrás, escucho a Salgado decir algo en tono de chiste que no termino de oír. Escucho a Tomás decirle que se calle. Escucho a Soleá, mi prima, que dice: ¿pero qué ha pasado?, con esa voz suya de quien siempre llega tarde a la película.
En la trastienda de la cueva, donde cuelgan los trajes y huele a cera y a polvo antiguo, me siento en el banco de madera. Me quito la flor del pelo. Un pétalo se suelta y cae al suelo.
Pienso en el email con el resumen de la clase. Pienso en las palmas que por fin sonaron dentro del ritmo, torpes pero reales. Pienso en Natalia preguntando ¿por qué bailas? con esa seriedad suya que parece calculada y no lo es.
Apuesta.
Mi abuela Rosario decía: El que paga por ver no ve nada. Nunca entendí ese refrán hasta ahora.
Soleá asoma la cabeza por la cortina con cara de no entender absolutamente nada.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. —Me levanto y empiezo a desabrocharme el corpiño—. Cierra la caja bien esta noche, que me fío de ti como de un paraguas en agosto.
Soleá me mira un momento largo.
—Elena, últimamente estás muy rara.
No le respondo. Doblo la flor entre los dedos hasta que el último pétalo cede.