Capítulo 14 Elena
Salgo corriendo detrás de ella apenas veo cómo las lágrimas le resbalan por la cara. Mierda. Mierda. Mierda. Soy la peor persona del mundo. Ahí está, sentada en un banco, desmoronándose, y todo por mi bocaza.
La miro llorar y algo se me retuerce por dentro. No la conozco de nada, pero reconozco ese dolor. Ese no saber quién eres cuando te encuentras fuera de lugar. Pongo mi mano en su espalda, casi esperando que me la aparte de un manotazo.
—Perdóname —le susurro, y lo digo de verdad—. Me he pasado tres pueblos.
Cuando acepta venir con nosotros a la tetería, siento un alivio que no esperaba. Hugo nos sigue a unos pasos, dándonos espacio. Siempre ha sabido cuándo callarse, algo raro en un periodista.
Caminamos en silencio por las callejuelas del Albaicín.
La noche es fría pero clara, con esa luz especial que solo tiene Granada, como si las estrellas estuvieran más cerca aquí que en ningún otro sitio.
Natalia camina a mi lado, su respiración aún entrecortada.
De vez en cuando se limpia una lágrima rebelde con el dorso de la mano.
Me muero por preguntarle mil cosas, pero me muerdo la lengua.
Hugo va detrás, fumando otro cigarro. Lo miro de reojo y él me devuelve una mirada que dice "tú te has metido en esto". Y tiene razón.
La tetería está a solo unas calles, pero el camino se me hace eterno. El silencio pesa entre nosotros como una losa. Nunca he sido buena con los silencios incómodos, pero algo me dice que esta chica necesita este momento de calma.
¿Qué le estará pasando? Parece tan perdida, tan fuera de lugar con su ropa impecable y su postura rígida. Como si intentara mantener el control cuando todo se le está yendo de las manos.
Llegamos a la puerta de la tetería. El aroma a menta y canela escapa por la puerta entreabierta. Pienso en lo que le dije en clase esta tarde, en cómo me reí de ella con Hugo un rato antes. Me siento mal. No la conozco, no sé qué batallas está librando.
—¿Entramos? —pregunto suavemente, señalando la puerta.
El chico morisco nos recibe con una sonrisa que ilumina la tetería entera.
Nos sentamos en unos cojines de colores, alrededor de una mesita baja de cobre labrado.
El lugar está lleno de lámparas de cristales que reflejan un arcoíris de luces en las paredes, como si estuviéramos dentro de un caleidoscopio.
—¿Qué os apetece? —pregunta el camarero.
—Tráenos algo reconfortante —le digo—. Ha sido una noche difícil.
Hugo, que no puede estar serio ni aunque le paguen, se incorpora con ese brillo travieso en los ojos.
—Y una cachimba. La pipa de la paz —añade, haciendo un gesto de fumarse algo imaginario.
El camarero asiente y se va. Natalia me mira confundida.
—¿Cachimba?
—Nunca has fumado de una pipa de esas, ¿verdad? —le pregunta Hugo.
Ella niega con la cabeza, como si confesara un pecado.
—Entonces ya va siendo hora —sentencia él con una sonrisa.
Cuando el camarero vuelve, trae dos teteras humeantes que desprenden un aroma a canela, cardamomo y algo más que no identifico, pero que me transporta a lugares que nunca he visitado.
Junto a ellas, coloca luego la cachimba, un artilugio de cristal y metal con agua en la base y un hornillo en la parte superior.
Hugo le explica a Natalia cómo debe inhalar. Ella, tras dudar un momento, se inclina y aspira. Segundos después, está tosiendo como si quisiera expulsar un pulmón. Hugo y yo no podemos evitar reírnos, pero es una risa amable, no burlona. Natalia también sonríe entre toses.
—Es... diferente —dice cuando recupera el aliento.
Y entonces, como si esa pequeña aventura hubiera roto algo en ella, Natalia comienza a hablar. Las palabras fluyen como un río desbordado.
—Siempre he sido la perfecta Natalia —murmura, mirando su taza—. La que nunca falla, la que siempre tiene un plan. Y es agotador. Cada día, cada maldito día, me pongo esa armadura y salgo al mundo fingiendo que lo tengo todo bajo control.
Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no caen. Las contiene, como si incluso ahora no pudiera permitirse ese desliz.
—Pensé que irme a Suiza me ayudaría. Nuevo país, nueva vida. Pero solo... solo ha amplificado todo. Allí soy la española, aquí soy la suiza. En ningún sitio soy yo misma.
Hugo asiente, reconociendo algo en sus palabras.
—Suena a burnout —dice—. Lo he visto en la oficina de Madrid. Gente que se quema por dentro mientras por fuera parece que todo va bien.
—¿Burnout? —pregunto, confundida.
—Agotamiento extremo —explica Hugo—. Cuando llevas tanto tiempo presionándote que algo dentro de ti simplemente... explota. Un cúmulo de cosas todas juntas.
Miro a Natalia y veo algo nuevo en ella. No la turista arrogante, no la alumna torpe. Veo a una mujer luchando por encontrarse a sí misma. Y de repente, quiero ayudarla. De verdad.
* * *
Llevo no sé cuánto tiempo riéndome. La tetería se ha vaciado poco a poco mientras nosotros seguimos aquí, en nuestra burbuja de humo dulzón y confesiones a media voz. Natalia tiene las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Ya no queda nada de esa mujer rígida que entró en mi academia.
—Y entonces —dice Hugo, gesticulando con la boquilla de la cachimba—, el tío me dice: "Es que los gays sois todos iguales". ¡Y yo estaba literalmente desnudo en la sauna con ese idiota hetero!
Natalia suelta una carcajada que suena como música. Es la primera vez que la oigo reír de verdad.
—Eres un caso, Hugo —le digo, dándole un golpecito en el hombro—. Solo a ti te pasan estas cosas.
—¿Qué puedo decir? —Se encoge de hombros con falsa modestia—. Tengo un don para las situaciones complicadas.
Natalia se limpia una lágrima de risa.
—Yo nunca he hecho nada así de... impulsivo.
—Pues deberías —le digo, sorprendiéndome a mí misma por lo mucho que ha cambiado mi opinión sobre ella en unas horas—. A veces lo impulsivo es lo más auténtico.
Nos quedamos en silencio un momento, ese tipo de silencio cómodo que solo se da entre amigos. Es extraño pensar que hace unas horas estaba criticándola.
Hugo lleva un rato con el móvil boca abajo sobre la mesa. Lo ha girado así con demasiada naturalidad, como si no quisiera que nadie se diera cuenta.
Me he dado cuenta.
—¿Quién te escribe? —le pregunto.
—Nadie. —Coge la cachimba y da una calada larga—. Un compañero del periódico.
Natalia levanta la vista de su té y lo mira con esa precisión analítica suya, como si estuviera calculando el peso de una viga.
—Llevas veinte minutos mirando el teléfono cada dos por tres —dice ella.
—Exageráis las dos.
El móvil vibra sobre la mesa de madera. Hugo lo cubre con la palma antes de que ninguna lo veamos, pero no es suficientemente rápido. Alcanzo a ver la pantalla iluminarse con un mensaje sin nombre, solo un número. Sin contacto guardado.
Interesante.
Hugo apaga la pantalla y se termina el té de un trago, aunque todavía está caliente.
—Oye, que me tengo que ir.
—¿Ahora? —Le señalo la cachimba a medio terminar, el platito con los dulces de miel que también hemos pedido y casi no ha tocado—. Llevas aquí media hora.
—Cosa urgente. —Se pone la chaqueta de cuero con movimientos demasiado rápidos—. Trabajo. Ya sabéis cómo es esto.
—Claro —digo yo, cruzando los brazos—. El compañero del periódico.
Me sostiene la mirada un segundo y veo exactamente el momento en que decide no decir nada más. Hugo miente fatal, siempre lo he sabido, pero nunca lo he visto esforzarse tanto en mantener la compostura.
—Natalia. —Se inclina y le da dos besos—. Ha sido un placer conocerte. En serio.
Natalia sonríe, todavía con las mejillas sonrosadas.
—Igualmente.
Hugo me da un beso rápido en la mejilla y susurra junto a mi oído:
—Luego te cuento.
—Más te vale.
Hugo da una última calada profunda a la cachimba, recoge su móvil de la mesa y se lo mete en el bolsillo interior de la chaqueta.
—No hagáis nada que yo no haría.
—Eso no elimina prácticamente nada —le digo sin levantar la vista de mi té.
Natalia suelta otra de esas carcajadas nuevas suyas, la que todavía no sabe muy bien cómo llevar, y Hugo se lleva una mano al pecho como si le hubiera disparado.
—Qué crueldad. Con lo que yo te quiero.
—Vete ya.
Se va. La puerta de la tetería suena con ese tintineo de campanilla pequeña y la noche se lo traga.
Natalia sigue sonriendo, mirando el sitio vacío donde estaba Hugo como si acabara de irse un huracán simpático.
—¿Siempre es así?
—Siempre —confirmo—. Desde los diecinueve años que lo conozco.
Cojo la cachimba y le ofrezco la boquilla. Natalia la mira un segundo, esa fracción de segundo en que calcula todo, y luego la acepta de nuevo.
Da una calada torpe y contiene la tos otra vez con una dignidad que me hace gracia.
—No está mal —dice, con voz algo estrangulada.
—Mentira.
—Mentira —admite, y nos reímos las dos.
Hugo ya se ha ido. La tetería cada vez huele más a cardamomo y madera vieja. Natalia tiene los codos sobre la mesa y me mira con esa expresión nueva suya, la que todavía no controla del todo, sin la armadura de ingeniera eficiente que traía puesta cuando entró en mi academia.
Una pestaña. Negra, fina, perfectamente curvada. Justo en el pómulo izquierdo.
La veo desde hace dos minutos.
No la quito.
Podría. Sería natural, sería de dos segundos. Pero hay algo en ese detalle pequeño que me ancla al sitio, como cuando el duende aparece en mitad de un baile y sabes que si mueves un pie en la dirección equivocada, se rompe todo.
—Gracias —dice Natalia, de pronto.
—¿Por qué?
—Por esta noche tan agradable. Me hacía falta.
Tampoco yo sé muy bien qué decir. Mi abuela siempre decía que hay personas que llegan como el viento de levante: sin avisar, revolviendo todo lo que creías ordenado.
Cojo la taza vacía entre las manos.
—Pedimos otro entonces —le digo—. Mañana no tengo academia hasta las cinco.
Natalia sonríe. La pestaña sigue ahí.
No la quito.