Capítulo 5 Elena
Me miro en el móvil mientras me ajusto una flor roja en el moño. Mis pies, enfundados en zapatos negros con tacón, ya golpean el suelo con impaciencia. Son las doce menos cuarto de la noche y los malditos guiris de esa empresa suiza aún no han aparecido.
—¿Alguna noticia de esos? —grito hacia la cocina, donde Soleá prepara más sangría como si fuéramos un chiringuito de playa.
—Que ya vienen, mujer —responde mi prima, asomando la cabeza con esa sonrisa suya de vendedora de enciclopedias—. Que han llamado hace cinco minutos, que estaban terminando de cenar.
Resoplo mientras me acomodo el mantón sobre los hombros. El traje de flamenca me aprieta y el maquillaje me pesa. Me siento como un mono de feria esperando a que lleguen los turistas con sus cámaras y sus "¡olé!" desafinados.
—Odio esto, Soleá. Lo sabes, ¿verdad?
Mi prima sale de la cocina con una jarra enorme de sangría. Lleva un delantal sobre su vestido rojo, pero aun así parece más auténtica que yo con todo mi atuendo.
—Ya lo sé, Elena. Pero esa gente paga en una noche lo que diez alumnas en un mes.
Tiene razón y eso es lo peor. La academia nos está comiendo vivas. El alquiler sube, la luz sube, todo sube menos las ganas de la gente de aprender flamenco de verdad. Ahora todos quieren la experiencia rápida, el souvenir viviente, la foto para Instagram.
—Además —continúa Soleá mientras coloca vasos—, me han dicho que vienen algunos jefazos nuevos. Suizos, creo. Si les gusta, igual contratan más sesiones privadas en otra ocasión. Ya sabes lo bien que funciona el boca a boca en estas cosas.
Me siento en una silla y estiro las piernas. El tablao está preparado, limpio y con las luces puestas. Las guitarras esperan a los músicos que están fuera fumando. Todo listo para el espectáculo, para vender ese pedacito de Andalucía envasada que tanto gusta a los extranjeros.
—No me importa si son los dueños de los Alpes enteros —murmuro—. A las doce y media se acaba mi número, me quito estos trapos y me voy a dormir.
Soleá se ríe mientras termina de colocar las mesas.
—Anda ya, que cuando te pones a bailar se te olvida todo. Hasta que odias a los guiris.
* * *
Me retiro del tablao con el corazón latiéndome en la garganta.
El sudor me resbala por la espalda mientras los aplausos continúan.
Estos suizos aplauden como si acabaran de ver algo extraordinario, cuando solo les he mostrado la mitad de lo que puedo hacer.
La verdad es que no esperaba tanta entrega por su parte.
Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y me dirijo a la barra improvisada donde Soleá ya está sirviendo el resto de la sangría. Un tipo con pinta de técnico —creo que se llama Tomás— se acerca y levanta su vaso vacío.
—¿Podríamos tener más? Ha estado increíble, de verdad.
Estoy a punto de decirle que la sangría incluida eran solo dos vasos por persona —que estos no son los tiempos de mi abuela cuando todo se regalaba— pero Soleá aparece como un rayo con su mejor sonrisa comercial.
—¡Por supuesto! Ahora mismo preparo más —dice mientras me lanza una mirada de "ni se te ocurra contradecirme".
Suspiro. No tengo energía para discutir con ella ahora.
Me quito la flor del pelo y me aflojo un poco el moño mientras observo a los asistentes.
La mayoría son hombres, ingenieros seguramente, que ahora hablan animadamente entre ellos, probablemente de cómo van a contar esta experiencia "auténtica" cuando vuelvan a sus casas.
Y entonces veo a esa chica de nuevo. Sentada algo apartada del grupo, con el primer vaso de sangría intacto.
Pelo castaño recogido en una coleta perfecta, ropa de marca que grita "soy perfecta" y una expresión de absoluto agotamiento en el rostro.
Parece que en cualquier momento se deslizará de la silla y se quedará dormida en el suelo.
Me recuerda a esos gatos que luchan contra el sueño hasta que simplemente se desploman.
Por alguna razón, no puedo dejar de mirarla. Hay algo en su forma de estar, tan fuera de lugar y a la vez tan consciente de ello, que me resulta casi hipnótico. Mientras todos celebran y disfrutan, ella parece estar contando los minutos para poder marcharse.
Me da algo de pena verla así, como un pez fuera del agua. Sin pensarlo demasiado, me acerco a ella con un vaso de agua fresca en la mano. Su mirada se levanta lentamente hacia mí, como si le costara enfocar.
—You look... ¿pálida? ¿Want water? —le pregunto en mi inglés de supervivencia, ese que he aprendido a base de turistas y que hace que Hugo se muera de risa cada vez que lo intento.
Me mira como si acabara de insultarle a toda su familia. Sus ojos, que parecían apagados hace un momento, se encienden con algo parecido a la indignación.
—Soy española —me responde en un castellano perfecto, aunque con un ligero acento que no logro ubicar—. No necesito que me hables en inglés.
El calor me sube por el cuello hasta las mejillas. Mierda.
—Perdona, es que... no me lo parecías —las palabras se me escapan antes de poder filtrarlas—. Estabas tan rígida durante el espectáculo, tan... poco rítmica...
¿Por qué no me callo? Cada palabra que digo empeora la situación. La mujer endereza la espalda como si le hubiera dado una descarga eléctrica.
—¿Perdona? —su tono es tan afilado que casi puedo sentir cómo me corta.
De pronto, como si quisiera demostrarme algo, agarra el vaso de sangría que ha estado ignorando toda la noche y se lo bebe de un solo trago. Se limpia los labios con el dorso de la mano en un gesto sorprendentemente despreocupado para alguien con ese aspecto tan pulcro.
—Yo también puedo ser divertida si quiero —declara, aunque sus ojos dicen otra cosa completamente distinta.
Tomás aparece de la nada, como si tuviera un radar para situaciones incómodas.
—Natalia lleva tres años en Suiza —explica con una sonrisa nerviosa—. Le cuesta un poco... ya sabes, desconectar.
No es la primera vez que lo menciona esta noche. Parece que "tres años en Suiza" es la excusa universal para cualquier comportamiento extraño de esta mujer.
—Ya veo —respondo, sin saber qué más decir.
Miro alrededor. Qué equipo más raro de gente. Y a esta Natalia... ¿qué le pasa? Parece que tiene algún problema psicológico de verdad, o quizás es solo el efecto de vivir rodeada de relojes de cuco y chocolate.
* * *
Doy las últimas palmadas y termino con un zapateado que resuena en toda la cueva. Mantengo la pose final unos segundos mientras los aplausos estallan, algunos más entusiastas que otros. Siento el sudor de nuevo resbalándome por la espalda y el cansancio en las piernas. Ha sido una noche larga.
Me inclino brevemente en una reverencia y me dirijo hacia la parte trasera para tomar un poco de agua. Soleá ya está recogiendo los vasos vacíos con una sonrisa de satisfacción en la cara. El dinero de esta noche nos ayudará a pagar el alquiler del mes próximo.
—Elena, mira eso —me susurra señalando con la barbilla hacia el fondo de la sala.
Y entonces la veo otra vez. La mujer suiza-española, Natalia, está de pie sobre una silla, con el pelo ahora suelto y revuelto, la blusa desabrochada un botón más de lo apropiado, y un vaso de sangría en la mano que amenaza con derramarse con cada movimiento exagerado que hace.
—¡Os digo que tengo ritmo! —grita mientras intenta dar una palmada y casi pierde el equilibrio—. ¡En Suiza también sabemos bailar!
Tomás está a su lado, intentando convencerla de que baje de la silla, con una expresión de pánico absoluto en la cara.
—Natalia, por favor, mañana tenemos reunión a las ocho y media...
—¿Cuántos vasos se ha bebido al final? —le pregunto a Soleá, que observa la escena con una mezcla de horror y diversión.
—Creo que van cuatro o cinco —responde—. Y la última tanda la cargué un poco más de lo normal.
—¿Que hiciste qué? —le reprocho—. ¡Soleá, por Dios!
—¡Pensé que animaría el ambiente! —se defiende—. No esperaba... esto.
Natalia ahora está intentando hacer un taconeo sobre la silla mientras sus compañeros la animan entre risas. Algunos sacan sus móviles para grabar el espectáculo. Qué vergüenza ajena me da. Y pensar que hace una hora parecía que se iba a desmayar del aburrimiento.
—¿Y esta es la ingeniera jefa? —murmuro incrédula.
—Eso parece —responde Soleá—. Pobre mujer, no sabe beber.
Intercambio una mirada rápida con Soleá y sin necesidad de palabras nos dirigimos hacia la silla donde Natalia sigue con su espectáculo improvisado. La última vez que tuvimos un accidente con un turista alemán casi acabamos en el juzgado.
—Venga, señorita ingeniera, que ya has demostrado tu punto —le digo, extendiendo mi mano hacia ella.
—¡Pero si apenas estoy calentando! —protesta Natalia con los ojos vidriosos y las mejillas encendidas.
Soleá se coloca al otro lado de la silla.
—Cariño, si te caes nos cierran el local. Y esta cueva tiene más de doscientos años, sería una pena, ¿no crees?
Entre las dos conseguimos que baje, aunque se tambalea al tocar el suelo. Sus compañeros aplauden como si hubiera completado alguna hazaña.
—¡Yo también puedo bailar como tú! —me dice, señalándome con un dedo acusador—. No es para tanto.
—Claro que sí —respondo con ironía.
—¡Que lo demuestre! —grita uno de sus compañeros.
—¡Sí, Natalia, enséñanos cómo se baila en Suiza! —añade otro.
Antes de que pueda detenerla, Natalia se coloca en el centro de la sala e intenta imitar mi postura. Levanta los brazos como si fueran dos palos de escoba y da un taconeo que más parece un tropezón. Cuando intenta girar, casi se cae de bruces.
Es un desastre absoluto. Me muerdo el labio para no reírme, pero algunos de sus compañeros no tienen tanta consideración y sueltan carcajadas.
—Con un poco de práctica se aprende todo —interviene Soleá con tono conciliador—. Aunque una tenga poco ritmo.
Natalia se detiene, ofendida.
—¿Poco ritmo? ¡Apuesto a que podría bailar tan bien como ella si quisiera!
—¿Apostamos? —dice uno de sus colegas—. Cien euros a que no eres capaz de aprender flamenco en estas seis semanas que estás trabajando con nosotros.
—Ni en un año —dice otro—.
Veo cómo los ojos de Soleá brillan ante la mención de dinero. Antes de que pueda detenerla, mi prima ya está junto a Natalia.
—Tenemos cursos privados, ¿sabes? Elena es la mejor maestra de Granada. En unas semanas podría enseñarte lo básico.
—¿En serio? —pregunta Natalia, mirándome con desafío—. Pues me apunto. ¿Mañana mismo?
—Por la tarde tenemos un hueco —responde Soleá antes de que pueda abrir la boca.
—Perfecto —dice Natalia, sacando su móvil para intentar anotar la cita—. Mañana por la tarde estaré aquí.
Suspiro resignada. Lo que me faltaba. Seguro que cuando se le pase la borrachera y vea lo que ha hecho, ni aparecerá por la academia.
—Por cierto —dice Natalia, con ese tono de repente extrañamente profesional que no encaja con su pelo revuelto y sus mejillas coloradas—, ¿sabéis que estas cuevas tienen una capacidad de carga de aproximadamente cuatro toneladas por metro cuadrado?
La toba volcánica es sorprendentemente resistente.
Aquí podríais meter fácilmente el doble de gente.
Silencio absoluto.
Sus compañeros la miran. Soleá la mira. Yo la miro.
—Qué interesante —digo finalmente.
—¿Verdad? —responde ella, satisfecha, como si acabara de resolver algo importante.
Tomás cierra los ojos un momento con la expresión de alguien que lleva años acumulando paciencia para estos momentos exactos. Luego me mira con una sonrisa de disculpa que no necesita palabras.
—Tomás —le digo, posando una mano en su brazo y hablando despacio, como si le estuviera dando instrucciones quirúrgicas—, llévala a casa.
—Sí, sí, tienes razón —responde, pasándose una mano por el pelo—. Natalia, venga, que mañana madrugamos.
—Pero si todavía no hemos hablado de los coeficientes de elasticidad del terreno —protesta ella, señalando vagamente las paredes de la cueva.
—En el coche me lo cuentas todo —le dice Tomás, cogiéndola del codo con la habilidad de quien ha hecho esto antes.
Natalia deja que la guíe hacia la salida, aunque sigue mirando las paredes con interés técnico. En la puerta se gira hacia mí.
—Mañana por la tarde —me dice, señalándome con el dedo.
—Mañana por la tarde —repito, sin comprometerme a nada.
La veo desaparecer por el callejón empedrado, con Tomás sujetándola levemente del brazo mientras ella explica algo con gestos amplios hacia el cielo del Sacromonte. Sus compañeros empiezan a dispersarse también, entre risas y despedidas ruidosas.
Soleá aparece a mi lado con una sonrisa enorme pintada en la cara, el lunar falso bailándole junto a los labios.
—Clases privadas —dice, como si fueran dos palabras de oro—. Elena, esto es un regalo del cielo.
—Esta mujer mañana no se acuerda ni de su nombre, Soleá.
—O sí se acuerda —responde ella, encogiéndose de hombros con esa inocencia suya que nunca es del todo inocente—. Y nosotras necesitamos el dinero.
Me quito la flor roja del moño. Los pétalos están ya mustios en los bordes.