Calor Bajo Cero Capítulo 21 Elena
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Capítulo 21 Elena

La guitarra de Paco de Lucía llena el estudio y Natalia me mira como si yo acabara de pedirle que vuele.

—¿Palmas?.

—Palmas.

—Antes que los pies.

—Antes que los pies.

Lo repite como si procesar las palabras en voz alta las volviera más lógicas. Se planta en el centro del estudio con su botella de agua en el suelo, perfectamente alineada con la pared, y levanta las manos a la altura del pecho con la precisión de quien va a operar a alguien.

Empieza a aplaudir.

El sonido que produce no tiene nada que ver con el compás. Es un aplauso de boda, entusiasta y desordenado, completamente ajeno a lo que hace la guitarra. Cuatro tiempos de más. Dos de menos. Una pausa donde no toca parar.

Me muerdo el carrillo por dentro.

—Para.

Para.

—Natalia. El flamenco no es matemática.

—Todo tiene estructura. La música tiene estructura.

—Sí. Pero tú estás contando en lugar de escuchar. Deja de contar.

Me mira con la misma cara que pondría si le dijera que deje de respirar.

Respiro yo.

Me coloco detrás de ella. Le cojo las manos, la derecha con mi derecha, la izquierda con mi izquierda. Sus dedos se tensan al instante, el reflejo de alguien que no suelta el volante ni dormida.

—Suelta —digo.

—Las tengo sueltas.

—No. Las tienes preparadas para soltarlas. No es lo mismo.

Un segundo. Dos. Y entonces algo cede, algo pequeño y profundo como cuando se afloja un tornillo que llevaba años demasiado apretado. Sus manos pesan un poco más en las mías.

Empiezo a mover las suyas con las mías. La guitarra marca el tiempo y yo lo sigo sin pensar, como llevo haciéndolo desde los seis años, y las palmas de Natalia empiezan a sonar.

No perfectas. Pero dentro.

Dentro del compás, dentro de la música, dentro de algo que no ha construido ella sola.

No dice nada. No cuenta. No anota.

Solo suena, durante ocho tiempos que duran más de lo que deberían.

Cuando la guitarra descansa, no me aparto enseguida. Ella tampoco mueve las manos.

—Eso —digo.

Noto que contiene el aliento.

* * *

Doblo el cuaderno de Natalia y lo dejo sobre la barra.

—¿Tienes prisa?

Ella me mira como si la pregunta viniera en otro idioma.

—Son las siete y cuarto.

—Ya sé qué hora es. Te pregunto si tienes prisa.

Natalia mira su botella de agua, su bolsa perfectamente cerrada, sus zapatos. El inventario mental de una persona que necesita una razón para quedarse.

—No especialmente.

—Pues ven. Necesito aire.

Salimos a la calle sin hablar del beso. Llevamos tres días sin hablar del beso. Cada vez que Natalia entra por esa puerta con su toalla etiquetada y su botella de agua, el beso flota ahí, entre las palmas y el taconeo, sin que ninguna de las dos se atreva a nombrarlo.

—Mejor lo dejamos —digo cuando llevamos media manzana en silencio.

—¿Dejar qué?

—No importa, estaba pensando en otra cosa.

Natalia abre la boca. La cierra. Asiente con esa precisión suya, como si clasificara la información y la archivara en la carpeta correcta.

Bajamos por una cuesta de adoquines hacia el Albaicín de verdad, el que no sale en las postales, el que huele a albahaca y a cal y a algo antiguo que no tiene nombre. La tarde pesa dorada sobre los tejados.

—¿Por qué bailas?

La pregunta me llega limpia, sin trampa.

—Por mi abuela —digo—. Por todas las mujeres de mi familia que bailaron antes que yo. Mi abuela Rosario decía que el flamenco no se aprende, que se hereda. Que lo llevas en los pies antes de saber andar.

—¿Y el duende ese qué es exactamente? —Natalia ya tiene el móvil en la mano—. He leído que es un concepto central pero las definiciones académicas no terminan de...

Le quito el teléfono.

Ella me mira con los ojos muy abiertos.

—El duende no se busca en Google —le digo—. Se siente.

—Eso es muy poco operativo.

—Sí.

—¿Y cómo sabe uno cuándo lo siente?

Nos detenemos en un mirador estrecho. La Alhambra aparece enfrente, encendida por el último sol, tan roja que parece que le duele.

—Cuando algo te atraviesa —digo— y no puedes explicar exactamente qué fue. Solo sabes que ya no eres la misma persona que era antes de que pasara.

Natalia me mira. No al paisaje. A mí.

Le devuelvo el teléfono.

Natalia guarda el teléfono en el bolsillo con cuidado, como si le devolviera algo frágil.

Durante un momento ninguna de las dos habla. La Alhambra se queda ahí, impasible, acostumbrada a que la gente se quede sin palabras delante de ella.

—Bueno —dice Natalia al final.

—Bueno.

Subimos de vuelta por la cuesta. En la esquina donde nuestros caminos se separan, Natalia se ajusta la correa de la bolsa y me mira con esa expresión suya de cuando procesa algo que no encaja en ninguna columna.

—Mañana a las cinco —digo.

—A las cinco.

Se va calle abajo con su paso recto, sus zapatos técnicos, su toalla etiquetada dentro de la bolsa. Yo me quedo mirando hasta que dobla la esquina.

* * *

Unas horas más tarde estoy fregando los vasos de la academia cuando me llega la notificación al móvil. Un email. A las once y cuarto de la noche.

El asunto: Resumen Clase 3: Observaciones y Áreas de Mejora.

Me siento en el escalón de la entrada con el trapo de cocina todavía en la mano.

El email tiene tres secciones numeradas.

La primera se titula Logros de la sesión, con dos subapartados: palmas dentro del compás durante ocho tiempos consecutivos, y mejora postural estimada del doce por ciento respecto a la clase anterior.

La segunda sección se llama Dificultades identificadas y menciona, entre otras cosas, que la coordinación brazos-pies sigue siendo "estadísticamente problemática".

La tercera sección es Objetivos para la próxima sesión, y el primero de ellos, subrayado, dice: Investigar concepto "duende" por vías alternativas a Google según indicación de la instructora.

Al final hay una posdata.

P.D.: He añadido una columna nueva a mi hoja de seguimiento. Aún estoy decidiendo cómo titularla.

Me quedo mirando la pantalla. Luego miro el techo. Luego vuelvo a mirar la pantalla.

Abro un audio de WhatsApp y le doy al botón de grabar.

Me río durante cuarenta y siete segundos.

No digo nada más. No hace falta. Envío el audio, apago la luz y cierro con llave.

Doy otro paseo nocturno por el Sacromonte con el aire fresco pegándose a la cara, todavía sonriendo sin que nadie me vea.