Capítulo 12 Hugo
Tiro la primera calada hacia el cielo y veo cómo el humo se disuelve en el aire frío de Sierra Nevada. El viento me congela la cara, pero apenas lo siento. Tengo la piel ardiendo y la mente dando vueltas como un torbellino.
Joder. Joder. Joder.
Hace diez minutos estaba fallándome a Rubén Alarcón en una ducha. A Rubén-puto-Alarcón. El mismo tío que se supone que tengo que entrevistar, no tirarme.
Me paso la mano por el pelo húmedo. Aún huelo a él. A su desodorante caro mezclado con sudor y sexo. Siento todavía sus manos recorriéndome la espalda, sus dedos clavándose en mi piel.
¿En qué coño estaba pensando? La idea de hacerme pasar por un cliente del hotel para coincidir con él en el gimnasio parecía brillante hace un rato. Conseguir información, ganarme su confianza, acercarme poco a poco. Un plan profesional, periodístico.
Y ahora esto.
¿Quién iba a imaginar que el gran Rubén Alarcón, el esquiador que salía en las revistas del brazo de modelos despampanantes, iba a ponerse duro como una piedra al verme medio en pelotas? ¿Y quién coño iba a pensar que yo reaccionaría así?
Doy otra calada profunda. El humo me quema la garganta, pero necesito algo que me ancle a la realidad.
Lo peor es que ha sido increíble. La forma en que me empujó contra las taquillas, ese forcejeo, la rabia convertida en deseo... Nunca había sentido algo así, tan animal, tan intenso. Tan fuera de control.
Y luego, nada. Nos corrimos, se vistió y se largó sin decir palabra. Me dejó allí, con la toalla liada, preguntándome qué cojones acababa de pasar.
Ahora estoy aquí fuera, fumando como un condenado, con el frío mordiéndome las mejillas y sin tener ni puta idea de cómo voy a mirarle a la cara la próxima vez que nos veamos.
¿Cómo se supone que voy a conseguir esa entrevista ahora? "Hola, soy el tío que te folló ayer en las duchas. Por cierto soy periodista, ¿me concederías una entrevista exclusiva para el periódico Marca?"
Suelto una risa amarga y tiro la colilla al suelo, aplastándola con la punta del zapato.
Me alejo del hotel sin mirar atrás. Mi figura se recorta contra la nieve mientras camino hacia el teleférico, la espalda rígida, los hombros tensos.
Podría buscar su habitación, intentar hablar con él, pero mis piernas se niegan a moverse en esa dirección.
Soy un puto cobarde. Un macho total para unas cosas y un cagado para otras.
Me subo al teleférico que me llevará a Pradollano. Desde allí iré al aparcamiento para volver a Granada. Escapando de la escena del crimen. De lo que acaba de pasar en esa cabina de la ducha del hotel.
Necesito hablar con alguien o voy a explotar. Elena. Ella sabrá qué hacer. Siempre tiene ese don para ver las cosas con claridad cuando yo solo veo un puto caos.
Saco el móvil y le escribo: "¿Estás en la academia? Necesito verte. Urgente."
Su respuesta llega casi al instante: "Hasta las ocho. ¿Qué has liado ahora?"
Sonrío a pesar de todo. Me conoce demasiado bien.
Miro hacia el hotel una última vez. A saber que estará haciendo Rubén ahora. Ese polvo ha desintegrado seguramente mis posibilidades de conseguir una entrevista. Y mi dignidad profesional. Y probablemente mi trabajo.
Camino hacia mi coche con paso pesado. Todo esto por pensar con la polla en vez de con la cabeza. El cerebro de mosquito que tengo parece estar programado para joderme la vida. Cada puto paso que doy, cada decisión, siempre acabo en el mismo sitio: metido en un lío hasta el cuello.
Arranco el coche y pongo rumbo a Granada. Necesito a Elena. Su brutal honestidad. Su capacidad para llamarme gilipollas a la cara y luego darme el mejor consejo del mundo.
Porque esto... esto no tiene ni pies ni cabeza. Me he acostado con el tío que se supone que debo entrevistar. El mismo que lleva años evitando a la prensa. El mismo que podría hundirme con una simple llamada a mi jefe.
Acelero por la carretera de montaña mientras el atardecer tiñe de naranja las cumbres nevadas. Nunca he sido tan imbécil. Y mira que tengo un historial impresionante.
* * *
Aparco frente a la academia justo cuando las últimas alumnas salen por la puerta de la cueva. Son dos señoras mayores que se despiden de Elena con besos y abrazos. Una de ellas me guiña un ojo al pasar a mi lado. Estos jubilados tienen más marcha que yo, y mira que he tenido un día movidito.
Elena sale después, con el pelo recogido en un moño despeinado y cara de agotamiento. Se ha cambiado el vestido de flamenca por unos vaqueros y una camiseta negra. Aún así, con ese aire desaliñado, tiene más estilo que cualquiera.
—¿Qué urgencia es esa? —me pregunta mientras cierra con llave—. Pareces un cadáver recién exhumado.
—Necesito alcohol. Muchas tapas y mucho alcohol.
—Pues vamos a Navas, que hoy lunes supongo que no habrá muchos turistas. Tampoco quiero ver a mi prima. Ha estado toda la tarde con sus planes de marketing para atraer a más guiris.
Caminamos en silencio hasta mi coche. Elena me mira de reojo, esperando que suelte la bomba, pero necesito estar sentado con una cerveza delante para poder articular lo que ha pasado.
En el bar, ya con una caña frente a mí y unas croquetas de jamón en la mesa, Elena no aguanta más.
—Suéltalo ya, Hugo. Me estás poniendo nerviosa.
Doy un trago largo a mi cerveza y la miro directamente.
—Me he tirado a Rubén Alarcón.
Elena se atraganta con su vino.
—¿Que tú qué?
—Lo que oyes. En las duchas del gimnasio de su hotel. Hace unas horas.
—¿El esquiador? ¿El mismo tío al que tienes que entrevistar o te echan?
Asiento mientras me paso la mano por la cara.
—El mismo.
Elena suelta una carcajada tan fuerte que la mitad del bar se gira para mirarnos.
—Joder, Hugo. He escuchado barbaridades tuyas, pero esta... esta se lleva la palma. ¿Cómo coño ha pasado?
Le cuento todo: mi plan para coincidir con él en el gimnasio, cómo me empujó contra las taquillas, y luego... bueno, el resto.
—Y ahora no sé qué hacer —concluyo—. No puedo volverlo a acosar y pedirle una entrevista después de esto. Y tampoco puedo volver a la redacción con las manos vacías.
Elena niega con la cabeza, aún riéndose.
—Pues yo creía que tenía problemas con mi nueva alumna —dice mientras pide otra ronda—. Una suiza-española estirada que ayer se emborrachó en mi tablao y hoy ha aparecido en mi clase de jubilados. Es un caso imposible. No tiene ritmo, no tiene duende, no tiene nada.
—Al menos tu alumna no puede arruinar tu carrera.
—No estés tan seguro. Ha apostado con sus colegas que puede bailar como yo en un mes.
Mientras Elena sigue despotricando sobre su alumna, yo apuro mi cerveza, agradeciendo esta distracción de mi propio desastre.
—¿Y sabes qué es lo peor? —continúa Elena, gesticulando con las manos—. Que viene con esa actitud de superioridad, como si fuera a dominar el flamenco con su precisión suiza. ¡Ja! El flamenco no es matemática, coño. No puedes medirlo, calcularlo o programarlo.
—Quizás solo necesita tiempo —intento mediar, aunque en realidad me importa un pimiento la suiza esa.
—¿Tiempo? Lo que necesita es un alma. Viene con su postura rígida, mirando al suelo como si los números del compás estuvieran escritos en las baldosas. ¡Y esa cara! Siempre con el ceño fruncido, como si le doliera sonreír.
Es entonces cuando noto algo extraño. Una mujer sentada en la mesa de atrás de Elena no para de mirarla con una expresión que podría congelar el infierno.
Alta, con una coleta perfecta y ropa cara.
Está sola, con una copa de vino blanco a medio terminar, y cada palabra de Elena parece hacerla tensarse más.
—Eh, Elena —murmuro, inclinándome hacia ella—. Creo que tienes una admiradora detrás.
Elena gira la cabeza ligeramente.
—¿Dónde?
—No mires directamente, joder. La tía de la coleta que está justo detrás de ti. No para de mirarte con cara de querer asesinarte.
Elena se gira completamente, sin ninguna sutileza. Sus ojos se abren como platos al reconocer a la mujer.
—Natalia —dice con una sonrisa forzada—. Qué sorpresa.
La mujer se levanta con una elegancia gélida y se acerca a nuestra mesa.
—Vaya, parece que soy el tema de conversación. Qué honor —dice con un acento apenas perceptible—. Por favor, continúa. Estaba aprendiendo mucho sobre mí misma.
Elena se pone roja, pero su orgullo puede más que su vergüenza.
—Si has escuchado algo que te haya ofendido, lo siento. Pero no he dicho nada que no sea verdad.
Natalia arquea una ceja.
—¿Que no tengo alma? ¿Que no puedo bailar? ¿Que soy una estirada?
—Tienes razón en lo último —responde Elena, cruzándose de brazos—. Y en lo demás... bueno, demuestra que me equivoco.
—¿Puedo terminar yo mi crisis primero o hacemos cola? —digo, levantando la mano como si estuviera en clase.
Ninguna de las dos me mira.
Natalia tiene los brazos cruzados y los ojos clavados en Elena con una frialdad calculada. Elena le sostiene la mirada sin parpadear, con esa postura suya de bailaora que intimida incluso hasta a los que la conocen.
—Demuéstrame que me equivoco —repite Elena, casi como un reto.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer —responde Natalia.
—Bien.
—Bien.
Me como una croqueta entera de un bocado y miro a un lado y al otro, como si estuviera en un partido de tenis.
—Oye —intento de nuevo—. En serio. Rubén Alarcón. Duchas. Periodista en paro inminente. ¿Alguien?
Elena me señala con el dedo sin apartar los ojos de Natalia.
—Ahora no, Hugo.
Natalia coge su copa de vino de la mesa de atrás, se sienta en la silla libre junto a la nuestra sin que nadie la invite, y le da un sorbo largo y sereno.
Me rindo. Pido otra cerveza.
Doy un sorbo largo a mi cerveza, disfrutando del espectáculo. De repente, mis problemas con Rubén parecen muy lejanos.