Capítulo 23 Natalia
Las calles del Albaicín me envuelven, con el empedrado irregular bajo los pies y algo todavía vibrando en el pecho que no sé cómo clasificar.
Cuatro veces.
Sus manos y las mías, a un centímetro. En el mirador, cuando señalaba la Alhambra y yo fingía mirar donde ella señalaba.
En la bajada por la cuesta empinada, cuando tropecé con un adoquín y ella extendió el brazo y yo ya tenía el equilibrio recuperado y aun así tardamos dos segundos en apartarnos.
En la esquina con la fuente morisca. Y luego otra vez, sin motivo aparente, caminando en paralelo por una callejuela tan estrecha que nuestros hombros casi se tocaban.
Cuatro veces. Ninguna de las dos ha cerrado esa distancia.
Una tortura deliciosa, y lo peor es que no sé si Elena lo hace adrede.
El móvil vibra en el bolsillo y lo saco sin mirar, todavía medio dentro del Albaicín aunque ya he bajado hacia el centro.
—Natalia, ¿dónde estás? —Es Ferreira. Voz de cosa urgente aunque ya es tarde.
—En Granada. ¿Qué pasa?
Me consulta un par de asuntos laborales. Es demasiado perezoso para localizar por su cuenta los expedientes o la carpeta en el equipo, así que prefiere interrogarme. Después desvía la conversación.
—Oye, otra cosa. Salgado pregunta que cuándo podemos ver tus progresos con lo del flamenco. —Una pausa con sorna mal disimulada. —Dice que ya está pensando en que gastarse los cien euros.
Me detengo en mitad de la acera y alguien me roza al pasar.
—Dile a Salgado que mejor los vaya ahorrando, ya que me los tendrá que pagar él a mi.
Ferreira se ríe, dice algo sobre grabarlo en vídeo, y cuelga.
Me quedo parada frente a un escaparate de cerámica nazarí que no estoy viendo. En el cristal, mi reflejo tiene cara de alguien a quien acaban de echar un cubo de agua fría con muy mala puntería.
La apuesta.
Elena no sabe realmente que esa fue una de las razones por la que me apunté a su curso.
Seguí viniendo por otras razones. Eso también es verdad.
* * *
Me meto en la cama con el portátil encima de las rodillas y la Alhambra iluminada al otro lado del cristal, como siempre, imperturbable y dorada.
Lo cierro sin haberlo abierto.
Esa noche sueño con Elena. Con sus manos guiando las mías sobre el compás, la presión exacta de sus dedos en mis muñecas.
Con su risa, esa risa ronca que sale de algún sitio muy hondo y que no avisa.
Con su voz diciéndome algo que no entiendo del todo pero que en el sueño tiene un sentido perfecto, uno de esos refranes de su abuela Rosario que suenan a trabalenguas y a verdad antigua al mismo tiempo.
Me despierto a las tres y cuarto con el corazón haciendo cosas inapropiadas para esa hora.
Me siento en la cama. La Alhambra sigue ahí.
Abro mi neceser de la mesita de noche, saco el pastillero de viaje, organizado por días como todo lo mío, y me tomo un ansiolítico con un vaso de agua del grifo.
Me quedo mirando el techo.
El problema no es Elena.
El problema es que llevo treinta y cuatro años siendo muy buena en no querer cosas que no puedo calcular.
* * *
El viento arrastra nieve polvo desde las crestas más altas y me azota la cara mientras reviso las especificaciones del anclaje del tercer pilón.
Estoy en el trabajo físicamente pero en realidad es como si no estuviera.
Tengo los planos en la mano y llevo diez minutos mirando el mismo número sin procesarlo.
Guardo los planos.
Los vuelvo a sacar.
El número sigue ahí. No cambia. Soy yo la que no funciona hoy.
—¿Natalia?
Tomás aparece a mi lado con su gorra naranja y un café en cada mano, completamente inmune al frío con esa serenidad suya de hombre que nunca tiene prisa.
—Toma. —Me pone el café delante.
—Gracias. —Lo acepto sin mirarlo.
Silencio de treinta segundos. Tomás bebe su café y contempla la ladera como si tuviera todo el tiempo del mundo, que normalmente es exactamente lo que tiene.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Lo mismo dijiste antes de la sangría el día de la fiesta.
Cierro los ojos un segundo.
La mano que sujeta el café me tiembla un poco. No mucho. Lo suficiente para que Tomás lo vea, porque Tomás siempre ve las cosas que uno preferiría que no viese.
—Siento algo. —Las palabras salen mal, sin estructura, como si el idioma también hubiera decidido no cooperar hoy. —Elena.
Tomás no dice nada durante tres segundos completos. Bebe su café. Asiente despacio, como quien confirma una sospecha que lleva tiempo guardando en el bolsillo.
—¿La profesora de Flamenco? ¿Desde cuándo te gustan las mujeres?
—No me gustan las mujeres. —Me oigo y la frase suena rara incluso para mí. —Me gusta… ella. ¿Es eso posible sin cambiar de categoría?
Tomás me mira. Tiene esa expresión que pone cuando alguien dice algo que le parece absurdo pero no quiere ser maleducado, una mezcla de ternura y estupefacción comedida.
—Nat. —Pausa. —No eres un formulario de impuestos. No necesitas una categoría.
El viento vuelve a pasar entre los dos.
Abajo, Granada duerme entre la niebla de la mañana, naranja y ocre, indiferente a mis taxonomías personales. Desde aquí parece pequeña y al mismo tiempo como si cupiese todo dentro.
—Es que no sé qué hacer con esto —digo, y suena más honesto de lo que pretendía.
Tomás termina su café.
—Me lo imagino.
Vuelvo la vista a los planos.
El anclaje del tercer pilón me devuelve la mirada con sus números perfectamente razonables.
Todo en orden. Todo cuantificable. Me concentro en el sistema de tracción del cable auxiliar y empiezo a anotar en el margen izquierdo mientras Tomás termina su café y mira la ladera como si le debiera dinero.
Me detengo.
Miro el margen.
Elena.
Elena.
Elena.
Tres veces. Con letra cursiva. Yo no escribo en cursiva.
Nunca en mi vida he escrito en cursiva. Mi letra es una arquitectura de ángulos rectos y Natalia lo sabe perfectamente porque Natalia soy yo, y yo llevo treinta y cuatro años sin producir una sola letra con floritura y ahora resulta que he decorado los márgenes de un plano de ingeniería con el nombre de mi profesora de flamenco como si tuviera doce años y acabara de descubrir a alguien en el instituto.
Doblo el plano. Rápido.
—¿Todo bien? —pregunta Tomás de nuevo sin mirarme.
—Todo bien.
Guardo el plano en el tubo protector antes de que el universo entero pueda verlo.
Salgado aparece diez minutos después con su sonrisa ancha y su costumbre de llegar justo cuando uno menos lo necesita. Es técnico de sistemas, treinta y dos años, competitivo con todo lo que tenga un ganador y un perdedor, incluyendo aparentemente quién aprende antes a mover los pies.
—Compañera. ¿Cómo van las clases de baile?
—Genial. —Sin dudar. Sin parpadear. —Estoy progresando de forma significativa.
—¿En serio? —Arquea una ceja. —Porque Tomás dijo que por poco no te rompes un tobillo cuando te caíste encima de tu botella de agua.
Miro a Tomás.
Tomás estudia el horizonte con la concentración de alguien que no ha dicho absolutamente nada.
—Eso fue un problema de superficie. Está resuelto.
Salgado se ríe. No con maldad, pero tampoco con delicadeza.
—A ver, yo lo que creo es que una ingeniera suiza no tiene ninguna posibilidad de aprender flamenco en seis semanas. Ninguna. Lo digo sin ánimo de ofender.
—Y sin embargo te vas a quedar sin tus cien euros.
—Doscientos. —Se encoge de hombros. —Si tan segura estás.
El viento pasa entre los dos.
Mi cerebro calcula en paralelo, porque siempre lo hace: probabilidad de éxito, días restantes, nivel actual de competencia técnica.
Semanas para la demostración: 5. Nivel actual de baile: catastrófico. Variable no contemplada: profesora.
Me imagino una hoja de Excel con toda la ecuación y debajo, en negrita, porque a veces hasta Excel sabe más que yo:
ERROR: LA VARIABLE AFECTA TODOS LOS CÁLCULOS.
Decido aceptar los doscientos euros.