Calor Bajo Cero Capítulo 22 Hugo
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Capítulo 22 Hugo

El cursor parpadea en la pantalla desde hace veinte minutos.

Tengo escrita la primera línea del artículo sobre la renovación de los teleféricos de Sierra Nevada, que es el encargo de relleno que me mandó Julián mientras espera que "lo de Alarcón" se materialice en algo.

La línea dice: La modernización de las infraestructuras de esquí en Sierra Nevada representa un paso decisivo hacia. .. y ahí me quedé.

Hacia nada. Hacia el abismo.

Borro la frase. La vuelvo a escribir. La borro otra vez.

A mi derecha hay un chico con auriculares que lleva tres horas tecleando sin levantar la vista.

A mi izquierda, una mujer en videollamada habla en voz baja sobre un proyecto editorial.

El coworking tiene esa energía particular de gente que sabe lo que hace, y yo estoy aquí pensando en la forma en que Rubén sostenía el vaso de tónica, con los dedos muy quietos, como si sujetar algo fuera un ejercicio de control.

No es que me haya contado su vida. No funciona así con él.

Pero hay cosas que no hacen falta decir con palabras.

La manera en que se encogió ligeramente cuando mencioné Kitzbühel, solo medio segundo, antes de recomponerse.

Cómo miraba hacia la puerta cada dos por tres, calculando probabilidades.

Un hombre que lleva tres años siendo el fantasma de sí mismo no necesita explicarte que está agobiado.

Lo lleva encima como si fuera ropa mojada.

Y encima lo que carga solo.

Saco el móvil. Lo guardo. Lo saco de nuevo.

Voy a cenar con Rubén Alarcón esta noche.

Yo lo he propuesto. Él ha dicho que sí, y cuando lo ha dicho ha mirado hacia otro lado, como si aceptar algo le costara físicamente.

Me lo debo, es lo que he pensado para justificarlo.

Lo embauqué sin querer, lo lié en algo que no pedía, al menos puedo invitarle a cenar.

Eso me digo.

El cursor sigue parpadeando. El artículo de los teleféricos sigue vacío.

Escribo a Elena: Esta noche ceno con Alarcón. Como amigos. No me digas nada.

La marca azul aparece en tres segundos. Luego los tres puntitos. Luego:

“Hugo”.

“Qué” —le respondo.

“No sois amigos”.

Cierro el móvil boca abajo sobre la mesa y finjo que el artículo me importa.

* * *

El restaurante huele a ajo y a vino tinto y a algo que lleva horas cocinándose a fuego lento.

Es un sitio pequeño en la Calle Elvira, con azulejos blancos y azules y una pizarra en la pared con el menú escrito a mano.

Rubén llegó antes que yo. Estaba sentado en la mesa del rincón, de espaldas a la puerta, con una cerveza sin alcohol delante y el gesto de alguien que ya se arrepiente de haber dicho que sí.

Me siento enfrente sin hacer comentarios sobre su elección de mesa.

—Voy a pedir rabo de toro —dice, como si necesitara justificarse.

—Bien pensado.

El silencio inicial dura lo que tarda el camarero en aparecer. Pido lo mismo que Rubén y una copa de Rioja, y cuando el camarero se va Rubén mira la vela que hay entre nosotros con la concentración de alguien que está evitando mirarme a mí.

—¿Dónde tienes la oficina? —pregunta, por fin.

No esperaba esa pregunta.

—Marca tiene la redacción en Madrid. A mí me pagan un sitio en un coworking de Granada.

—¿Por qué Granada?

—Empecé cubriendo fútbol aquí hace unos meses, con el Granada CF, y todavía no he vuelto. Julián, mi jefe, me amenaza con subirme a Madrid cada tres meses y cada tres meses encuentro una razón para quedarme y seguir trabajando desde aquí.

Rubén gira la botella de cerveza entre las manos.

—¿Y trabajas desde ahí, del coworking?

—Podría trabajar desde casa. Tengo un gato que opina mucho sobre los artículos y me resulta imposible concentrarme. El coworking tiene gente que no me conoce y que no me interrumpe para decirme que estoy equivocado.

Rubén suelta algo que no llega a ser una risa pero se le parece. Un sonido breve, casi involuntario.

La cena llega pronto. El rabo de toro viene en salsa oscura y densa y huele a horas de paciencia. Como una cucharada y durante los siguientes cuarenta minutos básicamente me olvido de volver a hacerlo porque Rubén empieza a hablar.

No sé exactamente qué lo desencadena. Comento algo sobre aprender a esquiar de pequeño, que mi padre me llevó una vez a Sierra Nevada y me caí en la misma cuesta cuatro veces y juré que no volvería, y Rubén dice que él empezó con cuatro años, que su madre lo ataba con una cuerda en la cintura para que no se saliera de la pista.

—¿Tu madre esquiaba?

—Si a veces. Era como una tradición en mi familia. Mis abuelos eran del valle de Arán. —Hace una pausa breve.— Lo que empezó como un entretenimiento se terminó convirtiendo en algo muy serio que pagaba mis facturas.

Dejo el tenedor encima del plato.

Él sigue. Habla de un entrenador que tuvo con doce años que le decía que el miedo era para los que no tenían talento, y que él tardó años en entender que eso era una barbaridad.

Habla de competir con dieciséis en una pista en Austria con adultos que lo doblaban en peso, cómo ganó y cómo nadie le preguntó si tenía frío o si había dormido bien, solo cuándo podía volver a hacerlo.

—Cuando eres bueno en algo —dice, mirando la vela— dejas de ser una persona. Eres el resultado.

No respondo. Hay frases que no necesitan que nadie las comente, solo que alguien las escuche sin interrumpirlas.

Rubén recoge un trozo de pan y lo parte por la mitad con los dedos.

—En Kitzbühel, el año antes del accidente, gané cuatro de cinco carreras. —La pausa que viene después pesa.— Fue el año más solo de mi vida.

La vela tiembla entre los dos.

El camarero nos rellena los vasos y yo decido que mi silencio ya ha durado suficiente.

—Yo soy lo contrario —digo—. Me gusta ver el deporte. Practicarlo me parece una tortura diseñada por gente con demasiada energía.

Rubén levanta la vista.

—¿Y el gimnasio?

—El gimnasio es otra cosa. El gimnasio no compite, no tiene marcador, no te pide que llegues el primero. Entras, levantas cosas pesadas, te vas. Es casi meditativo.

Rubén me recorre con la mirada. Una sola vez, de arriba abajo, sin disimulo excesivo.

—Se nota que entrenas a menudo.

Noto que me coge algo en la garganta y finjo que estoy muy interesado en el pan.

—Mi padre —digo, porque necesito cambiar de tema antes de que mi cara me delate del todo— nunca entendió por qué quería ser periodista. Para él el periodismo era algo que hacía la gente que no era capaz de hacer nada real. Médico, abogado, ingeniero. Esas eran las opciones válidas.

Rubén escucha sin moverse.

—Tampoco entendió otras cosas mías. —Lo dejo ahí, sin adornos.— Así que empecé a escribir para demostrar que era serio. Que lo mío valía algo. Que yo valía algo.

—¿Lo conseguiste?

—Estoy en Granada persiguiendo esquiadores huraños para un periódico deportivo, así que ya me dirás.

Rubén se une al vino, coge la botella de Rioja que nos ha traído el camarero y empieza a forcejear con el sacacorchos.

El corcho cede a medias, cruje, y cuando Rubén tira con más fuerza el sacacorchos sube sin él.

El corcho se queda partido dentro del cuello de la botella, perfectamente hundido, completamente inútil.

Rubén lo mira.

Yo lo miro.

—¿El esquiador con las mejores manos de Europa —digo— y no puedes abrir un Rioja?

Rubén levanta la vista hacia mí. No sonríe del todo. Es solo el principio de una sonrisa, contenida en una sola comisura, como si no quisiera darme la satisfacción completa.

—Mis manos sirven para otras cosas.

El trozo de pan que tengo en la boca intenta ir a algún sitio equivocado al mismo tiempo. Me llevo el puño a los labios, toso una vez, bebo agua.

Rubén coge la botella y llama al camarero con una calma absoluta, como si no hubiera dicho nada.

* * *

El camarero retira los platos. Son las once y cuarto.

No sé cuándo pasó eso. Llegamos a las nueve.

Rubén ha dicho frases completas con muchas palabras esta noche.

Las tengo contadas. La del entrenador y el miedo, la del año en Austria, la del año más solo de su vida, y una sobre su madre que soltó entre el segundo plato y el postre sin darse cuenta, casi en voz baja, como quien deja caer algo sin querer.

Después de nuestros encuentros cortos pasados, todo un récord histórico.

Debería haber traído la grabadora solo para el patrimonio cultural.

Pide un café solo. Yo pido uno también, aunque sé que no voy a dormir hasta las cuatro.

Hablamos del Albaicín, de la luz que tiene Granada en invierno, de que Rubén lleva días sin bajar de la sierra y que la ciudad le resulta más ruidosa de lo que recordaba.

Le pregunto si echa de menos viajar. Dice que depende de a dónde.

Le pregunto a dónde. Me dice que hay un pueblo en Noruega donde entrenó un invierno con diecinueve años y que todavía piensa en él a veces.

Eso son otros dos puntos.

Cuando llega la cuenta la cojo antes de que él llegue a verla.

—No.

—Si. —Se la paso de vuelta al camarero con varios billetes, antes de que pueda impedírmelo.

Salimos a la calle. Calle Elvira a las once y media, la gente pasa, hay música de algún bar, el frío tiene dientes pero no muerde todavía. Rubén se sube la cremallera de la chaqueta.

Pienso: mi casa está a doce minutos andando.

No lo digo.

Me quedo ahí plantado en la acera pensando en cómo se diría eso sin sonar a lo que es, que es exactamente lo que es, y no encuentro ninguna formulación que no me haga sentir como si tuviera diecisiete años y sin ningún punto de apoyo.

—Bueno —dice Rubén.

—Bueno —digo yo.

Nos miramos.

La gente pasa entre nosotros y alrededor de nosotros y ninguno de los dos se mueve. Hay un momento, exacto, medible, donde los dos sabemos lo que podría pasar si uno de los dos abre la boca. No lo hacemos.

La mirada dura seis segundos de más.

Rubén asiente una vez, se despide, se gira, y echa a andar calle arriba sin mirar atrás.

Yo me quedo en la acera con las manos en los bolsillos contando mentalmente hasta que lo pierdo de vista.

Frases largas. Un récord absoluto.