Calor Bajo Cero Capítulo 16 Rubén
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Capítulo 16 Rubén

El techo de la habitación tiene una grieta fina que va desde el cabecero hasta la lámpara. La llevo mirando cuarenta minutos.

Me doy la vuelta.

Me doy la vuelta otra vez.

Las sábanas están frías en los bordes y calientes en el centro, donde me he quedado quieto demasiado rato pensando en no pensar. El reloj del móvil marca las dos y veinte. Las dos y veintiuno.

No me ha escrito.

Claro que no me ha escrito. No le di mi número. No le dije nada y me marché simplemente. ¿Por qué no le di mi número? Joder.

Me pongo las manos en la cara y me tapo los ojos.

En la oscuridad aparece el vestuario. El vapor.

El ruido sordo de mis nudillos contra las taquillas, que no fue tanto un golpe de rabia como un intento de agarrarme a algo que no se moviera, porque él no se movía y eso era el problema, que no se movía y me miraba como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me levanto.

Avanzo hacia el cristal y la sierra me mira desde fuera, nevada y serena como una estampa, sin cuestionarme nada.

Granada en algún rincón a varios kilómetros ladera abajo.

Tres años eludiendo contemplar una montaña similar cubierta de blancura.

Ahora está rodeándome por todos lados, pero aún así esta noche no llama mi atención. Solo veo sus brazos y su pecho.

Abro la nevera del minibar, saco una botella de agua pequeña y me la bebo de pie en la oscuridad.

Estiro mi cuello y noto el músculo todavía tenso del entrenamiento de la tarde.

Del antes. Antes de que todo se fuera al traste de una manera que no sé si llamar desastre o lo único real que ha pasado en mucho tiempo.

Eso es lo que no puedo ordenar. Que fue liberador. Que no debería haberlo sido y lo fue, y ahora estoy aquí a las dos y media de la madrugada rastreando mentalmente si alguien del hotel podría haberme visto entrar con él a la ducha.

Nadie.

Me lo he repetido diez veces. Nadie.

Pero él sabe quién soy.

Vuelvo a la cama y me siento con los codos en las rodillas. La grieta del techo sigue ahí, paciente.

No sé ni su apellido.

* * *

La mancuerna golpea el suelo antes de que pueda sujetarla.

No es un golpe dramático. Es peor: es el golpe torpe de alguien que ha perdido el agarre por distracción, no por esfuerzo. La pesa rueda dos metros por el suelo de goma y se detiene contra la pared con un sonido ridículo.

Pablo la mira. Me mira a mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

Recojo la mancuerna del suelo y la devuelvo al soporte sin mirarle. La muñeca me late un poco, no por el peso sino por el ángulo con el que la solté, y aprieto los dedos despacio para comprobar que todo está en orden. Está en orden. Solo es el orgullo.

—Rubén.

—Estoy bien, te he dicho.

Pablo cruza los brazos. Lleva una camiseta sin mangas y esa expresión de entrenador joven que todavía no ha aprendido a disimular cuando algo le preocupa.

Tiene veinticinco años, o veintisiete, o los que sean.

Ya no me acuerdo que me contó. Los suficientes para saber cuándo alguien no está en la habitación aunque su cuerpo esté ocupando espacio en ella.

—Llevamos cuarenta minutos —dice— y llevas la mitad mirando la pared.

—Estoy concentrado.

—Estás en otro sitio.

No respondo. Cojo mi botella de agua y bebo, de espaldas a él, mirando la ventana que da al aparcamiento. Fuera hay dos coches y una furgoneta blanca y el cielo está gris por las nubes bajas de la sierra. No hay nada interesante. Lo miro igual.

Pablo se acerca. No dice nada durante unos segundos, y eso es casi peor que si hablara, porque el silencio le da demasiado espacio a lo que no quiero pensar.

—¿Qué te pasa hoy?

—Nada.

—Tienes cara de que te han ghosteado.

Me vuelvo despacio.

—¿Que me han qué?

Pablo abre la boca. La cierra. Hace ese gesto que hace la gente cuando no sabe si acaba de meter la pata o si tiene que explicar algo desde el principio.

—Ghosteado. —Una pausa—. Cuando alguien que te importa desaparece sin decir nada. Que estabas muy bien con una persona y de repente nada, silencio, como si se la hubiera tragado la tierra. Te da de lado vamos.

Le miro.

Le miro como si estuviera midiendo la distancia entre donde estoy yo y la ventana más cercana.

—No me ha ghosteado nadie.

—Vale.

—Porque no hay nadie.

—Claro.

—Y aunque lo hubiera —continúo, y me doy cuenta demasiado tarde de que acabo de meterme solo en esto— no lo llamaría así.

Pablo levanta las dos manos con las palmas hacia fuera, el gesto universal de quien se rinde sin haber atacado.

—Solo digo lo que veo, tío.

El silencio que sigue tiene textura. Lo noto en el cuello, en los hombros, en la muñeca que todavía me late ligeramente desde antes. Pablo baja las manos despacio y recupera la Tablet donde apunta las series, sin prisa, como si la conversación se hubiera cerrado sola.

No se ha cerrado.

Está ahí, en medio del gimnasio, ocupando el espacio entre nosotros como el vapor de un vestuario que ya no existe excepto en mi cabeza.

—El siguiente ejercicio —dice Pablo, sin levantar la vista de su pantalla— lo hacemos con peso reducido. La muñeca necesita descanso.

—La muñeca está bien.

—Con peso reducido, Rubén.

No discuto. Cojo el peso que señala y me coloco frente al espejo, y durante exactamente tres segundos me permito mirar mi propio reflejo como si tuviera alguna respuesta que darme.

No la tiene.

Empiezo la serie.

* * *

Subo a la habitación con la toalla todavía húmeda alrededor del cuello y el móvil en la mano antes de cerrar la puerta.

No sé por qué lo hago. Es un impulso estúpido, de esos que uno reconoce como estúpidos mientras los ejecuta y los ejecuta igual. Me siento en el borde de la cama, abro el navegador y escribo las dos palabras con el pulgar antes de que me dé tiempo a pensarlo.

Hugo Granada.

Los resultados aparecen en décimas de segundo. Cientos de entradas. Un pintor del siglo XIX. Una calle. Un restaurante de cocina fusión con cuatro estrellas y media en Google Maps. Varios perfiles de redes sociales que no coinciden con nada.

Paso página. Paso otra. Es el ejercicio más inútil que he hecho en años, y he hecho rehabilitación de rodilla durante meses, así que el listón estaba alto.

En la quinta página hay una foto.

No la reconozco de inmediato. Es más joven, o la luz es distinta, o las dos cosas. Pero hay algo en la comisura de la boca, en la manera en que mira a cámara como si el fotógrafo le hubiera dicho algo gracioso medio segundo antes de disparar.

Pincho.

LinkedIn Hugo Marín. Perfil básico, foto de hace tres o cuatro años, graduado en periodismo por la Universidad de Málaga. Seis años de experiencia. Últimas dos empresas: una startup local y, debajo, en negrita azul sobre fondo blanco—

Marca. Periodista deportivo. Corresponsal en Granada y Sierra Nevada.

Me quedo mirando la pantalla.

El aire de la habitación no cambia. El techo sigue igual. La cama sigue siendo la misma cama. Y sin embargo algo se recoloca dentro de mí con el sonido sordo de una pieza que encaja en el sitio equivocado.

Periodista deportivo.

Cierro el LinkedIn y abro el buscador otra vez.

Esta vez escribo el nombre completo. Hugo Marín.

Y ahí está, con foto de perfil actualizada y tres artículos en portada de la web de Marca.

Uno sobre la temporada de esquí en Sierra Nevada.

Otro sobre cambios en la normativa de competiciones de la FIS.

Y el tercero.

Rubén Alarcón: tres años de silencio. ¿Regreso o retirada definitiva?

Es un artículo genérico seguramente basado en las notas oficiales de prensa que informaban de mi llegada a Granada. Por suerte nada especial, pero está ahí, escrito por él, con la fecha de hace unos días.

Dejo el móvil sobre la cama como si quemara.

La rabia llega antes de que pueda nombrarla.

No el calor lento de la frustración sino la otra rabia, la que sube desde el estómago y lo tiñe todo de rojo, la que borra el vapor y las manos y el silencio de una ducha y lo reemplaza por una sola imagen nítida: la de un tipo con barba y chaqueta de cuero que me buscó en una terraza, que apareció en el gimnasio, que me siguió hasta los vestuarios empalmado y terminó echando conmigo un buen polvo.

Me levanto. Camino hasta la ventana y la miro sin ver nada, con el pecho apretado y los puños cerrados a los costados.

¿Me buscó como periodista el muy cabrón?

La pregunta se instala sola y no se mueve. La dejo ahí porque no quiero responderla. No se que me hace sentir peor, saber que es periodista o haber follado con él como un perro en celo.

Cojo el teléfono y llamo a Marcos.

Dos tonos.

—¿Qué pasa?

—Tenemos un problema.

Un silencio breve al otro lado. El tipo de silencio que Marcos hace cuando ya sabe que la respuesta va a costarle sueño.

—¿Qué has hecho, Rubén?