Capítulo 8 Hugo
Vuelvo a mostrar una sonrisa que he ensayado frente al espejo más veces de las que admito. Esa que dice "soy inofensivo pero interesante". La misma que uso cuando quiero que alguien me cuente un secreto. Pero Rubén Alarcón no es tan fácil como otros. Tengo que cambiar de estrategia.
—Hace un día espectacular, ¿verdad? —le digo, apoyándome ligeramente de nuevo en su mesa—. No me esperaba encontrar a nadie conocido por aquí.
Sus ojos grises me atraviesan como si fuera transparente. Ni siquiera finge una sonrisa.
—No nos conocemos.
Tres palabras. Cortantes como el hielo que una vez dominó.
—Bueno, conocido... —intento recomponer mi estrategia—. Me refiero a que todo el mundo sabe quién eres. Eres Rubén Alarcón.
Su mandíbula se tensa. Mira su cerveza como si estuviera considerando lanzármela a la cara.
—¿Y tú quién coño eres?
Me siento sin invitación. Error. Su expresión se endurece aún más.
—Hugo. Hugo Marín. Soy de Granada, bueno en realidad soy malagueño pero vivo ahora aquí.
No menciono el periódico. No todavía. Primer mandamiento del periodismo desesperado: nunca reveles tus cartas cuando la fuente ya está a la defensiva.
—Mira, Hugo de Granada o de donde seas. No sé qué mierda quieres, pero no doy autógrafos y prefiero estar solo.
Intento otra táctica.
—¿Vienes mucho por aquí? Yo acabo de descubrir este sitio. La vista es increíble.
—Tío, ¿Tú eres retrasado o que te pasa?. No. Y no me interesa hablar de vistas contigo.
Cada respuesta es un muro más alto. Mi sonrisa empieza a dolerme en las comisuras. El silencio se estira incómodo mientras él mira hacia las montañas, ignorándome activamente.
—¿Esquías? —pregunto finalmente, sabiendo que es una estupidez.
Su mirada podría congelar el infierno.
—¿Te estás burlando de mí?
—No, yo solo... —me atraganto con mis propias palabras.
Me doy por vencido. Esto no va a ninguna parte. Mi encanto, que según Elena funciona con "cualquier ser viviente con pulso", ha encontrado su criptonita en forma de esquiador amargado.
—Perdona por molestarte —digo levantándome—. No era mi intención incomodarte.
Me alejo hacia mi mesa, sacando otro cigarro del paquete. Lo enciendo con dedos nerviosos mientras pienso en cómo demonios voy a conseguir esa entrevista.
Necesito otro enfoque. Uno que no implique asaltar a Rubén Alarcón en una terraza como un acosador torpe.
Me siento como un perro apaleado. Mi orgullo periodístico arrastrándose por el suelo. Doy una calada profunda al cigarro mientras observo de reojo a Rubén. Él ni siquiera me mira. Para él, ya no existo. Apura su cerveza con un último trago largo, deja un billete bajo el vaso y se levanta.
Lo veo alejarse con ese andar ligeramente irregular que delata su lesión cuando cree que nadie lo mira. Su figura se recorta contra el paisaje nevado mientras desaparece calle abajo.
"Joder, Hugo, eres un genio", murmuro para mí mismo. "Primera regla del periodismo: no asustes a tu presa antes de cazarla".
Termino mi cerveza, pago y salgo tras él, manteniendo una distancia prudente. No es acoso, me digo, es investigación. La diferencia es sutil pero importante. O eso me repito para sentirme menos miserable.
Rubén camina despacio hasta el Hotel Meliá. Lo veo entrar por las puertas giratorias y desaparecer en el lujoso vestíbulo. Así que se hospeda ahí. Interesante. El Meliá no es precisamente económico, lo que significa que, a pesar de estar retirado, sus finanzas no van mal.
Me quedo parado frente al hotel, pensando en mi próximo movimiento. Entrar directamente sería demasiado obvio. Necesito un enfoque más sutil.
En el vestíbulo, veo a dos chicas sentadas en la cafetería. Ríen mientras revisan sus teléfonos. Por sus atuendos deportivos y el bronceado reciente, parecen esquiadoras. Quizás ellas sepan algo.
Me acerco con mi mejor sonrisa. La que mi amiga Elena llama "cara de gato con botas de Shrek".
—Perdón, ¿os importa si me siento? Estoy esperando a un amigo.
La más alta me mira de arriba abajo y sonríe.
—Claro, siéntate.
Me presento y las invito a un café. Pronto están contándome sobre su viaje, sus clases de esquí, los monitores guapos. Dejo caer el nombre del famoso Rubén como quien no quiere la cosa.
—Oh sí, lo vimos esta mañana en el desayuno —dice una—. Se sentó solo en aquella mesa del rincón.
—Al parecer ha contratado a un coach muy famoso y tienen reservada la sala anexa al gimnasio del hotel por las tardes —me comenta la otra—. O eso me dijo la de recepción cuando le dije si podía hacer pilates en la sala esta tarde.
—Es muy guapo pero da miedo acercarse —añade la otra—. Tiene una mirada... como si quisiera que todos desapareciéramos.
Asiento comprensivo mientras memorizo cada detalle. Al menos ahora sé sus rutinas. Es un comienzo.
Me termino el café de un trago, me despido de las chicas con una sonrisa y me dirijo a recepción con paso decidido. La recepcionista es joven, pelo rubio recogido en un moño perfecto, uniforme sin una arruga. Me mira antes de que llegue a su mostrador.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Hola. —Apoyo los codos en el mostrador con naturalidad estudiada—.
Soy periodista. Estoy preparando un reportaje sobre turismo de montaña en Sierra Nevada para una publicación nacional y me gustaría saber si el hotel ofrece acceso temporal a sus instalaciones para poder hacer una crónica completa.
El spa, el gimnasio, ese tipo de cosas. Ambiente de primera mano, ya sabe.
Ella me estudia un segundo demasiado largo.
—¿Tiene acreditación de prensa?
Rebusco en mi chaqueta como si la tarjeta pudiera materializarse por voluntad propia. La encuentro arrugada en el bolsillo interior, junto a un recibo de gasolinera y lo que parece ser una pipa de girasol.
—Aquí.
La examina. Es real, al menos eso lo tengo a mi favor. Aunque el nombre es prácticamente ya ilegible.
—Tendría que registrarse como visitante temporal. Nombre completo, por favor.
Y aquí es donde mi cerebro, que lleva horas funcionando a pleno rendimiento, decide tomarse un descanso.
—Hugh... Marinas.
Lo digo con un acento inglés espantoso que aparece de la nada, como una maldición.
Ella levanta la vista del teclado.
—¿Perdón?
—Hugh Marinas —repito, comprometido ya con el desastre—. Con hache.
Sus dedos se detienen sobre el teclado. Me mira. Me mira de verdad, con esa mirada que tienen los recepcionistas de hotel cuando están calculando si llamar a seguridad.
—¿Es usted español?
—Sí. El nombre es... familiar. Por parte de mi padre.
Teclea despacio, como si cada letra fuera una oportunidad para reconsiderar. Imprime una tarjeta, la desliza hacia mí sin entusiasmo. Acceso a zonas comunes, gimnasio, spa.
—El gimnasio cierra a las diez.
—Perfecto. Gracias, Lucía —leo su placa—. Es usted muy amable.
Me alejo del mostrador con la tarjeta en la mano antes de que cambie de opinión.
El gimnasio está en la planta baja, pasado el spa.
Lo localizo en el mapa del hotel que hay junto a los ascensores.
Zona de entrenamiento funcional, aparentemente con reserva privada hasta las seis y media de la tarde.
Lo que significa que Rubén termina a las seis y media y que la sala completa estará otra vez disponible a partir de entonces.
Miro el reloj. Las cinco y cuarto.
Tengo tiempo.
Me siento en uno de los sofás del vestíbulo, frente a la chimenea, y saco la libreta. Escribo el horario, el nombre del coach que mencionaron las chicas, la sala anexa. Todo lo que sé, que tampoco es tanto.
Y entonces, sin que lo invite, llega el pensamiento que llevo ignorando desde que salí de la terraza.
Rubén Alarcón lleva tres años sin hablar con nadie. Tres años construyendo un silencio que tiene la solidez de algo deliberado. No es un hombre que se haya perdido. Es un hombre que ha elegido no ser encontrado.
Cierro la libreta.
La vuelvo a abrir.
Escribo: acceso gimnasio, 18:30.
El periodismo requiere sacrificios. Incluso el moral. Julián me dará una semana más si consigo algo tangible y Rubén Alarcón es la historia más tangible que ha pasado por Granada en años.
Me recuesto en el sofá y observo las llamas en la chimenea mientras espero que el reloj avance.