Calor Bajo Cero Capítulo 11 Rubén
20%

Capítulo 11 Rubén

Respiro hondo y empujo la puerta del gimnasio. Después de la rehabilitación, estos espacios se han convertido en una especie de purgatorio personal. Ya no son mi territorio, son el recordatorio constante de lo que perdí.

El tufo a sudor y desinfectante me golpea. Algunos clientes del hotel dispersos por las máquinas, todos en su mundo. Perfecto. Lo último que necesito es que me reconozcan.

Y entonces lo veo.

El tipo de la terraza. El portero de discoteca entrometido.

Está tumbado en un banco, levantando una barra cargada con varios discos de pesas.

Sus brazos tensados, el pecho —joder, vaya pecho— contrayéndose con cada repetición.

Una fina capa de sudor hace que su piel brille bajo las luces fluorescentes.

Lleva una de esas camisetas de tirantes que dejan poco a la imaginación y unos pantalones cortos que. ..

Mierda. Aparto la mirada cuando noto que se está formando algo incómodo en mis propios pantalones. Lo que me faltaba. Seguro que está alojado aquí también. Granada es un pañuelo, pero ¿tenía que coincidir con él precisamente en el hotel?

Mis ojos, traicioneros, vuelven a él. La forma en que respira entre repeticiones, cómo se le marcan los músculos de sus hombros. El bulto que se adivina bajo la tela de sus pantalones cuando cambia de posición.

Nuestras miradas se cruzan por un segundo. Desvío la vista tan rápido que casi me mareo. Calor me sube por el cuello hasta las mejillas. Avanzo con determinación hacia la sala anexa donde debería estar esperándome el entrenador personal.

"Concéntrate, Rubén", me digo a mí mismo. "Has venido a trabajar, no a mirar paquetes ajenos."

Empujo la puerta de la sala de fitness, agradecido por la escapatoria. Un joven con aspecto profesional me espera dentro, cronómetro en mano. Al menos aquí podré centrarme en lo importante.

Y aun así, mientras saludo al entrenador, no puedo evitar que parte de mi mente siga en el gimnasio principal, con el tipo pesado y sus malditos músculos.

El chico se acerca y extiende su mano. Tiene una sonrisa amplia, de esas que rebosan entusiasmo. Demasiado entusiasmo.

—Rubén Alarcón, qué honor. Soy Pablo Herrera, tu entrenador de rehabilitación.

Lo miro de arriba abajo. Parece recién salido de la universidad. Cabello corto, ojos brillantes, y ese optimismo irritante de quien todavía no ha visto cómo la vida te arranca las ilusiones de cuajo.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunto sin rodeos.

—Veintisiete —responde, sin perder la sonrisa—. Llevo cinco años especializándome en rehabilitación de deportistas de élite.

Alzo una ceja. Marcos me había vendido que este chico era el mejor, que había trabajado con medallistas olímpicos. Desde luego no lo parece.

—Mira, Pablo, voy a ser sincero contigo. No estoy muy convencido de esto —cruzo los brazos sobre el pecho—. Pero mi manager insiste, así que probemos hoy y ya veremos.

—Perfecto —responde, imperturbable—. He diseñado una rutina progresiva. Hoy empezaremos con ejercicios básicos para fortalecer el núcleo, las piernas y la espalda. Tengo entendido que la lesión afectó principalmente a...

—Sé perfectamente lo que me pasó —lo corto—. No necesito un repaso.

Pablo asiente, profesional.

—Por supuesto. Empecemos entonces con los ejercicios. Y si te sientes cómodo después, podríamos probar un poco en la nieve. Nada exigente, solo para evaluar tu equilibrio actual y...

—No —mi voz sale más dura de lo que pretendía—. Nada de nieve todavía.

Un silencio incómodo se instala entre nosotros. Veo cómo Pablo calibra su siguiente movimiento.

—No estoy preparado —añado, más bajo, odiando tener que admitirlo—. No he pisado la nieve en esquís desde el accidente.

Pablo asiente, sin juzgar.

—Entendido. Nos centraremos en el gimnasio entonces. Paso a paso, Rubén. Sin prisas.

Exhalo lentamente. Al menos el chico sabe cuándo no presionar. Quizás Marcos no estaba tan equivocado después de todo.

* * *

Jadeo mientras completo la última serie de repeticiones. El sudor me recorre la espalda, empapando mi camiseta. Hace tiempo que no hacía un entrenamiento tan intenso y mi cuerpo protesta.

—Vamos, una más —me anima Pablo.

Sus ojos no me abandonan, siguiendo cada movimiento con atención profesional. Consigo terminar la repetición final y dejo caer los brazos, agotado.

—Bien hecho —dice, acercándose—. Ahora necesitamos estirar esos músculos o mañana lo lamentarás.

Se coloca detrás de mí y posa sus manos sobre mis hombros. El contacto me sobresalta. Sus dedos presionan con firmeza, buscando los nudos de tensión.

—Relájate —murmura—. Estás muy tenso.

Mi cuerpo responde a su cercanía de forma inmediata e incontrolable. Siento cómo la sangre fluye hacia mi entrepierna. Mierda. Me inclino ligeramente hacia delante, intentando disimular la erección que empieza a formarse.

—Ahora, estira los brazos así —me guía, colocando su cuerpo tan cerca del mío que puedo sentir su aliento en mi nuca.

Mi mente divaga. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos años? ¿Más? Desde aquella noche en Oslo, después de ganar el oro. El entrenador auxiliar del equipo noruego y yo en la habitación de hotel. Nadie se enteró. Nadie excepto Marcos.

Marcos, mi ancla. El único que conoce esta parte de mí.

Recuerdo su propuesta cuando los rumores empezaron a circular: "Necesitas una novia, Rubén.

Algo temporal, solo para las fotos". Y así surgió el montaje con Claudia, la modelo.

Apariciones públicas calculadas, fotos en Instagram, una relación perfectamente coreografiada que mantuvo a raya las especulaciones.

En el mundo del esquí profesional, ser gay equivale a ser invisible. Nadie lo dice abiertamente, pero todos lo saben. Los patrocinadores se alejan, las invitaciones disminuyen. He visto carreras destruidas por menos.

—Date la vuelta —indica Pablo—. Vamos a estirar los cuádriceps.

Trago saliva. No puedo darme la vuelta así, no ahora. Finjo ajustarme la rodillera, ganando tiempo hasta que mi cuerpo se calme.

—¿Todo bien? —pregunta, notando mi vacilación.

—Sí, solo... dame un segundo.

Sus ojos se detienen en mi rostro ruborizado, y por un instante me pregunto si habrá notado algo. Si sabrá lo que me está pasando.

* * *

Doy gracias al cielo cuando Pablo finalmente dice:

—Creo que por hoy es suficiente. Has trabajado duro.

Me despido con un gesto rápido y me dirijo a los vestuarios.

Necesito alejarme de él antes de que mi cuerpo me traicione completamente.

A pesar de todo, tengo que admitir que el chico sabe lo que hace.

Es profesional, atento a los detalles, y sí, malditamente atractivo con esa sonrisa que parece iluminar toda la sala.

Los vestuarios están vacíos cuando entro. El silencio me recibe como un viejo amigo. Abro mi taquilla, saco la toalla y comienzo a desvestirme. Me quito la camiseta empapada en sudor, luego los pantalones. Solo me quedan los slips cuando escucho la puerta abrirse.

Me giro instintivamente y ahí está. El tipejo musculoso de la terraza que estaba entrenando de nuevo.

¿Cómo se llamaba? ¿Hugo? Lleva solo una toalla anudada a la cintura, el torso desnudo y húmedo como si ya hubiera estado bajo la ducha.

Su cuerpo es más musculoso de lo que imaginaba bajo la camiseta de antes.

—¡Vaya, qué coincidencia! —exclama con una sonrisa—. Rubén Alarcón en persona.

Su voz resuena en las paredes de azulejos. Me quedo paralizado, con los pulgares enganchados en la cinturilla de mis slips, a punto de quitármelos.

—Te vi entrenando antes con el otro chico en la sala contigua —continúa mientras abre una taquilla cercana a la mía—. Supongo que tu entrenador personal, ¿verdad? Se le ve muy profesional.

La toalla se le desliza ligeramente, revelando el inicio de su cadera. Aparto la mirada, incómodo, consciente de mi propia semidesnudez.

—Sí, parece que sabe lo que hace —respondo secamente, dándole la espalda.

—Estuve investigando sobre tu caso —dice, acercándose más—. La caída en Kitzbühel fue brutal. Muchos pensaron que no volverías.

Su proximidad me pone tenso. Puedo oler su aftershave mezclado con el aroma a cloro de las duchas del hotel. Mi cuerpo reacciona de nuevo, traicionándome por segunda vez en menos de una hora.

—Mira pesado —le corto—, agradecería un poco de privacidad.

Hugo levanta las manos en señal de rendición, pero no retrocede.

—Solo intento ser amigable. Perdona por haber sido tan pesado esta mañana. Una casualidad que estemos en el mismo hotel, ¿no crees?

—Escúchame bien —gruño, agarrando mi toalla y cubriéndome—. No sé qué coño buscas, pero yo no soy tu amigo ni quiero serlo. Déjame en paz de una puta vez.

Su mirada desciende lentamente y se detiene en mi entrepierna. Una sonrisa maliciosa se dibuja en su rostro. Mierda. A pesar de la toalla, la erección es evidente.

—Vaya, vaya —dice con una ceja levantada—. Parece que alguien está contento.

El calor me sube por el cuello hasta las mejillas. Quiero que me trague la tierra.

—No tenía ni idea —continúa, acercándose un paso más—. Todo el mundo hablaba de ti y esa modelo... Jamás hubiera imaginado que te iba este rollo.

Algo estalla dentro de mí. En dos zancadas estoy sobre él, empujándolo contra las taquillas con mi antebrazo presionando su garganta.

—Como digas una sola palabra de esto a alguien, te juro que te mato —siseo, tan cerca que puedo sentir su respiración entrecortada.

Hugo no parece asustado. Sus ojos brillan con algo que no logro descifrar.

—Tranquilo, campeón —murmura—. Tu secreto está a salvo conmigo.

Intento mantener la presión, pero Hugo es mucho más fuerte que yo. Con un movimiento rápido, invierte nuestras posiciones. Ahora soy yo quien está contra la taquilla, su cuerpo presionando el mío. Forcejeo, pero es inútil. Me duele la espalda y el hombro en esa posición.

—Suéltame, cabrón —jadeo.

—¿Estás seguro de que quieres que te suelte? —susurra.

Y entonces lo noto. Contra mi muslo. Está tan excitado como yo.

Nos miramos en silencio, respirando agitadamente. El tiempo se detiene. No sé quién da el primer paso, si él o yo, pero de repente nuestras bocas se encuentran en un beso furioso, desesperado. Sus manos me sujetan la nuca mientras las mías recorren su espalda.

Sin separarnos, a trompicones, nos movemos hacia una de las cabinas de ducha. Hugo cierra la puerta tras nosotros con el pie, y el sonido del pestillo al cerrarse resuena como un disparo en el vestuario vacío.

* * *

El agua caliente corre por el suelo de la cabina. Me apoyo contra los azulejos, recuperando el aliento. Hugo está apoyado en la pared opuesta, el pelo pegado a la frente, con esa maldita sonrisa intacta.

—¿Siempre recibes así a los desconocidos? —dice— ¿O tengo que sentirme especial?

Le tapo la boca con la mano antes de que termine la frase. Su sonrisa se ensancha bajo mi palma.

—Cállate. —Aprieto un poco más—. Cállate. Cállate de una puta vez.

Hugo abre los ojos como platos. No de miedo. De pura satisfacción. Los entorna despacio, como un gato al sol, y levanta una ceja por encima de mi mano.

Retiro la palma.

—Dios mío —murmura—. Eso es lo más suave y amigable que me has dicho en todo el día.

Me separo de él, salgo de la cabina y agarro mi toalla del suelo donde cayó. Me la anudo a la cintura sin mirarlo. Abro mi taquilla, saco la ropa interior, los vaqueros, el jersey. Me visto con movimientos precisos, mecánicos. Como si pudiera ordenar con la ropa lo que acaba de pasar.

Hugo sale de la ducha detrás de mí, el agua resbalando por su pecho, completamente desordenado y completamente tranquilo. Me mira mientras me pongo los zapatos.

No digo nada.

Cojo el bolso del gimnasio, cierro la taquilla y me dirijo hacia la puerta. La empujo con el hombro.

—Oye —dice Hugo.

Me detengo. Sigo sin girarme.

El silencio dura tres segundos exactos.

Empujo la puerta y salgo.

El pasillo del hotel me recibe con su moqueta beis y su luz artificial de siempre.

Camino hacia el ascensor con el bolso colgado al hombro.

Pulso el botón. Espero. Las puertas se abren.

Entro. Me reflejo en el espejo metálico del interior: el pelo húmedo, la mandíbula apretada, los ojos grises mirando a ninguna parte.

Las puertas se cierran.

Y en el silencio del ascensor, con el estómago todavía revuelto y los nudillos aún tensos, empiezo a ser consciente de la tremenda estupidez que he cometido.