Calor Bajo Cero Capítulo 26 Natalia
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Capítulo 26 Natalia

La clase de hoy es la quinta. O la sexta. No lo sé con certeza y eso debería alarmarme más de lo que me alarma.

Llueve en Granada desde las tres de la tarde.

No una lluvia de Zúrich, ordenada y puntual, que cae en ángulos predecibles y termina cuando decide terminar.

Esta lluvia es otra cosa. Baja por las cuestas del Albaicín arrastrando tierra ocre, se mete entre los adoquines, empapa la ropa antes de que el cerebro procese que está mojándose.

Llego a la academia con el pelo pegado a la cara, los vaqueros oscuros hasta las rodillas y los zapatos haciendo un ruido que prefiero no describir.

Elena está de pie en el centro del estudio cuando abro la puerta. Me mira de arriba abajo sin decir nada durante tres segundos completos.

—Hoy vamos a trabajar con lo que traes.

Se da la vuelta hacia el equipo de música antes de que yo pueda responder.

Dejo la bolsa en el suelo. Me saco el pelo de la cara y me lo recojo con la goma que siempre llevo en la muñeca.

El espejo me devuelve algo que no reconozco del todo: sin la coleta pulcra, sin la ropa técnica, con la camisa translúcida pegada al torso por la lluvia. Me cambio los zapatos en silencio.

Arranca una bulería. Guitarra seca, palmas que entran sin previo aviso, algo que retumba en las paredes de piedra de la cueva como si llevara siglos esperando salir.

—Baila lo que sientes.

—¿Sin estructura?

Elena me mira con la paciencia específica que reserva para mis preguntas más inútiles.

—Sin estructura.

Me planto en el centro del estudio. Las palmas siguen.

La guitarra golpea. Intento buscar el compás, contar, ubicarme en algún tiempo conocido, y me doy cuenta a mitad del primer verso de que no puedo.

No porque no sepa. Sino porque esta vez algo más urgente empuja desde dentro hacia afuera y la cuenta se cae sola.

Muevo los pies.

No bien. No coordinada. El taconeo sale torcido, un pie antes que el otro, los brazos se levantan sin que nadie los haya invitado.

Pienso en Zúrich un segundo, en el apartamento con muebles de IKEA que nunca llegaron a parecerse a un hogar, en la cara de mi jefe cuando me dijo que me enviaban a Granada como si fuera un premio, en la de mi madre cuando le expliqué por séptima vez por qué no tenía pareja, en cómo aquí soy la suiza y en Suiza era la española y en ningún sitio soy simplemente yo sin necesitar un adjetivo que me ubique en algún mapa que alguien entienda.

El pie golpea el suelo con más fuerza de la que debería.

Los brazos van solos. El pecho se abre hacia delante como si alguien hubiera tirado de algo que llevaba cerrado demasiado tiempo.

Hay un momento en que pierdo completamente el ritmo y en lugar de parar sigo, dentro del desorden, con el desorden, sin intentar recuperar nada porque no hay nada que recuperar.

Es feo. Lo sé mientras pasa.

Cuando la guitarra termina me quedo quieta en el centro del estudio con los pulmones trabajando y el pelo medio suelto otra vez. Miro el suelo. Las marcas de mis zapatos en la madera son irregulares, sin patrón reconocible.

Elena no ha dicho nada en todo el tiempo.

Levanto la vista. Ella sigue en el mismo sitio donde estaba, apoyada en la pared, con los brazos cruzados. No ha cogido el cuaderno. No ha corregido la postura. No ha abierto la boca ni una sola vez.

Me mira.

Y entonces algo cede. No sé si es el cansancio o la lluvia o la bulería o las tres cosas a la vez, pero noto los ojos escocer y parpadeo dos veces seguidas para intentar que no pase lo que está pasando igual.

No funciona. Se me queda una lágrima a mitad de camino, justo en el borde inferior, y no caen más pero tampoco desaparecen.

Elena se despega de la pared. Cruza el estudio despacio, sin prisa, como si supiera que llegar demasiado rápido lo rompería todo. Se para a un metro de mí.

—Ahí estabas. Por fin.

Dos palabras. Por fin. Como si llevara semanas esperando a que apareciese alguien que yo misma no sabía que existía.

No sé qué hacer con eso. Me paso el dorso de la mano por el ojo izquierdo con más brusquedad de la necesaria y miro hacia el espejo para tener algo donde poner los ojos que no sea su cara.

—La otra noche —empiezo.

Elena no se mueve.

—En la tetería —digo—. Quiero… —Paro. Reformulo—. Llevo días sin saber si debería haber…

—Nat.

Es la primera vez que me llama así. Solo eso: Nat. Sin apellido, sin "la suiza", sin la distancia de las correcciones de postura. El nombre aterriza en algún sitio por debajo del esternón y se queda.

Me vuelvo hacia ella. Tiene las manos sueltas a los lados. Ni cruzadas, ni apoyadas en los lados de su cadera. Solo abiertas.

Abro la boca.

La puerta del estudio golpea contra la pared con el viento y si prima Soleá entra doblada sobre un paraguas que ha perdido dos varillas y la mitad de la batalla contra la lluvia de hoy. Lleva una bolsa de plástico en una mano y agua hasta los tobillos.

Se para en el umbral. Nos mira a las dos. Mira el suelo, las marcas de mis zapatos, la guitarra de la siguiente canción sonando al mínimo en el altavoz, las caras que debemos tener.

—¿Quién se ha muerto?

El silencio dura exactamente un segundo y medio.

Me sale una carcajada por algún sitio inesperado, de esas que duelen un poco en las costillas porque vienen demasiado rápido. Elena se lleva una mano a la boca pero no la contiene y suena ronca y real y la reconocería en cualquier sitio.

—Cierra la puerta —consigue decir.

—Estoy intentando no ahogarme —responde Soleá dejando caer las bolsas—. El Albaicín se ha convertido en el Guadalquivir.

Soleá desaparece hacia el fondo con sus bolsas empapadas, comentando en voz alta cosas sobre la humedad y las goteras y por qué nadie arregla la canaleta del tejado.

Elena y yo nos quedamos en el centro del estudio.

La risa se apaga despacio, como una vela que va perdiendo oxígeno.

Nos miramos. El momento de antes ya no está exactamente donde lo dejamos, pero tampoco ha desaparecido del todo.

Se ha desplazado, como muebles que alguien ha movido dos centímetros y la habitación no es del todo la misma aunque no sepas explicar por qué.

Bajo los ojos sin querer y los llevo hacia mi bolsa en el suelo. La botella de Lanjarón que rellené esta mañana en el grifo del apartamento asoma por el lateral, con la etiqueta medio arrancada. Sustituí mi botella milimetrada por ella la otra tarde

Elena la mira.

No dice nada. Pero en la comisura derecha aparece algo pequeño y firme que no es exactamente una sonrisa pero se le parece bastante.