Capítulo 24 Elena
Pido el segundo pionono antes de que Hugo aparezca.
La pastelería huele a canela y azúcar quemado, y hay una cola de turistas que bloquea la puerta cada vez que alguien entra. Me he buscado el rincón de siempre, la mesita pequeña pegada a la pared con las sillas que cojean, porque aquí al menos nadie me pisa.
Hugo llega con la sonrisa de quien ha dormido mal pero está contentísimo de todas formas.
—Me ha escrito.
Lo dice antes de sentarse. Antes de pedir. Antes incluso de quitarse la chaqueta de cuero.
—¿Quién?
—Rubén. —Se sienta. Se inclina hacia delante. Los ojos le brillan con una intensidad que me resulta ridícula y un poco entrañable.— Siete palabras, Elena. "Gracias por la cena la otra noche."
Lo miro un momento.
—Siete palabras.
—Siete palabras.
—Hugo.
—Es prácticamente una declaración de amor.
Dejo el pionono en el plato y me limpio los dedos despacio, con la servilleta de papel, mientras decido si merece la pena.
—¿Te das cuenta de que sigues necesitando la entrevista, verdad?
—Detalles.
—No son detalles, son tu trabajo. Tu jefe. Tu sueldo. La razón por la que no te envían de vuelta a Madrid.
—Elena. —Me señala con el tenedor.— No me apagues.
—No te apago, te enchufo a la realidad.
Pide un café con leche y otros piononos gesticulando hacia la barra sin levantarse, con esa confianza suya de hombre que siempre da por hecho que le van a entender. Le entienden, claro. Siempre le entienden.
—¿Y las clases? —pregunta, acomodándose en la silla—. La suiza. ¿Qué tal?
—Bien. —Cojo el segundo pionono.— Van bien.
Hugo apoya el codo en la mesa y me mira de esa manera suya, la de periodista, la que usa cuando sabe que hay algo debajo de lo que le estás contando.
—¿Bien bien, o bien porque no quieres hablar de ello?
—Bien. Aprende rápido cuando deja de intentar controlar todo.
—Ajá.
—Qué.
—Nada. —Bebe el café que acaba de llegar.— ¿Ocurre algo?
Aquí está. La pregunta directa, limpia, sin adornos. Hugo no rodea las cosas cuando de verdad quiere saber algo.
Miro la mesa un momento. La taza. El plato con la mitad del pionono.
—Me besó.
Silencio.
Hugo deja la taza en el platillo con más cuidado del habitual.
—¿Natalia?
—Natalia.
—¿Cuándo?
—En la tetería, la noche que intentamos animarla después de la crisis que le entró. Tu ya te habías marchado.
Hugo abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.
—Llevas días con esto y no me habías dicho nada.
—Te lo estoy diciendo ahora.
—Elena. —Hay algo genuinamente sorprendido en su cara, no el asombro exagerado de cuando quiere efecto, sino el otro, el real.— Nunca me habías contado nada así. De ninguna otra mujer.
No respondo. Parto la mitad del pionono en dos trozos aunque se me acaba de quitar el hambre.
—¿Y qué ha pasado después? ¿Habéis vuelto a hablar de ello?
—No.
—¿Ninguna de las dos?
—Ninguna de las dos.
—¿Y tú qué sientes?
—Es mi alumna.
Hugo ladea la cabeza.
—Eso no responde mi pregunta.
Le doy un sorbo al café, que ya está casi frío, y señalo su plato.
—¿Vas a comerte ese pionono o lo adoptas?
Hugo sonríe despacio, sin presión, y coge el tenedor. Me deja el silencio. Eso es lo que más me cuesta de él, que sabe cuándo no empujar, y que ese gesto suyo de no empujar es casi peor que si siguiera preguntando.
Cuando Hugo saca el móvil, ya sé que esto va a durar.
Lo deja en la mesa entre los dos, la pantalla hacia arriba, con la conversación abierta. Siete palabras. Las veo. Las leo. Las vuelvo a leer porque Hugo me está mirando con la cara de quien espera un diagnóstico médico.
—A ver.
Cojo el móvil.
El mensaje de Rubén tiene hora. Las 23:47. Casi medianoche.
—Ha puesto un punto al final.
—¿Y?
—Punto, no deja el tema abierto. —Le devuelvo el móvil, luego se lo pido otra vez.— Es definitivo. Mira aquí, ha puesto "la otra noche" en vez de ser concreto. No le da importancia real a vuestro encuentro. La otra noche es... genérico. Da sensación de distancia. No sabe como darte puerta.
Hugo me mira con la boca abierta.
—Me estás empezando a deprimir.
—¿Le has respondido? —Le devuelvo el móvil.— ¿Le has respondido o no?
—Claro que le he respondido. "Me alegra." Dos palabras. Equilibrado. Sin desesperación.
—Hugo. —Le cojo el móvil otra vez.— Suena totalmente desinteresado y le has puesto un punto también.
—Correspondencia de signos. Elegancia.
—O cobardía.
—¿Perdona?
—Que tienes miedo de decir algo de más y has optado por callar todo.
Él recoge el móvil y lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta, con una dignidad que no le pega nada.
—No te he pedido un análisis psicológico.
—Me has puesto la conversación delante de los ojos.
—Para que te alegrases por mí.
—Y me alegro. —Termino el café.— Pero también me preocupa que estés leyendo siete palabras como si fuera el Quijote.
—Tú acabas de analizar la puntuación como si fueran los manuscritos del Mar Muerto.
No respondo porque tiene razón, y los dos lo sabemos, y en esa pastelería con olor a canela hay un silencio breve y cómplice que es la forma que tenemos de no darnos la razón el uno al otro directamente.
—Donde hay patrón, no manda marinero.
Hugo me mira.
—¿Eso qué tiene que ver?
—Nada. Pero mi abuela siempre tiene razón.
Él sacude la cabeza y se termina el último pionono de un bocado.
El móvil me vibra en el bolso. Lo veo antes de cogerlo porque reconozco la vibración doble de Soleá, que siempre manda los mensajes partidos en trozos como si le cobraran por longitud.
La llamo directamente.
—Prima.
—Elena. —Su voz tiene ese tono, el de cuando ha cerrado algo sin consultarme y ya es demasiado tarde para protestar.— Escúchame antes de decir nada.
—Eso es lo que dice la gente cuando ha hecho una barbaridad.
—Hemos reservado la cueva. Para otro evento corporativo.
La empresa de sierra nevada, los suizos esos de los teleféricos, Wiegand no sé qué, quieren cerrar un contrato o celebrar algo, no me ha quedado muy claro, pero pagan el doble que la otra vez y han pedido espectáculo, tablao y la cena incluida.
Se me queda la voz en algún sitio entre el pecho y la garganta.
—¿Cuándo?
—El viernes.
Hugo me mira desde el otro lado de la mesa porque algo en mi cara le ha dicho que la conversación ha cambiado de tema por completo.
Wiegand AG. Los suizos de los teleféricos. El equipo de Natalia.
—De acuerdo —digo, con una calma que no siento.
—¿De acuerdo? ¿Solo de acuerdo? ¿No me vas a regañar?
—El viernes. Nos vemos antes para preparar el repertorio.
Cuelgo.
Hugo tiene la cabeza ladeada.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. —Cojo el bolso.— Que el viernes tengo otro evento.
Pero el corazón me va ligeramente más deprisa de lo que debería para tratarse de trabajo, y eso es un problema que no pienso analizar delante de Hugo, que ya tiene demasiados datos nuevos sobre mí por hoy.