Calor Bajo Cero Capítulo 28 Rubén
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Capítulo 28 Rubén

Lo he invitado a mi habitación. Sé lo que eso significa. Quiero que signifique eso.

Llevo veinte minutos ajustando el termostato. Primero a veintidós, luego a veintiuno, luego de vuelta a veintidós. La habitación está bien. El termostato no es el problema.

Hay una botella de Mencía en la mesita del salón con tapón de rosca. Me ha costado encontrarlo en Granada, pero no voy a repetir el espectáculo de la otra noche con el corcho. He aprendido.

Cuando llaman a la puerta, el puño me aprieta el estómago un momento antes de abrir.

Hugo lleva el chaquetón de cuero y tiene el pelo ligeramente revuelto, como si hubiera subido las escaleras caminando deprisa. Mira la habitación por encima de mi hombro antes de mirarme a mí.

—Es una suite —dice.

—Pasa.

—Es más grande que mi piso y tiene su propio salón.

—Hugo.

Entra. Se quita la chaqueta y la deja sobre el brazo del sofá con una naturalidad que me resulta irritante, como si hubiera estado aquí veinte veces. Yo sigo en camiseta y pantalón de chándal porque cambiarme hubiera sido admitir demasiado, incluso ante mí mismo.

Abro la botella. El tapón cede con un giro limpio y pienso, con cierta satisfacción, que esto ha ido mejor que lo de la semana pasada.

—La última vez rompiste el corcho —dice Hugo, sentándose en una de las sillas de la mesita.

—Sabía que me lo echarías en cara.

—Era solo un comentario sin mala intención.

Sirvo las dos copas sin responder. Me siento frente a él.

El primer sorbo lo tomamos en silencio, y el silencio no es incómodo, lo cual me resulta más desconcertante que si lo fuera.

Hugo empieza a hablar del artículo de los teleféricos que lleva tres días sin terminar, de su jefe Julián que le llama dos veces al día, de un practicante llamado Dani que bebe más café que la mitad de los empleados de la oficina.

Lo cuenta sin dramatismo, con esa cadencia suya que convierte cualquier cosa en algo que da ganas de escuchar.

Me descubro siguiendo el hilo sin esfuerzo.

—¿Tú has tenido alguna vez un jefe que respira por la boca cuando está nervioso?

—Yo no he tenido jefe en el sentido estricto de la palabra.

—Pues Julián respira por la boca. Siempre. Nervioso o no. —Bebe—. Creo que simplemente respira por la boca.

Suelto algo que no llega a ser una carcajada pero se le acerca.

Hugo me mira con una expresión que reconozco: la de alguien que acaba de ganar algo sin haber apostado nada.

No sé cómo, llegamos a una conversación de los Alpes.

—Yo me perdí una vez —digo, y no sé por qué lo digo, pero ya está dicho—. Tenía nueve años. Estábamos en Grindelwald, en un campamento de invierno para niños, y me alejé del grupo siguiendo una liebre.

Hugo deja la copa en la mesa.

—Un campamento de pijos, supongo. Continúa.

—Tres horas solo en la nieve, con nueve años, convencido de que iba a morir en los Alpes por culpa de una liebre. Y entonces llegó, como en los dibujos de Heidi, un San Bernardo enorme.

—¿Con el barril de brandy?

—Sin el barril.

Hugo abre la boca despacio, como si el dato requiriera más tiempo del normal para asentarse.

—Espera. —Apoya el codo en la mesa—. ¿Sin barril? O sea, ¿el perro se presentó a pelo? Tío, eso es una chapuza. Pensaba que por ahí no eran tan cutres. Tienes nueve años, estás solo en la nieve, casi mueres por una liebre, y el rescatador aparece sin el brandy.

—Detrás del perro llegó el dueño y me llevó hasta el refugio.

—Sí, pero sin brandy. —Señala el aire con un dedo—. Te tocó el San Bernardo de las prácticas.

—Yo tenía nueve años y me quedé simplemente sorprendido. Por entonces no sabía que eso de los San Bernardos de rescate no fuera verdad.

—¿No es verdad que los suizos usan San Bernardos con un barril de Brandy para rescate? —Se inclina hacia adelante con una seriedad completamente impostada—. Pues yo siempre me lo he creído.

—¿Te estás quedando conmigo ahora no?

Hugo se ríe tanto que la silla cruje bajo su peso y tiene que agarrar el borde de la mesa para no caerse. Lo veo tambalearse y algo en mi pecho se abre sin permiso, algo que lleva mucho tiempo cerrado con llave. Es un completo idiota pero sabe como hacer para que me sienta bien.

La risa de Hugo se apaga despacio, como una vela que se consume hasta el final. Y entonces estamos en silencio y nos miramos.

No sé quién lo decide. Probablemente ninguno de los dos.

—Lo de la ducha... —empiezo.

Hugo no se mueve. Espera con una quietud que no le había visto antes, sin el escudo de sus bromas.

—¿Fue un error? —dice.

La respuesta lleva días instalada en algún lugar entre las costillas, esperando.

—No. Fue lo único auténtico y con pasión que he hecho en meses.

Hugo rodea la mesa. No lo pienso. Me levanto y cuando su boca encuentra la mía todo ocurre despacio, sin el vapor ni la urgencia de aquella tarde, sin la rabia ni el miedo empujando desde atrás.

Solo el peso de sus manos en mi cara y el sabor del Mencía y algo que me duele un poco en el centro del pecho, de la manera buena, como cuando un músculo lleva demasiado tiempo en tensión y por fin cede.

Mis manos encuentran su cintura. Lo noto respirar. Me noto respirar a mí mismo.

Podría seguir. Sé que podría. Él también lo sabe y lo noto entre nuestras piernas aunque no lo fuerza, solo espera dentro del beso, dejando que yo decida el peso de esto.

Me separo un centímetro. Él no abre los ojos de inmediato.

—Quiero que esto no sea solo... eso.

Hugo abre los ojos entonces. Me mira sin decir nada durante un momento que se extiende lo suficiente para que me arrepienta de haberlo dicho, para que empiece a construir una salida. Pero Hugo asiente, despacio, sin el comentario que habría hecho en cualquier otra circunstancia.

—Está bien —dice solamente.

Eso es todo. Eso es suficiente.

Nos vamos a la cama y apagamos las luces. Yo le doy el lado izquierdo de la cama porque el derecho tiene la mesita con el vaso de agua y el despertador y tres años de costumbres solitarias que no desaparecen de golpe. Hugo se quita los zapatos y se mete con la camiseta puesta sin preguntar nada.

La nieve de fuera absorbe el silencio de la habitación.

Noto su respiración volverse regular antes que la mía. Mirando el techo, pienso que no recuerdo la última vez que alguien durmió abrazándome.

Los ronquidos empiezan en poco más de media hora.

Miro al techo, cuento hasta diez, y me digo que es pasajero, que todo el mundo tiene ciclos de sueño, que en unos minutos cambiará de postura.

Hugo no cambia de postura. Hugo se acomoda más, hunde la cabeza en la almohada y ronca con la serena convicción de alguien que lleva haciéndolo toda la vida sin consecuencias.

Agarro la almohada que tengo a mi izquierda.

Me la quedo entre las manos un momento, calibrando.

Se la pongo en la cara con precisión quirúrgica.

Hugo se despierta con un sobresalto, aparta la almohada de un manotazo y se incorpora mirando la habitación con los ojos de alguien que no sabe dónde está ni quién es.

—¿Intentas matarme?

—Si roncas así, sí, es en defensa propia.

Me mira. Parpadea. Procesa.

—Llevo dormido cuarenta minutos.

—Los más ruidosos de mi vida.

Hugo se deja caer de espaldas con un ruido sordo y se frota la cara. Permanece en silencio el tiempo suficiente para que yo cierre los ojos y asuma que el problema está resuelto.

—Oye.

Abro los ojos.

—¿Qué?.

—Has dicho más palabras esta noche que nunca desde que te conozco. —Su voz tiene esa textura blanda del que está a medio camino entre el sueño y la consciencia—. Si las cuento todas, ¿me das un premio?

—Duérmete.

—Es una pregunta legítima.

—Hugo.

—La liebre y el San Bernardo sin barril, el campamento de pijos en Grindelwald, lo del lado izquierdo de la cama que tiene más costumbres solitarias que...

—Si terminas esa frase te devuelvo la almohada a la cara.

Un silencio.

—Buenas noches, Rubén.

No respondo.

Hugo no tarda en volver a dormirse, esta vez en silencio, con una mano rozando la mía sobre el edredón sin llegar a agarrarla. Solo el contacto, el calor, el peso mínimo de algo que existe sin exigir nada.

En la oscuridad, sonrío.

No lo ve nadie. Eso también me parece bien.