Calor Bajo Cero Capítulo 25 Rubén
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Capítulo 25 Rubén

El frío entra por la nariz como agua y se instala en los pulmones con esa precisión que solo tiene el aire de montaña.

Llevo diez minutos corriendo. No es gran cosa.

La senda que bordea Pradollano está medio embarrada, con parches de nieve vieja que el sol de mediodía ha vuelto gris y porosa, y el suelo cruje bajo las zapatillas de un modo que no cruje ningún suelo de gimnasio.

No hay música. No hay moqueta. Hay pinos y viento y el sonido de mi propia respiración, que sube demasiado rápido todavía, que tengo que trabajar.

Pero subo.

La rodilla responde. No bien, no como antes, pero responde. Cada zancada es una pequeña negociación con el cartílago y el miedo, y por ahora los dos ceden un poco.

Pienso en Hugo sin querer. Es lo que hace la mente cuando el cuerpo está ocupado, busca otro sitio donde meterse.

Aprieto el paso.

El camino gira y Granada aparece abajo, entre la niebla de la mañana, diminuta y ocre como algo olvidado en el fondo de un cajón. La he visto mil veces desde aquí. Hoy parece distinta, o soy yo el distinto, no sé diferenciar las dos cosas.

Cuando regreso al gimnasio del hotel tengo las mejillas encendidas y los pulmones limpios de algo que llevaba meses acumulándose. Pablo está estirando junto a las colchonetas y me mira de arriba abajo con esa sonrisa de entrenador que me saca de quicio precisamente porque no la puede evitar.

—Lo has conseguido.

—Treinta y dos minutos. —Me quito los guantes.— No te emociones.

—No me emociono. —Coge la Tablet.— Me alegro, que es distinto.

Trabajo los hombros mientras él anota. El silencio entre nosotros es bueno, el tipo de silencio que no necesita llenarse.

—Pronto estaremos en la nieve —dice Pablo, sin levantar los ojos del aparato.

No digo que no.

Eso es todo lo que hago. No digo que no, no digo que todavía no, no me levanto y me voy al vestuario con la mandíbula apretada. Me siento en el banco, cojo la primera mancuerna que Pablo deja a mi lado y empiezo la serie.

Pablo no dice nada más. Sabe cuándo es suficiente.

* * *

Pablo recoge las colchonetas cuando Hugo aparece en la puerta del gimnasio con las manos en los bolsillos de la parka y esa expresión de quien acaba de llegar por casualidad al único sitio donde sabía exactamente que estaría.

—Anda. —Me seco la cara con la toalla.— Qué sorpresa.

—Pasaba por aquí. —No se le mueve un músculo de la cara.

—Claro.

Pablo levanta la vista de las colchonetas. Lo mira a él, me mira a mí, vuelve a sus colchonetas. No dice nada. Pero lo guarda todo.

Me pongo la sudadera sin mirar a Hugo. Lo que no quiero es que Pablo haga preguntas, ni que levante una ceja en el momento equivocado, ni que mañana en la sesión me pregunte de qué conozco a ese tipo. Agarro la mochila.

—Bajo a Granada.

Hugo abre la boca.

—Si quieres te llevo. He venido en coche.

—Que sorpresa.

Salimos al aparcamiento. El sol de media mañana está blanco y frío, sin calor real, y Hugo camina a mi lado con esa energía que tiene, ese ruido constante de alguien que piensa en voz alta aunque no abra la boca.

Su coche es un Seat gris con una pegatina de la Universidad de Málaga despegándose de la luna trasera. Entro. Él arranca y en quince minutos estamos en Granada, girando por calles estrechas del centro mientras Hugo mira los bordillos como si fueran a atacarle.

—Ahí.

—Es muy pequeño.

—Cabe.

—Igual más adelante hay uno más...

—Hugo.

—O en ese parking de la plaza, que tiene tarifa de...

—Para el coche.

Frena. Mira el hueco. Mira el bordillo. Lo mete a la primera, mal aparcado, con la rueda delantera rozando el bordillo. Apaga el motor.

El silencio del habitáculo es distinto al del gimnasio. Más pequeño. Puedo oír cómo respira.

—Pablo te ha visto. —Lo digo antes de que lo piense demasiado.

—¿Tu entrenador?

—Si, ¿Lo conoces?

—No.

—Vale.

Hugo gira la cabeza hacia mí. Tiene esa cara que pone cuando sabe algo que no debería saber y está decidiendo si decirlo.

—Rubén.

—¿Qué?.

—¿Sientes vergüenza por que tu entrenador haya visto que hemos quedado y nos vamos juntos?

Abro la puerta del coche.

—No habíamos quedado. Tu has aparecido. —Me bajo.— ¿Vienes o no?

* * *

Hugo camina detrás de mí por la calle de manera desenfadada, como si fuera su barrio, aunque estoy casi seguro de que no lo es. Entramos en el primer bar que aparece, uno de esos sin nombre claro en la puerta, con sillas de plástico verde y una televisión encendida en la esquina que nadie mira.

Son las doce menos cuarto.

—Ya he desayunado —digo.

—Yo también. —Se sienta sin que nadie lo invite y coge la carta.— Pero puedo volver a desayunar.

El camarero tarda tres minutos en aparecer. Hugo pide dos cafés con leche y unas tostadas antes de que yo abra la boca. Le miro.

—¿Qué? ¿No querías café?

—Quería pedirlo yo.

—Ya está pedido.

La televisión murmura resultados de la Liga.

Hugo tamborilea los dedos sobre la mesa mientras mira a su alrededor con esa atención que tiene, esa forma de registrarlo todo como si cada rincón fuera a convertirse en un párrafo.

Habla. Habla del camarero, que tiene cara de llamarse Manolo y llevar aquí veinte años.

Habla de un bar parecido que conocía en Málaga.

Habla del coche mal aparcado y de que el bordillo tenía la culpa.

Habla de que Granada tiene una luz diferente a mediodía, más plana, menos dramática que al atardecer.

Yo bebo el café.

Es agotador. También es, por alguna razón que no quiero analizar demasiado, lo contrario.

Llegan las tostadas. Dos, una para cada uno. A mi me pone el camarero una con tomate y aceite delante, la suya con mantequilla. Hugo mira la mía. Alarga la mano.

Le apunto amenazante con el cuchillo redondeado que no corta ni el pan.

Levanta las dos manos.

—Solo quería probar la de tomate y aceite.

—Cómete la tuya con mantequilla.

—Me gusta más con tomate y aceite.

—Pide que te la cambien.

—El camarero no ha preguntado y me la ha puesto a mi con mantequilla.

Lo miro. Él me devuelve la mirada con una expresión de inocencia absoluta y de niño que parece que nunca ha roto un plato.

—Coge la tostada y cállate.

La coge. Le da un mordisco considerable. Mastica con una sonrisa.

—¿Ves? No era tan difícil.

No respondo. Me quedo con la mitad que sobra y el camarero nos trae otra sin que ninguno la pida, mirando la escena con la expresión neutra de quien lleva veinte años viendo cosas más raras.

En algún momento, sin que yo lo decida conscientemente, dejo de notar que Hugo habla y empiezo a escucharlo. La diferencia es sutil pero existe. Hay algo en cómo construye las frases, como si pensara con la voz, sin filtro previo entre el cerebro y la boca.

Debajo de la mesa, su pie se apoya junto al mío. No encima. Al lado. Rozando apenas el lateral de mi zapatilla deportiva.

No lo muevo.

Él tampoco lo menciona. Sigue hablando de algo, del partido de anoche, creo, aunque no estoy escuchando las palabras. Solo el tono.

El móvil vibra sobre la mesa.

Marcos.

Lo cojo antes de que Hugo pueda ver el nombre.

—Perdona.

Salgo dos pasos hacia la barra, lo suficiente.

—Marcos.

—¿Cómo va todo? —Su voz suena tranquila pero con ese fondo de alerta que conozco desde hace años.— He visto un artículo esta mañana. Sobre ti, sobre el regreso. ¿Has hablado con alguien de la prensa?

El bar sigue igual. La televisión. El camarero. Hugo mordiendo lo que queda de mi tostada sin ninguna vergüenza.

—No —digo.— Con nadie.

Marcos tarda un segundo.

—Bien. Solo quería asegurarme.

—Estoy bien.

—Ya sé que estás bien.

Cuelgo. Vuelvo a la mesa. Hugo levanta la vista.

—¿Todo bien?

—Sí. —Me siento.— Mi manager.

—Ah. —Asiente, sin preguntar más.

Le quito lo que queda de la tostada.