Calor Bajo Cero Capítulo 18 Hugo
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Capítulo 18 Hugo

El tío de los mensajes se llamaba Adrián y olía a colonia de aeropuerto y era perfectamente agradable aunque yo estaba pensando en otra persona durante cada segundo de los cuarenta minutos que duró el asunto, lo cual es una forma miserable de haber pasado el rato con él y encima inútil porque al final me fui a casa igual de inquieto que había llegado.

Después de la aventura, me senté en la cama con Misi mirándome desde la almohada con ese juicio silencioso suyo.

—No me digas nada.

Me dijo nada. Pero muy elocuentemente.

El problema con Rubén Alarcón es que no se parece a nada que yo haya tenido cerca.

No es solo lo físico, aunque lo físico tampoco ayuda, porque cada vez que me viene la imagen del vapor y sus manos y ese silencio tenso antes de que todo se fuera al carajo se me olvida momentáneamente cómo se llaman las letras del alfabeto.

El problema es la otra parte. La rabia. La forma en que me miró cuando entendió lo que había hecho, como si lo hubiera traicionado antes incluso de conocerlo. Y aun así.

Esa noche dormí tres horas y media y no paro de darle vueltas al asunto desde hace días

Hoy a las nueve de la mañana estoy en el coche camino a Sierra Nevada con el pelo sin peinar y un café de gasolinera que sabe a cartón mojado, y tengo perfectamente claro que esto es una pésima idea y no paro el coche en ningún momento.

Solo tengo un par de horas, por la tarde tengo que aparecer por la oficina de nuevo.

El vestíbulo del Meliá tiene esa luz de hotel de alta categoría que hace que todo parezca tranquilo aunque no lo esté. La misma recepcionista de la otra vez, la de las gafas de pasta, levanta la vista cuando me acerco.

—Buenos días. Vengo a ver a Rubén Alarcón.

Ni parpadea.

—El señor Alarcón no recibe visitas. Ha dejado instrucciones específicas.

—¿Instrucciones específicas?

—Específicas.

Me quedo un momento procesando esto. Instrucciones específicas implica que esperaba que alguien viniera. Instrucciones específicas implica que soy yo.

—¿Puedo dejarle una nota?

Una pausa breve. Luego un gesto hacia el mostrador: papel y bolígrafo con el logo del hotel.

Me apoyo en el mármol frío y escribo sin pensar demasiado porque si pienso demasiado no escribo nada:

No soy quien crees. En realidad soy periodista. Pero eso no fue periodismo. —Hugo. PD: Lo de la ducha fue idea tuya y a mí me gustó

La doblo en cuatro. La recepcionista la coge con dos dedos como si contuviera algo volátil, lo cual no va desencaminado.

—¿Hay algún sitio donde pueda sentarme a esperar? —pregunto.

Me señala los sofás junto a la chimenea sin decir nada.

Me siento.

El vestíbulo respira despacio a esta hora.

Un par de esquiadores con monos de nieve arrastran bolsas hacia el ascensor.

Alguien pide un zumo en la barra. La chimenea está encendida aunque no hace frío suficiente para justificarlo, solo porque queda bien, que es la razón por la que existen la mitad de las cosas en los hoteles de este tipo.

Saco la libreta del bolsillo interior de la chaqueta. La abro por una página en blanco y escribo en la parte de arriba, porque necesito hacer algo con las manos y esto es lo único que sé hacer:

Rubén Alarcón. Kitzbühel. Tres años de silencio.

La miro un momento.

La tacho.

Cierro la libreta.

Levanto los ojos hacia el pasillo que lleva a los ascensores y me pregunto cuánto tiempo puede aguantar un hombre con instrucciones específicas antes de que la curiosidad le gane la partida después de ver mi nota.

Tengo tiempo. O eso me digo.

* * *

El botones es un chaval de no más de veinte años con el pelo engominado hacia atrás y cara de haber presenciado demasiadas cosas en este trabajo. Vuelve con las manos vacías y una expresión que mezcla disculpa profesional con ganas de contarme algo.

Se detiene frente al sofá.

—Le he subido la nota, señor.

—¿Y?

Se apoya en el borde de la mesita del centro. Baja la voz.

—La ha leído. La ha arrugado. —Pausa dramática. Aprecio el instinto narrativo del chaval.— Luego la ha alisado. La ha vuelto a leer.

—¿Y?

—Me ha pedido que me marchara.

—¿Sin respuesta?.

—Sin respuesta.

Me recuesto en el sofá y miro el techo.

—Pero la ha alisado —digo.

—La ha alisado, sí señor.

Le doy cinco euros. Se los merece.

Saco el móvil y le escribo a Elena.

Operación Alarcón fase 2 en curso.

Los tres puntos aparecen de inmediato.

¿Fase 1 no fue la ducha? Difícil superar eso.

Guardo el móvil antes de que se me ocurra responder algo que me comprometa.

El vestíbulo sigue respirando a su ritmo de hotel de alta categoría. Me estiro en el sofá con la intención de pensar con claridad y durante aproximadamente cuatro minutos lo consigo, hasta que la señora del sofá de al lado se inclina levemente hacia mí.

—Hace frío en la sierra, ¿verdad?

Tiene unos setenta y cinco años, jersey de rombos color mostaza, una bolsa de tela en el regazo de la que sobresale un tupperware.

—Un poco, sí.

—Mi hijo dice que no, que está acostumbrado, pero mi hijo dice muchas cosas.

Asiento.

Y ahí empieza.

El hijo se llama Fermín. Fermín trabaja en el hotel desde hace tres años.

Fermín de pequeño no quería comer legumbres pero ahora se las hace él solo, lo cual es señal de madurez.

El marido de la señora, que se llama Concha, murió hace seis años de algo relacionado con el corazón que me explica dos veces con terminología médica.

Concha tiene una hermana en Jaén con la que no se habla desde una herencia mal repartida que involucra una vajilla de porcelana y una cadena de oro.

El médico le ha dicho que nada de sal pero ella le echa sal a todo porque a su edad ya está bien de sacrificios.

Asiento. Asiento. Asiento.

No me puedo ir. Sería de mala educación y además Concha no tiene ninguna culpa de que yo esté aquí pudriéndome en un sofá esperando a un hombre que ha alisado mi nota pero no ha respondido, lo cual es exactamente el tipo de comportamiento que en cualquier otra circunstancia me resultaría desesperante y que ahora mismo me parece casi tierno.

Ahí está el problema.

Cuarenta minutos después, cuando Fermín aparece al fondo del pasillo con uniforme y cara de sorpresa al ver a su madre, me doy cuenta de algo mientras Concha le hace señas con el tupperware: ya no estoy sentado aquí por la entrevista.

La entrevista sigue siendo real. Mi jefe Julián sigue existiendo. El plazo sigue corriendo.

Pero lo que me ha traído esta mañana desde Granada con el pelo sin peinar y un café de gasolinera no tiene nada que ver con ningún titular.

Tiene que ver con un hombre que arrugó un papel y luego lo alisó y luego lo volvió a leer y aun así no respondió, y en esa secuencia hay algo que no sé nombrar todavía pero que reconozco.

Eso me convierte en peor periodista.

Me quedo mirando el pasillo de los ascensores.

No sé con cuál quedarme.