Calor Bajo Cero Capítulo 13 Natalia
23%

Capítulo 13 Natalia

No puedo creer lo que estoy oyendo. Me he pasado el día entero intentando olvidar el desastre de ayer por la noche, la vergüenza de la reunión, y ahora esto.

Vine a este bar precisamente para escapar, para tomarme una copa de vino blanco y relajarme después del día más surrealista de mi vida profesional.

Y aquí está ella, mi supuesta profesora, destrozándome a mis espaldas.

Al principio intenté hacerme la invisible. No quería que me viera, que supiera que estaba escuchando cada palabra. Pero después de cinco minutos de "no tiene ritmo", "no tiene alma", "es un caso imposible"... La sangre me hierve.

—Si has escuchado algo que te haya ofendido, lo siento. Pero no he dicho nada que no sea verdad —me suelta con ese descaro andaluz que ahora me parece insoportable.

—¿Que no tengo alma? ¿Que no puedo bailar? ¿Que soy una estirada? —enumero, clavándole la mirada.

—Tienes razón en lo último —responde cruzándose de brazos—. Y en lo demás... bueno, demuestra que me equivoco.

Su amigo, ese tipo grande y barbudo, nos mira alternadamente mientras bebe su cerveza como si estuviera viendo un espectáculo. Está disfrutando de esto, el muy cabrón.

—¿Sabes qué, Elena? —pronuncio su nombre como si fuera un insulto—. Eres una falsa. Hace unas horas me sonreías y me animabas en clase, y ahora te dedicas a humillarme delante de tu amiguito. Qué profesional.

La veo tensarse. He dado en el clavo.

—No sé qué esperas conseguir tratando así a tus alumnos, pero te aseguro que no es una forma muy justa de ganarte la vida.

El tipo barbudo suelta una risita ahogada y Elena le lanza una mirada asesina.

—Y tú —le digo al amigo—, sigue disfrutando del espectáculo. Se nota que tienes el mismo nivel de madurez que tu amiga.

El amigo de Elena, ese tal Hugo, levanta las manos en un gesto conciliador. Tiene una sonrisa que en otras circunstancias podría desarmar a cualquiera, con esa barba perfectamente recortada y ese aire de chico malo con corazón de oro.

—Venga, chicas, que no es para tanto —dice con voz aterciopelada—. ¿Por qué no nos sentamos todos y hablamos como adultos?

Lo miro fijamente. ¿En serio cree que su numerito de pacificador va a funcionar conmigo? ¿Después de escuchar cómo se reían a mi costa?

—No me hables como si fuera una niña —le espeto.

Sin pensarlo dos veces, agarro mi copa de vino blanco casi vacía y, en un movimiento que ni yo misma me reconozco, lanzo el contenido directamente a la cara de Elena.

Las gotas cristalinas vuelan en cámara lenta hasta estrellarse contra su piel morena, resbalando por su rostro sorprendido, manchando su blusa blanca.

—¡Pero qué coño te pasa! —grita ella, levantándose de un salto mientras se limpia la cara con la manga—. ¡Estás completamente loca, suiza de los cojones!

El local entero se ha quedado en silencio. Todas las miradas clavadas en nosotras. La camarera se ha quedado paralizada con la bandeja en alto. Una pareja de ancianos nos observa con la boca abierta.

—Que te jodan, Elena —murmuro, cogiendo mi bolso—. Y a ti también —le digo a Hugo, que parece genuinamente sorprendido.

Salgo a trompicones, golpeándome con una silla. No me importa. Nada me importa ya. Siento las miradas de todos los clientes clavadas en mi espalda mientras empujo la puerta.

La brisa helada de la sierra de Granada me recibe al salir del bar esa noche, pero no me calma. Camino unos metros, alejándome del local, hasta que mis piernas deciden que ya no pueden más. Me dejo caer en un banco de piedra.

Y entonces llega. Esa lágrima traicionera que he estado conteniendo todo el día. La primera se desliza silenciosa, pero enseguida llegan más, en cascada, incontrolables. Escondo la cara entre las manos.

¿Qué me está pasando? Yo no soy así. Yo no lloro en público. Yo no le tiro bebidas a la gente. Yo soy Natalia Durán, ingeniera jefe, profesional, controlada, respetada.

O lo era, hasta hoy.

Siento una mano en mi espalda, ligera como una pluma. Me sobresalto, girándome bruscamente para encontrarme con Elena. Sus ojos oscuros me miran sin la furia de hace unos minutos. Intento apartarme, pero algo en su expresión me detiene.

—Perdóname —susurra, sentándose a mi lado en el banco de piedra—. Me he pasado tres pueblos.

—Déjame en paz —murmuro, pero sin la convicción que pretendía. Las lágrimas siguen corriendo por mis mejillas y me las limpio furiosamente con el dorso de la mano.

—No debería haber hablado así de ti. Y menos a tus espaldas.

Miro hacia el bar. Su amigo Hugo está en la puerta, fumando un cigarro, observándonos con una expresión que no logro descifrar. Hay algo en él, en cómo nos mira, que parece comprensivo, casi protector.

—¿Qué quieres, Elena? ¿Burlarte más de mí?

Ella niega con la cabeza. Su mano sigue en mi espalda, trazando pequeños círculos que, contra toda lógica, comienzan a calmarme.

—Quiero que empecemos de nuevo. Tú y yo. Sin prejuicios.

No sé qué me pasa. Desde que volví a Granada, es como si algo se hubiera roto dentro de mí. Esa coraza que construí durante años en Suiza, esa mujer perfecta, disciplinada y fría... se está desmoronando. Y lo peor es que no sé si quiero detenerlo.

—No me reconozco —confieso entre sollozos—. No sé quién soy aquí.

Elena asiente como si entendiera exactamente lo que quiero decir.

—¿Te apetece ir a un sitio más tranquilo? —me propone—. Los tres. Para hablar. Para conocernos de verdad.

Miro a Hugo, que ahora apaga su cigarro con el pie y nos saluda con un gesto de la mano.

Dudo. ¿Qué sentido tiene esto? Son unos desconocidos. Debería volver al hotel, prepararme para mañana, seguir con mi vida estructurada. Pero entonces me doy cuenta: necesito hablar con alguien. Necesito contacto humano. Alguien que me escuche sin juzgarme.

—Vale —respondo finalmente, secándome las últimas lágrimas—. Pero nada de sangría.

Elena sonríe, una sonrisa genuina que ilumina su rostro.

—Prometido. Conozco un sitio donde hacen un té de hierbabuena que cura cualquier pena.

Entretanto Hugo se acerca a nosotras con los brazos abiertos.

—¿Ya os habéis hecho amigas de nuevo?

—Cállate —decimos las dos al mismo tiempo.

Se hace el silencio. Elena me mira. Yo la miro a ella. Hugo nos mira a las dos con la boca todavía abierta.

—Que carácter las dos —murmura él.

Ninguna le respondemos.

Empezamos a caminar hacia la tetería que Elena ha mencionado. Hugo nos sigue dos pasos por detrás, en silencio por primera vez desde que lo conozco, rumiando su derrota diplomática con las manos en los bolsillos.

La calle es estrecha, empedrada, con las paredes encaladas que absorben la luz amarilla de los faroles.

Granada huele a jazmín y a piedra húmeda por las noches.

En Zúrich todo huele a limpio, a desinfectante, a nada.

Aquí el aire tiene peso, tiene historia, tiene algo que no sé nombrar pero que se me mete por la nariz y no me suelta.

Elena camina con una seguridad que me irrita. Cada paso suyo es deliberado, como si el suelo le perteneciera. Como si perteneciera a esta ciudad de una manera que yo nunca voy a pertenecer a ningún sitio.

La calle se estrecha más y nuestros hombros se rozan.

No me aparto. Ella tampoco.

Es una fracción de segundo, piel contra tela, calor contra calor, y sin embargo lo registro con una precisión absurda, como si mi cerebro decidiera guardar ese dato en algún archivo que no debería existir.

Sé exactamente lo que Elena es. Impredecible.

Emocional. El tipo de persona que toma decisiones con el estómago y luego construye los argumentos después.

Tres años en Suiza me han enseñado que esa clase de personas son una variable que no se puede controlar, y las variables que no se controlan generan caos.

Pero entonces ella gira la cabeza levemente, con ese perfil de medalla antigua, y dice:

—Ya casi estamos.

Y no me aparto.