Calor Bajo Cero Capítulo 9 Natalia
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Capítulo 9 Natalia

El frío de Sierra Nevada me abraza como una burla cruel. Atravieso la nieve hacia el edificio principal de la estación con cada paso hundido en vergüenza. El aire de montaña que debería despejarme solo amplifica mi dolor de cabeza, un recordatorio pulsante de mi estupidez.

—¡Pero si es la bailaora suiza! —exclama Tomás cuando me ve entrar, treinta y ocho minutos tarde según mi reloj.

Las risitas mal disimuladas de mis colegas me atraviesan como cuchillas. Mantengo la espalda recta, la barbilla alta, pero siento que la máscara de profesionalidad que he construido durante años se ha agrietado irremediablemente.

—Buenos días —pronuncio con una voz que intenta sonar firme pero sale rasposa.

El director técnico, un hombre de unos cincuenta años con chaqueta de la empresa, me mira con una mezcla de desaprobación y curiosidad. No estaba anoche. No vio mi espectáculo patético, pero seguro que ya se lo han contado con todo lujo de detalles.

—Señorita Durán, nos alegramos de que haya podido unirse a nosotros —dice con ese tono que reservan los superiores para cuando quieren humillarte sin parecer descorteses.

Me siento en la única silla libre, consciente de cómo Ramírez y Salgado, dos ingenieros que anoche aplaudían mis ridículos intentos de taconeos, ahora susurran mirándome de reojo. La presentación sobre los nuevos sistemas de tracción continúa como si nada, pero yo apenas puedo concentrarme.

Tomás se inclina hacia mí.

—¿Cómo va esa cabeza? ¿Lista para otra ronda de palmas esta noche?

Le lanzo una mirada que podría congelar el infierno. Él sonríe, imperturbable.

—Solo bromeo, Nat. Relájate.

¿Relajarme? ¿Cómo voy a relajarme cuando he tirado por la borda tres años de construir una reputación impecable? Seis semanas. Tengo que aguantar seis semanas en este proyecto, rodeada de gente que ya no me respeta, que me ve como la ingeniera estirada que se descontroló con dos vasos de sangría.

Y lo peor es que ni siquiera recuerdo haberle prometido nada a esa bailarina. Elena. Su nombre aparece en mi mente como una acusación. Según Tomás, le prometí asistir a clases privadas. ¿En qué demonios estaba pensando?

La pausa para el café llega como una tregua falsa.

Me levanto con mis notas, mi portátil, mis cálculos impecables de esta mañana que nadie ha mirado porque todos estaban demasiado ocupados conteniéndose la risa, y me dirijo a la zona de descanso.

El café de máquina huele a quemado pero lo acepto sin rechistar. Necesito algo caliente entre las manos.

El problema es que el grupo ya está ahí.

Ramírez enseña su teléfono a Salgado, que se dobla sobre sí mismo. Otra colega se tapa la boca con la mano pero sus hombros traicionan la carcajada. Uno de los técnicos de Sierra Nevada, al que ni conozco, mira la pantalla y suelta un silbido.

Nadie me mira directamente. Ese es el detalle más humillante.

—Nat. —Tomás aparece a mi lado con un café en cada mano y esa sonrisa suya que intenta ser salvavidas.

—No.

—Ni siquiera te he dicho nada.

—No quiero verlo.

Me pone el teléfono delante de todas formas.

El vídeo dura cuarenta y dos segundos. Los cuento.

Aparezco subida a la silla intentando mover los brazos como Elena mientras Tomás tira de mi manga desde abajo.

El audio capta perfectamente mi versión desafinada de algo que no era ninguna canción reconocible.

El pie derecho golpea la madera de la silla con una torpeza que no creía físicamente posible.

Al final pierdo el equilibrio y Tomás me sujeta del brazo justo antes del desastre.

Montones de reproducciones. En un grupo de WhatsApp donde aparezco yo sin saberlo.

—Tiene gracia —dice Tomás.

—Tomás.

—En serio, el momento del pie tiene un pase de comedia que muchos actores darían lo que fuera por conseguir.

—Para.

—Estás en el muro de los famosos de Wiegand AG Granada, eso es un honor, no cualquiera—

—Que pares.

Silencio.

Me bebo el café de un trago aunque está demasiado caliente. Noto el ardor bajar despacio por la garganta, real y concreto, algo a lo que aferrarme mientras el resto se me deshace.

Tres años. Tres años en Zúrich construyendo algo sólido, algo mío. Llevo en Granada exactamente veintidós horas.

Tomás me mira sin decir nada esta vez. Su sonrisa ha desaparecido.

—Oye —murmura.

—Estoy bien.

No estoy nada bien.

* * *

Unas horas más tarde, el ascensor desciende con un zumbido monótono mientras observo los números disminuir. Cinco, cuatro, tres... La cabeza ya no me duele tanto, pero la vergüenza sigue ahí, pesada como una losa.

—Entonces, Nat —Tomás rompe el silencio, apoyado contra la pared metálica con esa despreocupación que tanto me irrita—. ¿Vas a ir a las clases de flamenco como prometiste anoche o prefieres asumir que has perdido cien euros en la apuesta?

Me giro hacia él, confundida.

—¿Qué apuesta?

—La que hiciste con uno de los nuevos en el equipo. Salgado. Elena la bailaora estaba delante. Dijiste que podías aprender a bailar tan bien como ella en unas semanas. Apostaste cien euros.

La memoria regresa como un relámpago. Yo subida en esa silla, desafiando a la bailarina de ojos oscuros. El calor de la vergüenza me sube por el cuello.

—Dios mío...

—Fue bastante entretenido —sonríe Tomás—. Nunca te había visto así.

El ascensor se detiene y las puertas se abren. Salimos hacia el aparcamiento cubierto de nieve.

—Es absurdo —murmuro mientras ajusto mi abrigo—. ¿Yo? ¿Clases de flamenco? Nunca me ha interesado bailar. El arte no es lo mío.

—Lo sé —asiente Tomás—. Por eso fue tan divertido.

Le lanzo una mirada gélida.

—Iré a la academia —decido de pronto—. Pero solo para disculparme por mi comportamiento y aclarar este malentendido. No voy a tomar clases de baile.

—¿Y los cien euros?

—Los pagaré. Considéralo el precio de mi dignidad.

Tomás suelta una carcajada que resuena en el aparcamiento vacío.

—¿Sabes dónde está la academia?

—No, pero supongo que tú sí —respondo, sabiendo que necesito su ayuda aunque me cueste admitirlo.

—Te puedo llevar ahora si quieres.

Asiento, resignada. Otra cosa no, pero mi dignidad no se la quita nadie. Iré, me disculparé como la adulta que soy, pagaré mi deuda mañana a Salgado y olvidaré este episodio vergonzoso.

* * *

El coche de Tomás huele a esos ambientadores de pino que venden en las gasolineras. Bajo la ventanilla dos dedos mientras dejamos atrás Pradollano y la carretera empieza a serpentear entre pinos cargados de nieve.

—¿Tienes hambre? —pregunta Tomás, con los ojos fijos en la curva.

—No.

Mentira. Tengo un hambre atroz, pero reconocerlo significaría admitir que la resaca todavía me gobierna y eso no entra en mis planes.

Mientras el paisaje blanco va cediendo paso a los primeros tonos ocres de la sierra baja, abro el bloc de notas del móvil. Una columna con un signo más, otra con un signo menos. Metodología básica. Funciona para los proyectos de teleféricos, funciona para esto.

Mantener la apuesta: cien euros en juego. Seis semanas con algunas tardes ocupadas. Coste de oportunidad elevado. Riesgo de hacer el ridículo de forma sistemática y documentada.

Rendirse: cien euros perdidos. Cierre limpio. Sin más vídeos circulando por los grupos internos de los empleados de la empresa.

El cálculo es obvio. Cien euros es lo que me cuesta un buen libro técnico. Una cena en Zúrich con vino. El precio de un taxi al aeropuerto. Completamente asumible.

Cierro el bloc de notas.

—Llegas muy callada —observa Tomás.

—Estoy pensando.

—Ya. —Hace una pausa—. Ese silencio tuyo de ingeniería.

—¿Hay otro tipo de silencio mío?

Se ríe por la nariz.

La carretera se abre y Granada aparece abajo, extendida en el valle como algo derramado. La Alhambra capta la luz de la tarde con esa arrogancia quieta que tiene. Aparto los ojos.

Cien euros. Precio aceptable. Asunto cerrado.

Pero entonces el cerebro, ese traidor, recupera una imagen concreta: el interior de la cueva, el calor compacto de las velas, el olor a tierra húmeda y jazmín.

Y esa mujer con la flor roja en el moño que me miraba desde el centro del tablado como si me hubiera visto hacer algo que yo misma no había visto.

No es la resaca lo que noto ahora en el estómago.

No sé lo que es, y eso me resulta bastante más incómodo que los cien euros.

—Gira a la izquierda en el Camino del Sacromonte —digo, con la voz plana.

—Lo sé, Nat. Yo también estuve allí anoche.