Capítulo 19 Natalia
La mejora es de un cuatro por ciento.
—Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. —Cuento en voz alta mientras ejecuto el paso que Elena me ha repetido cuatro veces.
Elena lleva un rato sin hablar. Cuando una profesora deja de corregir, o bien has alcanzado la perfección o bien ha tirado la toalla. Ninguna de las dos opciones me convence.
Me detengo.
Elena está de espaldas, mirando el rincón de la pared donde cuelga una foto de su abuela Rosario. Los brazos cruzados. Los dedos tamborilean sobre el codo izquierdo.
—Uno coma cinco, uno coma ocho, dos —dice sin darse la vuelta.
—¿Perdón?
—Así es como cuentas. Decimales. El flamenco no tiene decimales.
—El flamenco tiene compás de doce tiempos perfectamente divisibles en—
Se gira.
—Cierra los ojos.
—Yo no bailo bien con los ojos cerrados, tengo menos control del equilibrio cuando no puedo usar referencias visuales para—
—Natalia.
Hay algo en cómo pronuncia mi nombre. No es impaciencia exactamente. Es otra cosa. Cierro los ojos.
El estudio huele a madera vieja y a algo que no sé nombrar, resina o tierra, o quizá Granada tiene su propio aroma particular que se filtra por las paredes. Elena pone la música. Una guitarra, limpia y directa, sin ornamentos.
—Solo escucha —dice. Su voz viene de algún lugar a mi derecha.
Escucho.
El compás entra primero como estructura y mi cerebro empieza a dividirlo automáticamente, a cartografiarlo, pero la guitarra hace algo inesperado, una caída que no estaba donde yo la esperaba, y durante un segundo pierdo el mapa.
Muevo un pie.
No sé exactamente cuándo empiezo a moverme.
La guitarra va a algún sitio y yo voy detrás, no delante, no calculando el destino sino siguiendo.
Los brazos se levantan solos, torpes, probablemente erróneos según cualquier criterio técnico, pero en movimiento.
Soy consciente de que estoy siendo imprecisa y por alguna razón eso no me detiene.
El suelo vibra bajo mis pies. O quizá soy yo quien vibra.
La música para.
Abro los ojos.
Elena está a tres metros de mí, completamente quieta. Me mira con una expresión que no he visto antes en ella, algo concentrado y abierto al mismo tiempo, como cuando ves algo que no esperabas encontrar. Tiene los brazos caídos a los lados. En el antebrazo izquierdo, el vello se le ha erizado.
Me doy cuenta de que la estoy mirando a ella y de que ella me está mirando a mí y de que llevamos varios segundos sin que ninguna de las dos haga nada al respecto.
Doy un paso atrás.
Mi pie encuentra la botella de agua, la botella con la escala milimetrada que traje desde Zúrich porque el control de hidratación es importante, y la botella rueda exactamente lo suficiente para que mi tobillo gire en el ángulo equivocado y el suelo suba hacia mí con una velocidad que no he calculado.
Me caigo.
No es una caída elegante. Es la clase de caída que tiene sonido propio.
Elena está agachada antes de que yo haya procesado que estoy en el suelo. Sus manos en mi brazo. Su cara a centímetros de la mía, los ojos oscuros y todavía con esa expresión de antes.
—La gravedad de este lugar —digo— es estadísticamente superior a la de Zúrich.
La carcajada le sale entera, sin previo aviso, y rebota en todas las paredes de la cueva a la vez.
* * *
La risa de Elena todavía está en el aire cuando la puerta se abre de golpe.
Soleá entra con una bolsa de plástico del Mercadona en cada mano y nos mira a las dos, a Elena agachada sobre mí, a mí en el suelo con la botella milimetrada rodando hacia la pared, y arquea una ceja tan perfectamente dibujada que parece calculada.
—¿Esto es clase de flamenco o de lucha libre?
—Se ha caído —dice Elena, incorporándose.
—Ya veo.
Elena le lanza una mirada que podría partir una roca por la mitad. Soleá sonríe con el lunar pintado junto a los labios y deposita las bolsas sobre la silla del rincón sin dejar de sonreír.
Me levanto sola. O casi sola. Elena me ofrece la mano en el último momento y la acepto porque el suelo está más lejos de lo que parece y mi tobillo ha decidido protestar formalmente.
—Mañana a las cinco de nuevo—dice Elena. No es una pregunta.
—A las cinco —confirmo.
Recojo la botella. Me cuelgo la bolsa del hombro. Soleá me guiña un ojo desde el rincón y yo finjo no haberlo visto.
* * *
La tarde ha decidido comportarse de manera irresponsable.
El invierno en Granada no tiene ningún derecho a verse así.
El sol cae horizontal sobre las piedras del Albaicín con esa luz espesa de última hora que lo vuelve todo color de miel, y el aire es frío pero limpio, sin el filo húmedo de Zúrich que te entra por el cuello de la chaqueta y se queda.
Hay naranjos. Hay una gata durmiendo sobre un muro blanco.
Hay una anciana que riega un tiesto desde un balcón y no le importa que le caiga agua a nadie.
Me siento en el banco de una plaza con vistas a la Alhambra y abro el portátil.
La hoja de cálculo lleva tres días con columnas que no debería tener. Empezó como un registro de progreso técnico, métricas objetivas, algo razonable. Compases ejecutados correctamente. Tiempo de equilibrio. Porcentaje de mejora por sesión.
Ahora tiene otras columnas.
Actualizo.
Caídas en clase: 4. Veces que Elena me ha tocado para corregir postura: 7. Correlación estadística entre ambas variables: necesito más datos.
Lo miro.
Lo borro.
Lo vuelvo a escribir porque era exacto.
El problema no es la hoja de cálculo. El problema es lo que descubrí hace una hora en ese estudio con los ojos cerrados y la guitarra yendo a algún sitio que yo no había previsto: que me ha gustado.
No el resultado. No la mejora del cuatro por ciento.
El proceso. Moverme sin saber adónde. Perder el mapa y seguir de todas formas.
Eso no me había pasado nunca.
O si me había pasado, lo había interrumpido a tiempo.
La gata del muro abre un ojo, me evalúa, y lo cierra.
Tiene razón. Esto es un problema. Tengo un sistema muy funcional: no disfrutar las cosas en exceso significa que cuando terminan no duelen demasiado.
Suiza fue fácil de sobrevivir precisamente porque nunca me permití quererla.
El trabajo funciona porque es rendimiento, no placer.
Los proyectos tienen fecha de entrega y punto final. Eso los hace seguros.
Las clases de flamenco tienen fecha de entrega. Algo menos de seis semanas. Treinta y ocho días a partir de hoy.
Abro otra columna.
Días restantes del proyecto: 38. Clases previstas: 18. Probabilidad de salir de esto sin consecuencias: por calcular.
La Alhambra se vuelve naranja con la luz del atardecer y yo la miro sin cerrar el portátil, con esa sensación en el pecho que no encuentro en ninguna tabla de referencia.