Calor Bajo Cero Capítulo 15 Natalia
27%

Capítulo 15 Natalia

Llevo no sé cuánto tiempo riéndome. La tetería se ha vaciado poco a poco mientras Elena y yo seguimos aquí, en nuestra burbuja de humo dulzón y confesiones a media voz.

Tengo las mejillas calientes y siento una ligereza que hace años no experimentaba.

El té de menta, la cachimba y esta noche inesperada me han desarmado por completo.

Hugo ya hace rato que se despidió y nos dejó solas, miro a Elena con nuevos ojos. La luz ambarina de las lámparas arabescas proyecta sombras suaves sobre su rostro.

—Jamás hubiera pensado que Hugo es gay —le confieso, acomodándome mejor en los cojines—. Es más, nunca he tenido un amigo gay.

Elena sonríe, y hay algo en esa sonrisa que me atrapa.

—Pues ya tienes uno. Y es de los buenos —dice, mientras juega con la boquilla de la cachimba—. Hugo es transparente como el agua. Lo que ves es lo que hay.

—No como yo —murmuro, sorprendiéndome de mi propia sinceridad—. Yo siempre estoy... conteniendo algo.

—Todos contenemos algo, Natalia. La diferencia es que algunos lo sabemos.

Sus palabras resuenan en mí como una verdad que siempre he ignorado. Observo cómo sus manos, curtidas pero elegantes, acarician el borde de su taza. Hay algo hipnótico en sus movimientos.

—Gracias —le digo de repente—. Por esta noche. Jamás pensé que necesitaba tanto un momento así...

Elena me mira directamente, y por primera vez noto lo intensos que son sus ojos oscuros, como si guardaran secretos antiguos.

—A veces lo que más necesitamos es lo que menos buscamos.

Asiento, incapaz de apartar la mirada. Elena es.

.. especial. No es solo su manera de hablar o cómo me ha tendido la mano cuando menos lo esperaba.

Es algo más. Ese aire como de gitana, salvaje y a la vez elegante.

Nunca me he fijado en una chica así. Como ella.

Tan diferente a mí y a la vez tan... magnética.

El pensamiento me desconcierta. Quizás es el efecto de la cachimba, o tal vez es que por primera vez en mucho tiempo me he permitido sentir sin analizar.

La miro y algo cambia dentro de mí. El tiempo se estira como un hilo de miel entre nosotras. Sus labios... carnosos, rosados, dibujados con precisión perfecta. ¿Cómo sería besarlos? El pensamiento me asalta de repente, como un ladrón en la noche, y me quedo paralizada.

¿Yo? ¿Pensando en besar a una mujer? La Natalia de Zúrich, la ingeniera perfecta, la mujer de los planos y los cálculos exactos jamás tendría estos pensamientos. Pero esa Natalia se quedó en algún lugar entre la sangría de anoche y las confesiones de hoy.

Las palabras que hemos compartido esta noche resuenan en mi cabeza: "Vive sin calcular tanto", "Siente más, piensa menos", "A veces hay que lanzarse".

Y entonces, como si alguien más controlara mi cuerpo, me inclino hacia ella. El corazón me martillea en el pecho mientras acorto la distancia. Cierro los ojos y presiono mis labios contra los suyos. Son suaves, cálidos, con sabor a menta y a algo más profundo, más primitivo.

El beso apenas dura unos segundos. Cuando me separo, Elena me mira con los ojos muy abiertos, completamente sorprendida. Hay confusión en su mirada, desconcierto. Permanece inmóvil, como si intentara procesar lo que acaba de ocurrir.

—Yo... —balbucea, llevándose inconscientemente los dedos a los labios.

El pánico me invade. ¿Qué he hecho? La he incomodado, la he ofendido. He cruzado una línea que no debía cruzar.

—Lo siento mucho —me apresuro a decir, sintiendo cómo el calor sube por mi cuello hasta mis mejillas—. No sé qué me ha pasado. Nunca había... yo no suelo...

Las palabras se atropellan en mi boca. La tensión se espesa entre nosotras, incómoda y pesada como una manta mojada.

Me aclaro la garganta. Elena sigue con los dedos sobre sus propios labios, mirándome como si acabara de aterrizar de otro planeta.

—Sabías que la temperatura media de una tetería marroquí...

El dedo de Elena llega a mis labios antes de que pueda terminar la frase.

—Para.

El silencio que sigue es absoluto. La lámpara arabesca parpadea sobre nosotras. Noto el calor de su dedo contra mi boca y trago saliva.

Elena baja la mano despacio. Me estudia con una expresión que no sé descifrar, mitad asombro, mitad algo que se parece peligrosamente a las ganas de reírse.

—¿Ibas a hablarme de temperatura ahora mismo?

—Es un mecanismo de defensa —admito, en voz muy baja.

—Ya veo.

Se recuesta en los cojines y me mira fijamente. Yo soy incapaz de moverme. Tengo las manos entrelazadas sobre el regazo con una fuerza que probablemente deja marcas.

—Natalia.

—Sí.

—¿Qué acabas de hacer?

La pregunta flota entre nosotras como el humo de la cachimba. Y lo peor, lo verdaderamente terrible, es que no tengo ninguna hoja de cálculo que me dé la respuesta.

Pero a pesar de la vergüenza y la confusión, hay algo más. Una sensación nueva, un cosquilleo que asciende desde mis piernas, se instala en mi vientre y se expande por todo mi cuerpo. Es como electricidad, como si cada terminación nerviosa hubiera despertado de un largo letargo.

Y me gusta. Dios mío, me gusta esta sensación.

* * *

El camarero aparece con la cuenta antes de que ninguna de las dos tenga que pedirla. Van a cerrar. Lo tomo como una señal del universo.

—Yo invito —digo, sacando la tarjeta con una rapidez que no tiene nada que ver con la generosidad y todo con necesitar hacer algo con las manos.

Elena no protesta. Se limita a recoger su chaqueta del respaldo del cojín con esa parsimonia suya que me desespera, como si el tiempo le perteneciera.

Salimos a la calle y Granada nos acoge con su aire y un leve perfume floral. Las piedras del pavimento brillan bajo las farolas. Caminamos juntas por el callejón en silencio, un silencio que pesa exactamente lo que tiene que pesar.

Ninguna menciona el beso.

Llegamos a la esquina donde nuestros caminos se separan. Elena se gira hacia mí. Tiene la flor roja que llevaba en el moño ahora en la mano, deshojándose un poco, pero todavía roja.

—Mañana a las cinco en la clase —dice simplemente.

—A las cinco —confirmo.

Nos miramos un segundo de más. Uno de esos segundos que duran lo que no deben. Elena asiente una vez, como cerrando un paréntesis, y se marcha calle arriba sin mirar atrás.

Yo me quedo en la esquina hasta que su silueta dobla la esquina y desaparece.

* * *

En el apartamento, me siento en el borde de la cama con los zapatos todavía puestos. El mismo par, esta vez. La Alhambra flota iluminada al otro lado de la ventana como un sueño que alguien olvidó apagar.

Mi cerebro arranca solo.

Probabilidades de que esto sea un error: noventa y siete por ciento.

Variables consideradas: diferencia de carácter, diferencia de vida, diferencia de ciudad, diferencia de todo. Duración del proyecto en Granada: seis semanas. Semanas suficientes para complicar algo que no debería complicarse: todas.

Probabilidades de que me importe: tres por ciento.

Me tumbo en la cama mirando el techo.

Varianza: catastrófica.

Me tapo la cara con el brazo. Por el hueco entre mi manga y la almohada ergonómica traída desde Zúrich, veo el reflejo de la Alhambra en la ventana.

Me sé ya los labios de Elena de memoria. Eso no lo recoge ninguna hoja de cálculo.

Cierro los ojos.