Calor Bajo Cero Capítulo 4 Natalia
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Capítulo 4 Natalia

Miro de nuevo el apartamento como si fuera un problema matemático imposible de resolver.

Polvo por todas partes, la maleta abierta en medio del salón, y ese olor a cerrado que no se va por más que llevo ventilando dos horas.

Seguro que nadie ha aireado siquiera en días desde los últimos inquilinos.

Unos años fuera de Granada y me reciben con este caos.

—¿Lista? —Tomás asoma la cabeza por la puerta cuando le abro—. Han reservado mesa en El Chikito, tienen un bacalao que...

—Solo hace un par de horas que me dejaste en este caos —lo interrumpo, señalando el desastre a mi alrededor—. Ni siquiera he tenido tiempo de organizar mis cosas en esos armarios que huelen a humedad.

—Por eso mismo —insiste con esa sonrisa que no entiende negativas—. Mejor salir a comer algo que quedarte aquí lidiando con todo esto. Ya lo arreglarás durante la semana.

Cierro los ojos un segundo. El zumbido del avión aún reverbera en mis oídos, y siento cada músculo tensado por el estrés del viaje. Lo que necesito es ordenar, clasificar, etiquetar. Crear control en medio del caos.

—Tomás, agradezco la invitación, pero preferiría...

—Vienen Marisa y Carlos, ¿te acuerdas? Los de mantenimiento. Y también estará el nuevo director de la estación. Es importante que los conozcas antes de empezar mañana.

Respiro hondo. En Suiza nadie me obligaría a socializar después de un viaje de seis horas con escala en Barcelona. En Suiza respetan los espacios personales, los tiempos, las rutinas.

—¿No podemos dejarlo para mañana? —pregunto, sabiendo ya la respuesta.

—Es domingo, Natalia. Mañana cada uno tiene sus planes. Venga, será solo un rato.

Miro mi reloj. Son las ocho y media. Si vamos a cenar, no volveré antes de las once. Mi plan era deshacer la maleta, colocar la ropa por colores en el armario, revisar los informes preliminares de los sistemas de tracción, y acostarme temprano para empezar fresca mañana.

—Dame quince minutos —cedo finalmente.

Mientras Tomás espera en el salón, me lavo la cara y me cambio la blusa. El cansancio pesa en mis párpados, pero lo peor es esta sensación de descontrol. Odio improvisar. Odio los planes de última hora. Odio no poder organizar mi espacio antes de salir.

—Será divertido —dice Tomás cuando salgo—. Como en los viejos tiempos.

Fuerzo una sonrisa profesional. Los viejos tiempos. Precisamente por eso me fui a Suiza.

* * *

El restaurante flota en un mar de voces que se mezclan como ecuaciones mal resueltas.

Miro el reloj por tercera vez en diez minutos mientras giro distraídamente la copa de vino entre mis dedos.

El Tempranillo —mi segundo de la noche— ha perdido su encanto inicial y ahora solo contribuye a una pesadez que se instala en mis párpados.

—Entonces mi hijo pequeño, ya sabes, el de cinco años, tuvo fiebre toda la semana —continúa Alberto, un técnico de mantenimiento cuyo nombre apenas recordaba hasta que Tomás me lo presentó—. La guardería es un nido de gérmenes, te lo digo yo.

Asiento mecánicamente mientras mi mente divaga hacia los informes de tensión de los cables que debería estar revisando. Los números, al menos, no me hablan de mocos infantiles ni de pediatras saturados.

—¿Y tú, Natalia? ¿Has formado familia en Suiza? —pregunta una mujer cuyo nombre he olvidado completamente, la única además de mí en esta mesa de diez personas.

—No, solo trabajo —respondo con una sonrisa profesional que he perfeccionado a lo largo de los años—. Diseñar los sistemas de tracción no deja mucho tiempo libre.

Risas educadas, como si hubiera dicho algo ingenioso en vez de la pura verdad.

Al otro lado de la mesa, Tomás florece como una planta tropical. Gesticula, ríe demasiado alto, palmea espaldas. Su capacidad para conectar con cualquiera siempre me resultó incomprensible. Para él, estas cenas son oxígeno; para mí, una lenta asfixia.

—Cuéntanos algo de Zúrich, Natalia —insiste Carlos, otro ingeniero con corbata de Mickey Mouse que no combina con nada—. ¿Es verdad que los suizos son tan puntuales como dicen?

—Más —respondo, notando cómo el vino suelta mi lengua—. Allí, llegar cinco minutos tarde a una reunión es prácticamente un delito.

—Pues aquí vas a tener que adaptarte otra vez al horario andaluz —bromea alguien, provocando otra ronda de risas.

Fuerzo otra sonrisa mientras el camarero retira platos y trae la carta de postres. Mi cerebro cansado calcula: postre, café, sobremesa interminable... no llegaré a la cama antes de medianoche. Mañana estaré exhausta para mi primer día.

Tomás me mira desde el otro extremo de la mesa y levanta su copa en un brindis silencioso. Le devuelvo el gesto automáticamente, pero mi mente ya está en otro lugar, muy lejos de esta mesa y de estas conversaciones vacías.

Aguanto unas horas más la tortura y justo cuando ya nos estamos levantando después de pagar, mi pesadilla comienza de nuevo.

—Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos ya al tablao? —Tomás aparece a mi lado mientras intento encontrar mi abrigo entre el montón apilado en una silla.

Mi cerebro, adormecido por el vino, tarda unos segundos en procesar sus palabras. ¿Tablao? ¿Qué tablao?

—¿Cómo? —pregunto, esperando haber escuchado mal.

—El espectáculo flamenco, Nat —Tomás sonríe mientras me tiende mi abrigo—. Te lo comenté esta mañana. Tenemos reserva en la Cueva de la Soleá, a cinco minutos caminando.

Un recuerdo vago emerge entre la niebla del cansancio. Sí, había mencionado algo sobre un "programa cultural", pero mi mente lo había descartado automáticamente como una amenaza lejana.

—Tomás, son casi las once —protesto, intentando no sonar demasiado desesperada—. Mañana tenemos que estar a las ocho y media en la estación.

—Por eso mismo —me guiña un ojo—. Ya vamos con retraso. El espectáculo debería haber empezado hace quince minutos.

A mi alrededor, el equipo ya se pone en movimiento, animados por la perspectiva de más alcohol y entretenimiento. Sus rostros brillan con expectación mientras yo solo puedo pensar en las horas de sueño que estoy perdiendo.

—Es una tradición —insiste Tomás, bajando la voz—. Siempre llevamos a los jefes de proyecto a ver flamenco. No puedes irte a dormir sin haberlo experimentado.

Suspiro profundamente. La palabra "jefe" activa mi sentido de responsabilidad profesional. No puedo ser la aguafiestas suiza que desprecia las costumbres corporativas.

—Está bien —cedo finalmente—. Pero solo un rato.

Salimos a la noche granadina, que me recibe con un aire helado que despeja momentáneamente mi cabeza.

Las calles empedradas del Sacromonte se retuercen frente a nosotros, iluminadas por farolas que proyectan sombras danzantes.

A lo lejos, la Alhambra resplandece como una aparición dorada contra el cielo negro.

Por un instante, algo en esta noche me toca. Quizás sea la belleza del lugar, o tal vez el vino, pero siento un nudo en la garganta. Unos años en Suiza y había olvidado cómo se siente esta tierra.

—Por aquí —Tomás señala una puerta excavada en la montaña, de donde escapan notas de guitarra y voces—. Bienvenida al corazón del Sacromonte.

La cueva se abre ante nosotros como una boca que lleva siglos tragándose secretos.

Entramos en fila desordenada. Yo me quedo cerca de la puerta mientras el grupo avanza hacia las sillas dispuestas frente a un pequeño escenario de madera.

Las paredes encaladas absorben la luz de las velas y la devuelven dorada, temblorosa.

Hay algo orgánico en este lugar, como si la roca respirara.

—¿Esto es como el Octoberfest pero con castañuelas?

Me giro. Es Markus, el ingeniero de Múnich que lleva tres horas sin pronunciar una frase completa en español. Sonríe con esa satisfacción de quien cree haber dicho algo brillante.

Tomás ahoga una carcajada. Yo necesito un momento para encontrar las palabras.

—No —respondo, en inglés, con una voz perfectamente plana—. Es completamente distinto.

—Ah. —Markus asiente como si le hubiera explicado un protocolo de seguridad—. Interesting.

Me desplazo hacia el otro extremo del grupo antes de que pueda preguntarme algo más.

El problema es que tampoco sé qué decirle exactamente.

Conozco el flamenco como conozco la arquitectura árabe o el jamón ibérico: de lejos, con el respeto distante que se le otorga a las cosas propias que nunca has terminado de hacer tuyas.

Soy española en los papeles y suiza en los hábitos.

Cántabra de nacimiento, tres años en Zúrich, y ahora aquí, en una cueva del Sacromonte que me resulta tan extraña como a Markus, aunque por razones muy distintas.

Encuentro una silla en el lateral y me siento.

Entonces llega el olor.

Jazmín, primero. Dulce y casi violento. Después algo más oscuro por debajo, como tierra mojada después de lluvia, como madera vieja, como el interior de los cajones de la casa de mi abuela en Santander.

No sé ponerle nombre a lo que ocurre en mis pulmones.

No es exactamente nostalgia, porque la nostalgia necesita un origen concreto y yo no tengo recuerdos de este lugar. Es más como el presentimiento inverso de algo. Como si el cuerpo reconociera una frecuencia que la cabeza todavía no ha catalogado.

Me froto las manos sobre las rodillas y miro el escenario vacío.

Las velas parpadean todas a la vez, sin viento.