Calor Bajo Cero Capítulo 10 Elena
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Capítulo 10 Elena

Arrastro la última silla hacia la pared mientras suspiro. El cansancio de la fiesta con los suizos sigue ahí, como un eco lejano. Menos mal que hoy toca clase con el INSERSO, gente que no espera imposibles de mí, solo que les dé un poco de alegría y movimiento a sus huesos cansados.

Recojo un vaso de plástico olvidado bajo una mesa. Mi prima debería estar aquí ayudándome, pero seguro que está de compras después de contar el dinero que sacamos anoche tres veces antes de acostarse.

Por la ventana veo a Matilde y a Paco esperando fuera, puntuales como siempre. Ella con su moño perfecto y él con su bastón que apenas usa para bailar. Me acerco a la puerta con las llaves.

—Buenos días, mis artistas. Sois los primeros hoy —los saludo mientras abro—. Pasad, que hace frío.

—Niña, ¿otra vez trabajando hasta tarde? —Matilde me examina con ojo crítico—. Tienes ojeras hasta el suelo.

—No exageres, mujer —le sonrío mientras entran—. Solo fue una actuación para unos turistas que se alargó más de lo necesario.

Estoy abrochándome la falda de ensayo cuando los veo aparecer por la calle. La suiza rígida de anoche y su compañero, el que parecía simpático. Ella camina como si fuera a una entrevista de trabajo, toda tiesa y con la cara seria. Él viene relajado, mirando las flores de las macetas con curiosidad.

Me quedo paralizada un instante. ¿Qué hacen aquí? No me digas que mi prima ha organizado otra de sus brillantes ideas sin consultarme.

—Paco, ¿puedes buscar el CD que debe estar junto al equipo? —le pido mientras me acerco a la puerta.

Respiro hondo. No sé qué querrán, pero tengo clase en diez minutos y no estoy para tonterías. La veo acercarse con determinación, como quien va a firmar un contrato o a declarar la guerra.

Abro la puerta antes de que lleguen y me apoyo en el marco, cruzando los brazos.

—Buenos días —digo, sin poder evitar que mi voz suene desafiante—. No esperaba volver a veros tan pronto.

—Mi amiga viene a disculparse —dice Tomás con una sonrisa conciliadora—. Lo de anoche fue... bueno, digamos que no estaba en su mejor momento.

Natalia permanece rígida a su lado, con la mirada fija en algún punto sobre mi hombro. Tiene el pelo recogido en una coleta tan tensa que parece dolerle.

—No esperaba veros aparecer más —respondo sinceramente—. Para mí estaba claro que era una broma lo de las clases y la apuesta. Nadie se compromete a nada cuando está... en ese estado.

Alzo las cejas con intención y me dispongo a despedirlos educadamente. Tengo a mis jubilados esperando y, francamente, ya tuve suficiente espectáculo anoche.

—Todo lo contrario —me interrumpe Natalia de repente, su voz cortante como el filo de una navaja—. Vengo a apuntarme a las clases. Me lo voy a tomar muy en serio.

Sus ojos finalmente encuentran los míos, desafiantes.

—Tengo que demostrar a todos que no soy la típica chica que solo vive para el trabajo.

Tomás gira la cabeza tan rápido hacia ella que casi puedo oír el crujido de su cuello.

—¿Qué? Pero si hace cinco minutos me has dicho todo lo contrario —murmura él, confundido—. Dijiste que solo venías a disculparte y a...

—He cambiado de opinión —le corta ella con firmeza.

Me quedo mirándola, tratando de entender a qué juego está jugando. Sus ojos brillan con determinación, pero hay algo más ahí... ¿orgullo herido? ¿vergüenza?

—Bueno... —digo finalmente, encogiéndome de hombros—. Negocio es negocio. Si quieres, puedes unirte a los del INSERSO hoy para ver tu nivel.

Señalo con la cabeza hacia el interior, donde ya escucho a Matilde discutiendo con Paco sobre quién va a ponerse más cerca del espejo.

—Empezamos en diez minutos. Los demás estarán al llegar.

Natalia asiente con firmeza, como quien acepta una misión de alto riesgo.

—Tú puedes marcharte —le dice a Tomás sin mirarlo—. Yo me quedo.

* * *

Intento concentrarme en la clase, pero es imposible no notar el desastre que tengo a mi derecha. La suiza —Natalia, me recuerdo— parece haber sustituido sus huesos por palos de fregona. Cada vez que doy una instrucción, ella hace exactamente lo contrario.

—Y ahora, un taconeo suave, solo con la punta. Tac-tac-tac... —demuestro, marcando el ritmo con las manos.

Matilde y Paco lo siguen con sorprendente agilidad para sus setenta y tantos. Los demás jubilados también llevan el compás bastante bien. Pero Natalia... madre mía.

—¡PLAM-PLAM-PLAM! —su pie entero golpea el suelo como si quisiera atravesarlo, completamente fuera de tiempo.

Intento no reírme. De verdad que lo intento.

—Natalia, más suave, solo con la punta —le digo por tercera vez—. Imagina que pisas algo delicado.

—Eso estoy haciendo —responde entre dientes, con la cara roja como un tomate.

A mi lado, Paco suelta una risita.

—Niña, pareces un pato con zapatos nuevos —le dice con esa franqueza brutal de los ancianos—. ¿No tienes oído?

Natalia se detiene en seco. Su mirada podría congelar el infierno.

—¿Perdón? ¿Quién se supone que es usted para criticarme? —espeta con los puños apretados—. Al menos yo puedo mantenerme en pie sin bastón.

El silencio cae como una losa. Paco se pone rígido.

—Este bastón lo llevo desde que me operaron de la cadera después de cuarenta años trabajando en la construcción, señorita —responde Paco, su voz temblando—. Y aun así, bailo mejor que tú.

Los demás jubilados murmuran, indignados. Matilde da un paso al frente.

—¿Quién te crees que eres, niña? —le suelta—. Vienes aquí con tus aires de superioridad...

Suspiro profundamente mientras el caos se desata. La suiza es una pesadilla con patas. Aplaudo con fuerza para llamar la atención.

—Todo el mundo, pausa. —Golpeo mis manos tres veces, como siempre hago cuando la sala se descontrola—. Paco, Matilde, seguid con el paso básico. Yo os veo en un momento.

Los jubilados regresan al ritmo con algo de refunfuños. Natalia sigue clavada en el sitio, la mandíbula apretada como si masticara piedras.

Me acerco a ella sin prisas.

—Fuera —le digo en voz baja.

—Yo no he empezado —protesta.

—Fuera.

La guío hacia el pasillo con una mirada que no admite negociación. Ella sale primero. Yo cierro la puerta a medias para no perder de vista a mis alumnos.

—Mira —empieza ella—, no soy yo la que...

—Aquí se respeta, ¿entendido? —la corto—. Paco tiene más duende en el bastón que tú en los dos pies juntos.

Natalia abre la boca. La cierra. Noto que le cuesta una barbaridad callarse.

—De acuerdo —dice al final, cada sílaba medida como si costara dinero.

Volvemos dentro. Los jubilados la observan con la suspicacia particular de quien lleva décadas midiendo a las personas. Natalia lo nota, se pone más rígida todavía, y cuando Paco abre la boca de nuevo me preparo para lo peor.

—Hija —dice él, con esa calma devastadora de los abuelos—, es que en vez de bailar parecía antes que huías de un enjambre.

Matilde suelta una carcajada tan fuerte que tiene que agarrarse al hombro de su vecina. El resto del grupo cede también, incluida yo, que me muerdo el carrillo para no notarlo.

Natalia mira el suelo. Luego a Paco. Luego a mí.

—¡Basta ya! —grito—. Paco, Matilde, por favor. Y tú —miro directamente a Natalia—, creo que es mejor que lo dejemos por hoy.

Natalia me mira como si la hubiera abofeteado.

—Pásate mañana a esta misma hora —continúo en tono más bajo—. Tendremos la sala para nosotras solas y podré ver qué puedo hacer contigo. Si de verdad quieres aprender algo en seis semanas antes de irte, necesitas un intensivo.

Natalia aprieta los labios, asiente secamente y se va a recoger su bolso del rincón. Antes de que Paco se vaya, se gira hacia él.

—Lo siento —murmura.

Al final la clase termina entre risas y Matilde le da dos besos a Natalia antes de marcharse, como si ya fueran amigas. Natalia no sabe muy bien qué hacer con eso.

Cuando ya han salido casi todos, la paro antes de que se marche y me quedo con ella en el estudio medio vacío. El silencio pesa diferente sin música.

—Postura —le digo, colocándome detrás de ella.

Le pongo una mano en el hombro para bajarle la tensión. Solo eso. Un gesto que repito diez veces al día.

Natalia se para.

No se aparta. No dice nada. Solo se queda quieta de una manera que no tiene nada que ver con el ritmo ni con el baile.

Yo también me quedo quieta un segundo de más.