Calor Bajo Cero Capítulo 7 Natalia
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Capítulo 7 Natalia

Abro un ojo. La luz me apuñala directamente el cerebro. El móvil suena por tercera vez con ese pitido infernal que parece taladrarme el cráneo. Intento apagarlo, pero mis dedos torpes lo empujan fuera de la mesita. Cae al suelo con un ruido que amplifica mi dolor de cabeza.

—Mierda, mierda, mierda...

Me arrastro hasta el borde de la cama. El mundo se tambalea cuando intento incorporarme. Una oleada de náuseas me sube por la garganta. Respiro hondo, trago saliva. Mi estómago es un nudo pesado y turbulento.

—¡Joder! ¡Soy idiota!

Me levanto tambaleándome. El baño parece estar a kilómetros de distancia. Cada paso es una tortura. Me miro en el espejo y apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada: ojos hinchados, pelo enmarañado, restos de rímel corrido. Un desastre absoluto.

La ducha es rápida y dolorosa. El agua caliente no alivia mi malestar. Me visto con lo primero que encuentro: unos pantalones negros y una camisa blanca que no necesita plancha. Ni siquiera tengo tiempo de secarme bien el pelo. Lo recojo en una coleta improvisada.

—Eres una profesional, Natalia. Una puta profesional —me reprendo mientras busco desesperadamente mi carpeta con los informes.

Salgo corriendo del apartamento, tropezando con mis propios pies. El sol de Granada, pese a ser invierno, es despiadado esta mañana, como si quisiera castigarme personalmente por mis excesos.

En la plaza busco un taxi con la desesperación de quien busca agua en el desierto.

Fragmentos de la noche anterior comienzan a filtrarse en mi conciencia: yo subida a una silla, intentando marcar compás con los tacones como una flamenca poseída.

La cara de horror de Tomás. Mi voz, demasiado alta, retando a la bailaora a que me enseñara.

—Oh, Dios mío...

Recuerdo vagamente a Tomás sujetándome por la cintura, sacándome de la cueva mientras yo seguía cantando desafinada. Él ayudándome a subir las escaleras del apartamento. Sus manos gentiles quitándome los zapatos.

—Soy la peor ingeniera de la historia —murmuro mientras por fin diviso un taxi libre—. La peor persona. La peor española expatriada.

Un taxi se detiene. Me subo de un salto.

—A la estación de Sierra Nevada, por favor. Y si puede volar, mejor.

El conductor me observa por el retrovisor. Sus cejas suben despacio, con esa expresión de quien no necesita decir nada pero lo va a decir igualmente.

—Qué buena fiesta seguro anoche, ¿eh?

Quiero tirarme del coche. Quiero abrir la puerta y rodar por el asfalto y que me recoja una ambulancia y llevarme a un hospital donde nadie me conozca ni sepa que anoche subí a una silla de madera con los tacones puestos.

—Reunión de trabajo —digo con toda la dignidad que me queda, que es poca.

El conductor suelta una risilla y no vuelve a mirarme. Bien.

Bajo la vista a mis pies y el universo termina de hundirse. Zapato negro de piel en el pie izquierdo. Deportiva gris de trail en el derecho. Los dos son cómodos, supongo. Los dos son míos. Eso es lo único positivo que puedo extraer de esta situación.

Saco el portátil de la mochila. La pantalla me hiere los ojos pero la necesito. Abro un documento nuevo de Excel con dedos que todavía no obedecen del todo.

Errores del Sacromonte - Plan de mitigación.

La hoja en blanco me recibe como un confesionario. Empiezo a escribir:

1. Consumo excesivo de sangría. Causa: presión social + vaso sin control. Solución: establecer límite de dos consumiciones en eventos laborales. Implementación: inmediata.

2. Subida a silla. Causa: desinhibición etílica. Consecuencias: daño reputacional moderado-severo. Solución: evitar superficies elevadas en contextos festivos.

3. Zapatos distintos. Causa: rutina matutina de 47 minutos comprimida en 12. Solución: preparar bolsa de emergencia la noche anterior.

Me detengo.

Hay algo más. Algo que flota en el borde de mi memoria como un barco que no termina de atracar. Una cara. Una voz. Un momento en el que yo dije algo, o prometí algo, y la otra persona asintió, o sonrió, o extendió la mano.

¿Qué prometí?

Cierro los ojos. El taxi coge la carretera hacia la sierra y el sol empieza a proyectarse distinto, más frío, más limpio.

Intento reconstruir la secuencia: el espectáculo, la sangría, la silla, Tomás agarrándome por el codo.

.. y antes de eso. Justo antes. Había alguien.

Una mujer con el pelo oscuro y una flor roja que ya se le estaba cayendo del moño.

Me miraba con una expresión que no era enfado exactamente, sino algo más complicado. Curiosidad mezclada con fastidio.

Le dije algo. Ella respondió. Yo asentí con demasiado entusiasmo.

¿Qué dije?

Abro una celda nueva en la hoja de cálculo.

4. Promesa no identificada. Destinatario: probable bailaora. Naturaleza: desconocida. Riesgo: alto. Solución: AVERIGUAR URGENTE.

El taxi empieza a subir la carretera serpenteante hacia la estación. Los pinos aparecen a los lados, cubiertos de nieve en las ramas más altas. El paisaje es limpio y brutal y no me ayuda en absoluto a recordar.

Marco el número de Tomás. Cuatro tonos. Cinco.

—¿Nat? —suena nervioso—. Son ya las nueve y cuarto.

—¿Qué prometí anoche?

Silencio.

—Tomás. Necesito saberlo ahora mismo.

—Mmm. —Escucho cómo se mueve, cómo carraspea—. Muchas cosas, la verdad.

—Específicamente. A la bailaora.

Otro silencio, este más largo. Demasiado largo.

—Clases —dice al fin—. Prometiste dar clases de flamenco.

Guardo el portátil. Miro por la ventana. La nieve en las cumbres brilla como si se estuviera riendo de mí.

Añado una última fila a la hoja de cálculo antes de cerrarlo:

5. Clases de flamenco. Estado: inevitable.