Capítulo 6 Rubén
El espejo del baño devuelve una imagen que todavía me cuesta reconocer.
Ojos grises que ya no brillan como antes.
Una cicatriz en la ceja que cuenta una historia que preferiría olvidar.
Me paso la mano por el pelo, ligeramente despeinado.
Han pasado meses, pero cada mañana sigue siendo una pequeña batalla.
El Hotel Meliá es demasiado lujoso para mi estado de ánimo actual. Elegante, moderno, lleno de gente que sonríe demasiado. Volví a dormir casi doce horas. Mi cuerpo lo necesitaba, supongo. Algo bueno tenía que salir de este viaje.
Bajo a desayunar más tarde de lo que debería. El bufé sigue abierto, pero casi vacío. Mejor. Menos miradas, menos preguntas, menos "¿Tú no eres...?". Cargo el plato con huevos, tostadas, fruta. Como mecánicamente mientras miro por la ventana. Sierra Nevada. Blanca, imponente, hermosa. Y aterradora.
La conversación de ayer con Marcos sigue dando vueltas en mi cabeza. Mi manager siempre tan insistente, tan pragmático.
—Los patrocinadores se ponen impacientes, Rubén. Salomon, Oakley... todos preguntan cuándo volverás.
—No es tan fácil —le dije, mirando a la pantalla—. No puedes entenderlo.
—Solo te pido que lo intentes. Unas semanas en Sierra Nevada. Diferente ambiente, diferentes pistas. No es Andorra.
No es Andorra. Como si el problema fuera la montaña y no yo.
Termino el desayuno y decido salir a Pradollano. El aire gélido me golpea la cara. Respiro hondo. No está mal. Es casi... reconfortante. Camino entre turistas que cargan esquís, familias riendo, principiantes tambaleándose en sus botas. Todos ajenos a la guerra que se libra dentro de mí.
Las tiendas de equipamiento deportivo aún exhiben algunas carteles con mi cara. Campañas del pasado que ahora parecen burlas. "Vuela como Alarcón", dice uno. Casi me río. Volar. Caer. La línea es tan fina.
Sigo caminando. Me detengo frente a las pistas. Observo a los esquiadores descender, trazar curvas perfectas sobre la nieve. Algo se remueve dentro de mí. ¿Nostalgia? ¿Envidia? ¿Miedo?
Prometí a Marcos que lo intentaría. Que me pondría los esquís de nuevo.
Que volvería a ser quien era. Pero mientras miro esas pendientes, siento que mis piernas se convierten en plomo.
Mi mente reproduce el accidente una y otra vez.
El error de cálculo. La velocidad. El impacto. El silencio después.
Sierra Nevada no es Andorra, cierto. Pero yo sigo siendo el mismo hombre roto que salió de aquella pista en camilla.
Me siento en una terraza que da a la pista principal. Hace buen tiempo, el sol brilla pero no calienta demasiado. Perfecto para esquiar. Perfecto para todos menos para mí. Pido una cerveza y el camarero me mira dos veces antes de asentir. Me reconoce, pero tiene la decencia de no decir nada.
Saco mi móvil. Tres mensajes de Marcos:
El coach estará en el gimnasio del hotel a las cuatro. Es bueno, trabajó con Javier Fernández después de su lesión.
No te rayes, solo es un primer contacto.
Contéstame, capullo.
Guardo el móvil sin responder. El coach especializado. La rehabilitación. El regreso triunfal. Todo suena tan simple en boca de Marcos. Tan limpio. Tan alejado de la realidad.
Mi hombro derecho palpita con un dolor sordo. Lo mismo que mi pierna. Es el frío, me digo, aunque no hace tanto. O quizás solo me lo imagino. La mente jugando con el cuerpo, el miedo convertido en dolor físico. Ya no sé qué creer.
Le doy un trago a la cerveza. No debería estar bebiendo si voy a tener sesión de rehabilitación. Pero tampoco debería estar aquí, en Sierra Nevada, contemplando un regreso que parece más una pesadilla que un sueño.
La terraza está casi vacía. Unos críos con bocadillos ríen en una esquina, probablemente tomando un descanso de sus clases de esquí. Tienen esa despreocupación que solo existe antes de que la vida te rompa. Los envidio.
En otra mesa hay un tipo que desentonaría en cualquier parte de la estación.
Grande, musculoso, con una barba cuidada pero rebelde.
Lleva una chaqueta de cuero que ha visto mejores días y fuma como si el cigarrillo le debiera dinero.
No tiene pinta de esquiador. Ni siquiera va vestido para el frío de montaña.
Parece más un portero de discoteca que se ha perdido camino al trabajo.
Con esos músculos, seguro que se mete algo más que proteínas.
Nuestras miradas se cruzan un instante. Aparto la vista rápidamente, pero siento que sigue observándome. Genial. Lo último que necesito es un tipo raro acosándome.
En un par de horas a las cuatro de la tarde. El profesor especializado me espera. Mi futuro me espera. Pero aquí estoy, paralizado frente a una cerveza que ya no quiero, con un dolor que quizás no existe y un miedo que es más real que nunca.
Levanto la vista y, efectivamente, el tipo de la barba viene directo hacia mí. Lo que me faltaba. Seguro que me ha reconocido y quiere un autógrafo, una foto, o contarme cómo su sobrino es un gran fan. Aprieto la mandíbula. No estoy de humor para fingir amabilidad.
Se planta frente a mi mesa con ese cigarrillo humeante entre los dedos. Huele a tabaco puro y a algún tipo de colonia demasiado intensa. De cerca, sus músculos parecen aún más exagerados bajo la chaqueta de cuero. No tiene pinta de haber tocado unos esquís en su vida.
—¿Tampoco tienes un buen día? —me pregunta, como si fuéramos viejos amigos.
Su voz es grave, con un acento andaluz marcado. Miro alrededor buscando una vía de escape, pero solo encuentro la nieve y el cielo azul como testigos de esta invasión a mi privacidad.
—Estaba perfectamente hasta hace un minuto —respondo, dando un sorbo a mi cerveza sin mirarlo.
Suelta una risa corta y, en vez de captar la indirecta, arrastra la silla frente a mí y se sienta. El humo de su cigarrillo me llega directamente a la cara.
—¿Te importaría? —señalo el cigarrillo con disgusto—. Algunos intentamos respirar.
—Perdona, tío —lo apaga contra la suela de su bota—. La costumbre.
Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La madera cruje bajo su peso. Sus ojos tienen un brillo travieso que me incomoda.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto con tono cortante—. Porque si buscas compañía, hay mesas vacías por todas partes.
—Solo buscaba una cara amiga en este desierto blanco —responde, y entonces sonríe.
Su sonrisa transforma su rostro por completo. Debajo de esa barba cuidada aparece una expresión cálida, casi luminosa. Los rasgos duros se suavizan, y por un momento, me descoloca. Es... guapo. De una manera poco convencional, pero innegablemente atractivo.
Me encuentro mirándolo más tiempo del necesario y aparto la vista, molesto conmigo mismo.
—Pues has elegido la mesa equivocada. No soy amigo de nadie, y menos de desconocidos que interrumpen mi momento de paz.