Capítulo 20 Rubén
Las pesas no piensan.
Eso es lo bueno de las pesas. No preguntan si estás bien, no te miran con esa expresión de entrenador que intenta leer el lenguaje corporal, no dejan notas dobladas en dos que terminas alisando con el pulgar antes de guardarlas en el cajón de la mesita.
Son hierro. Pesan lo que pesan. Las levantas o no las levantas.
Las levanto.
Bajo a las diez sin pasar por el comedor.
El estómago no pide nada esta mañana y forzar el desayuno cuando el cuerpo está así es contraproducente, eso lo sé desde antes del accidente, desde los años en que el cuerpo era una máquina que yo entendía mejor que ningún médico.
Me pongo los auriculares antes de llegar al gimnasio.
Sin música. Solo para que nadie me hable en el camino.
Pablo ya está dentro, ordenando las gomas de resistencia con esa energía suya de persona que ha dormido bien y ha desayunado abundantes proteínas. Tampoco tiene a ningún periodista que le persigue, o una nota de él guardada en el cajón de su mesita.
—Rubén. —Me mira. Mira el reloj. Son las diez y cuatro. Dijimos de empezar normalmente a las once—. No esperaba…
—Empezamos.
Pablo cierra la boca. Bien.
Hago la primera serie sin parar. La segunda también.
Cuando llego a la tercera Pablo intenta ajustar el agarre y lo aparto con el hombro, no con mala intención, solo porque no necesito pausa.
La muñeca aguanta. Ha aguantado peor. El peso sube y baja y sube y eso es lo único que existe en este gimnasio esta mañana, el arco del movimiento y el aire que entra y sale y el hierro que no tiene ninguna opinión sobre nadie.
Pablo se sienta en el banco frente a mí y me observa con los brazos cruzados.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Estás entrenando como si quisieras romper algo.
—Estoy entrenando.
—Con mala forma en el tercio final de cada repetición porque llevas la ira en los hombros y eso te sube la tensión cervical y en dos días te va a doler el cuello.
Lo miro. Tiene razón. Lo odio un poco por tener razón siendo tan jóven y esa cara de no haber roto un plato en su vida.
Bajo el peso. Corrijo la postura. Subo el peso.
Mejor.
Trabajamos durante cincuenta minutos sin que yo diga nada que no sea necesario. Pablo ajusta, propone, anota cosas en su Tablet. El gimnasio se va llenando despacio, turistas con ropa de marca que hacen diez minutos en la cinta y se van. Yo no me muevo de mi rincón. No miro la puerta.
No estoy mirando la puerta.
Cuando terminamos los ejercicios, Pablo guarda la Tablet y me mira de esa forma que he aprendido a reconocer como la de la pregunta que lleva tiempo formulando.
—Mañana podríamos subir. Solo a ver la nieve. Sin esquís, sin nada. Solo estar ahí.
El gimnasio sigue igual. Las máquinas siguen igual. Yo me quedo con la toalla en la mano y espero a que aparezca el no automático, el de siempre, el que sale antes de que el cerebro procese la pregunta.
No aparece.
—Todavía no.
Pablo no dice nada durante tres segundos completos. Luego se sienta en el banco muy despacio, como si sus rodillas no supieran más como funcionan.
—¿Eso es un todavía no?
—Es lo que he dicho.
—No es un no.
—Pablo.
—Es un todavía no, que es completamente distinto a—
—Pablo.
Se calla. Pero sonríe a posta para que yo lo vea.
Lo veo.
* * *
El bar del hotel huele a café y a madera de pino y a nieve que alguien ha traído en las botas sin querer. Me siento en la mesa del fondo, la que da a la ventana, porque desde aquí la sierra ocupa todo el cristal y no tengo que mirar a nadie.
Una camarera se acerca.
—Una tónica. Con hielo.
Sola. Sin ginebra. El cuerpo todavía está encendido del entrenamiento y lo que necesita es frío, no más fuego.
Me recuesto en el respaldo y cierro los ojos tres segundos. Solo tres. Lo suficiente para que la tensión del cuello baje un poco. Pablo tenía razón con lo de los hombros. Pablo suele tener razón, que es uno de sus defectos más irritantes.
Cuando los abro, Hugo Marín sale del servicio.
Se detiene en el umbral. Me ve.
Me ve y algo en su cara cambia de forma tan rápida que si no lo estuviera mirando directamente me lo habría perdido. Lleva la chaqueta en la mano y una mochila al hombro. La postura de alguien que estaba a punto de irse.
Me levanto. O intento levantarme, porque las piernas ya están a medio camino de hacerlo cuando Hugo cruza el bar entero con esa manera suya de andar que ocupa demasiado espacio, se sienta frente a mí sin preguntar, pone la mochila en el suelo y me mira como si la silla llevara su nombre grabado desde esta mañana.
—¿Cuánto llevas aquí?
—¿En el bar?
—En el hotel.
Hugo hace una pausa calculada que me indica exactamente la respuesta antes de darla.
—Tres horas, más o menos.
Tres horas. Lo miro. Tiene cara de no haber dormido suficiente y sin embargo está completamente tranquilo, con los codos sobre la mesa y esa sonrisa que no pide disculpas por existir.
—Eres idiota.
—Probablemente.
—¿Tres horas sentado esperando?
—Cuarenta minutos hablé con una señora sobre su hijo. El resto sí, esperando.
La camarera trae mi tónica. Hugo pide un café solo mirándola con esa facilidad que tienen algunas personas para hacer que los desconocidos les caigan bien en treinta segundos.
—Debería estar de camino a la oficina —dice, cuando la camarera se va—. Pero quería hablar contigo en persona. Pensaba que bajarías después de la nota.
El café llega antes de que yo encuentre las palabras correctas. Hugo rodea la taza con las manos y me mira sin apartar los ojos, y eso es lo que más me molesta de este hombre, que no baja la vista.
—Soy periodista —dice—. Trabajo para el Marca. Me mandaron a conseguir una entrevista contigo.
El silencio que sigue lo ocupa él solo, porque yo no tengo nada que decir todavía. Cojo el vaso de tónica. El hielo tintinea contra el cristal.
—Lo de la ducha no fue una estrategia.
Ahí está. Lo dice con la misma voz que lo anterior, sin bajarle el volumen ni subirle el tono. Como si las dos cosas tuvieran el mismo peso.
La sierra llena el cristal al lado de él. Blanca y quieta e indiferente.
Un minuto. Quizá más. Cuento los coches en el aparcamiento que se ven desde aquí. Tres. Cuatro. Un monovolumen plateado con matrícula de Sevilla. Cinco.
—¿Por qué debería creerte?
Hugo levanta la taza, bebe un sorbo, la vuelve a dejar.
—Porque si hubiera sido un plan, no habría acabado como acabó la primera vez. No sabía nada de tus inclinaciones. Supongo que nunca has hablado de ello en público.
No respondo. No porque no tenga respuesta sino porque la que tengo no me conviene darla en voz alta.
La camarera aparece con un platito de frutos secos, lo deja en el centro de la mesa con la eficiencia de alguien que ha interrumpido conversaciones peores.
—¿Quieren algo más?
—Que me dejen en paz.
La camarera me mira. Mira a Hugo. Hugo hace un gesto con la mano que debe de significar estamos bien, gracias, porque ella asiente despacio y se retira sin decir otra palabra, con la dignidad intacta de quien ha decidido no cobrar emocionalmente este turno.
Hugo coge una almendra del plato.
—Bien recibido —murmura.
—No te estoy pidiendo que te quedes.
—Ya lo sé.
Pero no se mueve. Y yo tampoco. Debajo de la mesa, su rodilla roza la mía.
Un contacto ligero, casi accidental, del tipo que en otras circunstancias atribuirías a la geometría de la silla.
No la aparto. No sé exactamente por qué no la aparto.
Quizá porque tres horas esperando en un vestíbulo es una forma de decir algo que no se dice con palabras, y yo llevo años reconociendo cuando alguien aguanta más de lo que debería.
—No puedo ni quiero darte una entrevista.
—No te la estoy pidiendo.
Lo miro.
—Ahora mismo solo quiero hablar contigo —dice—. Sin grabadora. Sin artículo. Sin que esto salga nunca de esta mesa.
—Eres periodista. ¿Cuánto quieres para olvidar completamente el asunto?
—No quiero dinero y no pienso publicar nada sin tu consentimiento.
—Eso es exactamente lo que diría un periodista antes de publicar algo.
Hugo suelta una carcajada corta, genuina, la clase que se escapa antes de que uno pueda decidir si es apropiada.
—Sí —admite—. Tienes toda la razón. Es un argumento malísimo para convencerte.
Una almendra desaparece. Coge otra.
—Pero te lo estoy proponiendo igual.
Fuera, una nube tapa el sol y la sierra pierde contraste un momento, se vuelve plana y gris como una foto antigua. Luego el sol vuelve y la nieve recupera su brillo.
Marcos me mataría. Es el primer pensamiento claro que tengo. El segundo es que Marcos no está aquí.
—Nada de lo que hablemos sale de esta mesa.
Hugo no celebra. No sonríe demasiado. Solo asiente con la seriedad de alguien que acaba de firmar algo que sabe que le va a complicar la vida de maneras que todavía no puede calcular.
—Nada.
Cojo un pistacho del plato. La rodilla de Hugo sigue donde estaba.
—¿De qué quieres hablar?