Capítulo 27 Hugo
Lo he leído cuatro veces.
La quinta tampoco voy a enviarlo.
El espacio de trabajo compartido está casi vacío a esta hora, solo el ruido blanco del aire acondicionado calentando la oficina y el teclado del chico del fondo, Dani, que hace prácticas para una startup de logística y siempre huele a café de cápsula.
La luz entra horizontal por los ventanales de la calle Recogidas y convierte el polvo del ambiente en algo casi bonito, casi deliberado.
El cursor parpadea al final del último párrafo.
Leo el texto otra vez desde el principio.
Rubén Alarcón no habla de Kitzbühel como un lugar.
Lo menciona como si fuera una fecha, un antes y un después sin el acontecimiento en medio.
El accidente no existe en su vocabulario, existe solo el espacio que dejó: los entrenamientos que ya no tienen el mismo peso, las mañanas que ya no empiezan igual, el cuerpo que conocía de memoria y que ahora negocia con él en lugar de obedecerle.
Cierro los ojos. Los abro.
Sigo leyendo.
El texto no filtra nada que Rubén no me haya contado.
No invento. No especulo. Pero hay una frase a mitad del tercer párrafo, una frase sobre el aislamiento, sobre los años en Austria, sobre cómo aprendió a no necesitar a nadie porque nadie en ese mundo sabía estar cerca sin querer algo a cambio, y cualquiera que lo lea y tenga dos dedos de frente va a entender lo que hay debajo. No lo digo. No hace falta decirlo.
Ese es el problema.
—Oye, Hugo.
Levanto la vista. Dani está de pie junto a mi mesa con dos cafés de máquina, uno en cada mano. Veintitrés años, gafas de pasta, una camiseta de algún festival de hace cinco años. Me tiende uno.
—Llevas como una hora sin moverte.
Cojo el café. Le señalo la pantalla con la barbilla.
—Lee esto.
Se inclina hacia delante. Lo veo mover los ojos de izquierda a derecha. Dos párrafos. Cinco. Llega al final y se queda un momento quieto antes de enderezarse.
—Joder.
—Sí.
—¿Quién es?
—Un deportista.
—¿Lo conozco?
—Probablemente.
Dani me mira. Luego mira la pantalla. Luego me mira otra vez con esa cara de veintitrés años que todavía no ha aprendido a disimular lo que piensa.
—¿Es del chico ese con el que quedaste la otra noche no?
No respondo. No hace falta.
—¿Por qué no lo publicas?
Cojo el café y lo bebo aunque está demasiado caliente todavía. El quemado en la lengua me da algo concreto donde poner la atención durante tres segundos.
—Porque no puedo.
Dani frunce el ceño.
—¿Tu jefe no te lo acepta?
—Mi jefe lo pondría en portada mañana.
El chico mira la pantalla otra vez. Veo el momento exacto en que lo entiende, cuando su expresión pasa de la confusión a algo más quieto y más serio.
—Ah.
—Ah —repito.
Se lleva su café de vuelta a su mesa sin decir nada más. Me gusta contarle mis cosas a Dani. No le van los tíos y es un poco apamplado pero es buena gente. También sabe cuándo el silencio es la respuesta correcta, cosa que yo nunca he aprendido del todo.
Cierro el documento.
El sistema me pregunta si quiero guardar los cambios. Le digo que sí. Lo muevo a una carpeta sin nombre en el escritorio, entre un presupuesto de gasolinera de febrero y unas notas de un partido del Granada CF que nunca terminé de procesar.
Abro un documento en blanco.
El cursor vuelve a parpadear.
Escribo la primera línea de un artículo sobre los nuevos teleféricos de Sierra Nevada y el cursor me devuelve la mirada sin ninguna opinión al respecto.
El móvil vibra sobre la mesa y el nombre de Julián Gutiérrez llena la pantalla como una amenaza meteorológica.
Lo dejo vibrar un segundo más. Dos.
Lo cojo.
—¿Tienes algo o no?
Sin hola. Sin buenos días. Julián lleva veinte años en esto y considera que los saludos son un lujo para gente con tiempo libre.
—Estoy en ello.
—Eso me dijiste el lunes.
—Y sigue siendo verdad.
Oigo al otro lado el ruido de su silla, ese chirrido específico de la redacción que reconocería en cualquier parte del mundo. Lo imagino con la camisa de cuadros a medio salir del pantalón, los ojos pequeños clavados en el techo.
—Marín. Te quedan tres días.
—Lo sé.
—No me lo parece.
Cuelga sin despedirse. También considera que las despedidas son un lujo.
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa.
Delante de mí, el documento en blanco sigue en blanco. El artículo de los teleféricos tiene una línea y media. En la carpeta sin nombre del escritorio hay un texto que podría resolver todos mis problemas profesionales de un solo golpe.
No lo abro.
* * *
El bar se llama algo con "Los" y un sustantivo que nunca recuerdo. Tiene cuatro mesas en la acera, servilletas de papel y una pizarra con las tapas del día escritas con letra de médico. Pido una caña y deberían traerme unas croquetas por ser la primera bebida. Me siento de cara a la calle.
Dani se ha ido a comer con los suyos. En la oficina no queda nadie. Por una vez no tengo que fingir que escribo mientras en realidad miro el techo.
La cerveza llega fría. El primer trago es lo mejor del día.
Saco el móvil y llamo a Elena.
Tres tonos.
—Estoy leyendo lo que me has mandado —dice antes de que yo abra la boca.
—¿Y?
Silencio. El tipo de silencio que Elena usa cuando está eligiendo con cuidado las palabras para no mentirme del todo.
—Hugo.
—Dime.
—Has descrito un plato alpujarreño como una experiencia culinaria disruptiva.
Cojo la caña. La dejo.
—Es una forma de...
—Unas migas con chorizo y morcilla con huevos, Hugo. Nadie habla así de unas migas con chorizo y morcilla con huevos. Mi abuela Rosario te hubiera dado con un trapo mojado en la cara.
Las croquetas llegan. Me como una entera antes de responder.
—El enfoque es innovador.
—El enfoque es de alguien que ha buscado en Google "cómo describir comida de forma sofisticada" y ha copiado el primer resultado.
—Segundo resultado.
Oigo su risa ronca al otro lado. Esa risa que arranca del estómago y no pide permiso.
—Julián te va a matar.
—Julián ya quiere matarme. Esto no cambia nada.
—¿Y qué hay del otro artículo, no el de relleno, el de Rubén?
El sol le da a la acera en un ángulo que hace brillar los adoquines como si alguien los hubiera pulido esta mañana. Una paloma inspecciona los restos de una servilleta a dos metros de mi zapato.
—Guardado.
Elena no dice nada durante un momento.
—¿Cuánto tiempo vas a dejarlo ahí?
—El tiempo que necesite.
—Eso no es una respuesta.
—No —reconozco—. No lo es.
Bebo. La caña está empezando a perder el frío. En la pizarra del bar han añadido debajo del menú, hoy hay rabo.
Me pregunto qué estaría haciendo Rubén en este momento.
Termino la caña y de hablar cuatro tonterías más con Elena. Pago. Me quedo cinco minutos otra vez mirando la pizarra del bar sin leer nada.
Luego saco el móvil y escribo el mensaje antes de poder convencerme de no hacerlo. Menos mal que intercambiamos los teléfonos la noche de nuestra primera cena.
“¿Puedo verte esta noche?”.
Lo mando. Guardo el móvil en el bolsillo del chaquetón con la pantalla hacia adentro, como si no mirarlo cambiara algo. Camino de vuelta a la oficina por Reyes Católicos, esquivando grupos de turistas que se detienen en mitad de la acera para fotografiar una fachada que no tiene nada de especial.
Dani ha vuelto ya, con sus compañeros de la empresa de logística y con otro vaso de café en la mano. Parece que le hace falta una buena siesta.
—¿Enviaste al final el artículo o no?
—Sigue en mi carpeta de los borradores.
—Alguien no ha parado de enviarte mensajes o emails, tu ordenador lleva pitando un buen rato.
—Seguro que es mi jefe Julián otra vez dando la lata.
Me siento. Abro el portátil. Leo la primera línea del otro artículo de los teleféricos, que es perfectamente correcta y perfectamente vacía, y cierro el portátil.
El móvil sigue en el bolsillo.
Dani se vuelve a su sitio y teclea algo. Fuera pasa un autobús. El fluorescente del techo zumba en una frecuencia que normalmente no noto pero hoy noto.
A los cuarenta y siete minutos, el móvil vibra.
Habitación 412
Dos palabras. Sin punto esta vez.
Me quedo mirando la pantalla el tiempo suficiente para que Dani levante la vista desde su sitio.
—¿Todo bien?
—Sí.
No todo bien. Todo lo contrario de todo bien.
Hay un archivo en mi portátil que se llama sin nombre, guardado en una carpeta sin nombre dentro de otra carpeta sin nombre, y dentro hay tres mil palabras sobre Rubén Alarcón que Julián publicaría mañana a primera hora sin quitarle una coma.
Tres mil palabras que valen un ascenso, una portada, probablemente el mejor artículo que he escrito en cinco años de carrera.
Rubén hablando de Kitzbühel. De su entrenador.
Del año en Austria. De lo que se siente cuando el cuerpo que ha sido tu herramienta durante toda tu vida te traiciona en la nieve delante del mundo entero.
Me lo contó en una cena, con una copa de Rioja a medias, sin grabadora.
Y ahora me está dando su número de habitación.
Cierro la aplicación de mensajes. Abro el documento de los teleféricos. Escribo una línea. La borro.
Habitación 412.
Guardo el portátil en la mochila.