Capítulo 17 Elena
La academia huele a madera vieja y resina cuando Natalia empuja la puerta a las cinco en punto. Ni un minuto antes, ni uno después. Claro.
Lleva una botella de agua transparente con marcas de mililitros, una toalla blanca con su nombre escrito en la etiqueta —N. Durán, como si alguien fuera a robársela— y una expresión de quien ha estudiado esta cita la noche anterior.
Me apoyo en la barra y la miro.
—¿Has venido a bailar o a operar a alguien?
Natalia baja la vista a su botella y luego me mira a mí con esa cara suya de no entender por qué el mundo no funciona como ella espera.
—El agua es para la hidratación controlada. Y la toalla...
—No me expliques la toalla.
Deja las cosas junto a la pared con un orden que me da algo de risa y algo de ternura, aunque me cuido mucho de no dejar que ninguna de las dos cosas se me note en la cara.
Me coloco en el centro del estudio. El espejo nos devuelve a las dos: yo con la falda larga y los pies descalzos, ella con ropa técnica de montaña que seguramente cuesta más que mi nevera.
El beso de anoche flota entre nosotras como polvo en el aire. Pesado, quieto, sin que nadie lo nombre.
No lo voy a nombrar yo.
—Postura —digo—. Todo empieza aquí.
Le muestro cómo colocar el peso. Columna larga, mentón paralelo al suelo, las caderas sin bloquear. Ella me imita con la concentración de alguien resolviendo un cálculo estructural, la mandíbula apretada, los hombros subidos hasta las orejas.
—Los hombros abajo, Natalia.
Los baja. Tres segundos después, vuelven a subir solos.
—Imagina que los hombros te pesan. Como si llevaras algo encima.
—¿Cuánto peso, aproximadamente?
Me muerdo el interior de la mejilla.
—Metafórico. El peso es metafórico.
Le enseño el braceo. El flamenco vive en las muñecas, en cómo giran los dedos desde dentro hacia fuera, como si el aire tuviera textura y hubiera que moldearlo.
Natalia extiende los brazos y los mueve con la rigidez de un semáforo.
Sus manos son capaces, lo noto, pero no saben todavía que tienen que olvidar lo que saben.
—No estés calculando. Deja que el brazo caiga y luego sube desde el codo.
Lo intenta. Mejor, aunque el gesto sigue siendo de alguien que señala una gráfica.
Nos ponemos con la postura de nuevo porque sigo sin convencerme. Me acerco por detrás y le pongo las manos en las caderas, donde la tela técnica cede un poco bajo mis dedos, y corrijo el eje de su peso hacia adelante con un empuje suave.
Uno, dos, tres.
Mis manos se quedan ahí un momento que no tiene justificación técnica.
Noto cómo Natalia contiene el aliento, una fracción de segundo que quizá invento pero no me parece que esté inventando.
Retiro las manos.
—Así —digo, y me coloco de nuevo frente al espejo.
Natalia no me mira a mí. Mira su propio reflejo con una expresión que no le he visto antes: no es concentración, no es orgullo, no es la cara de la ingeniera que optimiza. Es otra cosa. Algo que todavía no tiene nombre en su vocabulario.
—¿Cuántas veces necesitaré repetirlo antes de que salga bien?
Pienso en lo que diría mi abuela Rosario. El flamenco no se aprende, chiquilla. Se recuerda.
No se lo digo.
—Las que hagan falta —respondo, y pongo música.
Paro la música con el pie y señalo la pared.
—Agua.
Natalia ya tiene la botella en la mano antes de que termine la frase.
Por supuesto. Bebe exactamente tres tragos medidos y se limpia la boca con la toalla de la etiqueta mientras yo bebo directamente del grifo del fregadero pequeño que hay en el rincón, con la cabeza inclinada y el pelo escapándose del moño.
Cuando me giro, Natalia me está mirando con esa expresión suya de ingeniera ante un problema no catalogado.
—Oye. ¿Existe algún manual técnico del flamenco? Un método estructurado, documentado. Algo con fases y objetivos medibles.
El agua que acabo de tragar casi se me va por el otro lado.
—¿Un manual?.
—Para optimizar el proceso de aprendizaje. Si entiendo la teoría puedo avanzar más rápido en la práctica.
La miro. Ella me sostiene la mirada con una seriedad absoluta, sin ninguna ironía, lo cual lo hace todo mucho peor y mucho mejor al mismo tiempo.
—Natalia. El flamenco no tiene manual. Tiene entrañas.
—¿Entrañas?.
—Entrañas. Tripas. Lo que llevas dentro cuando algo te duele o te alegra tanto que no cabe en el cuerpo.
Asiente despacio, como quien toma nota mental de una variable desconocida. Luego abre la cremallera de su bolsa técnica y saca un cuaderno. Pequeño, con tapas negras, cuadriculado. Naturalmente cuadriculado.
—¿Qué haces?.
—Apuntar lo de las entrañas. Para no olvidarlo.
Le quito el cuaderno.
Me lo vuelve a quitar ella antes de que pueda procesarlo.
Se lo arranco de las manos.
Ella lo agarra del otro extremo y tira. Yo tiro. El cuaderno no cede porque está encuadernado con una espiral de acero, como todo lo de esta mujer, pensado para sobrevivir a catástrofes. Ninguna de las dos suelta.
—Elena.
—El flamenco no se apunta, Natalia.
—Lo de las entrañas sí necesito apuntarlo.
—Lo de las entrañas se siente.
—Pues lo apunto y luego lo siento.
Tiro más fuerte. Ella también. El cuaderno queda en el aire entre las dos y en algún punto del forcejeo el espacio entre nosotras se ha reducido a nada, a un palmo de aire caliente que huele a su crema de manos y al polvo viejo de la academia.
Sus ojos claros buscan los míos con esa intensidad que tiene para todo, esa forma suya de mirar como si catalogara lo que ve.
Suelto el cuaderno.
Ella da un paso atrás con el trofeo pegado al pecho.
—No lo rellenes —digo, y pongo la música otra vez.
La última media hora es mejor. No buena: mejor.
Natalia no tiene gracia, no tiene ritmo natural, no tiene nada de lo que se supone que hace falta.
Pero hay algo en cómo repite el mismo giro tres veces seguidas hasta que le sale menos mal que antes, algo en cómo aprieta la mandíbula cuando falla y vuelve a empezar sin que yo se lo pida, algo en la forma en que sus pies buscan el suelo como si quisieran entenderlo.
No es talento.
Es hambre.
Lo reconozco porque es lo mismo que me empujó a mí de niña en el cuarto de mi abuela Rosario, cuando nadie me miraba y yo golpeaba el suelo de madera hasta que me dolían los tobillos porque necesitaba que algo de dentro encontrara la salida.
El flamenco no lo comprende quien posee facilidad para aprender algo. Lo comprende quien carece de otra opción que no sea vivirlo.
Paro la música cuando el reloj marca las siete.
—Mañana otra vez, cinco en punto.
Natalia recoge sus cosas en orden perfecto y no dice nada. Pero en la puerta se gira un momento, solo un momento, y asiente.