Capítulo 3 Elena
El sol de la tarde se desliza por las rendijas de las persianas como un bailaor perezoso.
Aparto el montón de ropa limpia que ocupa la mitad de mi cama —lleva ahí tres días esperando a que la doble— y busco algo decente para ponerme.
Desde el pasillo, el eco de una canción antigua retumba en las paredes del piso. Mi prima ha puesto a Camarón otra vez.
—¡Soleá! ¿Has visto mis pendientes grandes? ¡Los de plata con el aro!
Su cabeza aparece por la puerta con el cepillo de dientes en la boca y espuma blanca en la comisura.
—En el baño —balbucea—. Los dejaste en el vaso de los cepillos.
Nuestro piso parece más un campamento de refugiados que el hogar de dos mujeres adultas que regentan una academia de baile.
Libros apilados en las esquinas, revistas de flamenco, zapatos de tacón, castañuelas, y al menos tres mantones de Manila colgados en perchas improvisadas.
Mi prima dice que es "desorden creativo".
Yo lo llamo caos, pero tampoco me molesto en cambiarlo.
Me pongo los pendientes frente al espejo desportillado del pasillo. Son los que me regaló mi abuela cuando di mi primera clase. "Para que el duende te encuentre", me dijo. Y el duende vino, se quedó, y ahora vive conmigo entre tacones, faldas y el sudor de cada tarde en la cueva del Sacromonte.
—¿Vas a ver a Hugo? —pregunta Soleá, ya sin espuma en la boca—. Dile que si necesita una historia, tengo una buena sobre el guiri que ha alquilado tres veces esta semana.
—No voy a prostituir a mi amigo para tus planes de marketing —contesto, ajustándome la falda larga—. Además, hoy está de mal humor. Su jefe le ha puesto contra las cuerdas.
Mi prima se encoge de hombros y vuelve al baño.
La oigo tararear por encima del agua corriente.
Siempre está pensando en cómo atraer más gente a la academia, más turistas, más dinero.
Y yo solo quiero bailar, enseñar lo que es el flamenco de verdad, no el espectáculo para guiris que tanto le gusta montar a ella.
Me miro una última vez. El pelo recogido en un moño bajo, la piel morena que he heredado de generaciones de mujeres que han bailado bajo el sol de Granada. En mis ojos veo el mismo fuego que ardía en los de mi abuela cuando me enseñó el primer zapateado.
* * *
Salgo a la calle y el aire de Granada me acaricia la cara como una mano familiar. Camino con ese paso que mi madre siempre criticaba —"Vas como si la calle fuera tuya"—, pero es que cuando has crecido entre estas piedras, cada esquina es un poco tu casa.
El Café 4 Gatos aparece al doblar la esquina, con su fachada desconchada y ese letrero vintage que parece sacado de otra época.
Dentro, las mesas de madera oscura y las paredes repletas de cuadros y fotografías en blanco y negro cuentan historias que nadie se molesta ya en escuchar.
Los turistas lo han descubierto hace tiempo, pero aún conserva ese aire bohemio que me hace volver.
Y ahí está Hugo, apoyado en la pared exterior como si posara para una revista, con un cigarrillo entre los dedos y charlando animadamente con dos rubios que parecen recién salidos de un catálogo de IKEA. Se ríe con esa risa suya que parece salirle del estómago, mientras gesticula con la mano libre.
—Deberías dejar esa mierda —le digo, señalando el cigarrillo—. Te va a matar antes de que consigas esa entrevista.
Hugo me mira con esos ojos que siempre parecen estar evaluando un titular.
—Elena, mi amor, llegas tarde —dice, y se despide de los chicos con una sonrisa que derretiría el hielo de Sierra Nevada—. Un placer, Sven, Lars. Nos vemos en el bar ese que me habéis dicho.
Tira la mitad del cigarro al suelo y lo aplasta con la punta del zapato.
—Seguro que son heteros —murmuro mientras entramos—. Y podrían ser tus hijos, por Dios.
—El rubio, el alto, me ha mirado el culo —dice Hugo mientras se instala en la silla con la satisfacción de quien acaba de ganar un premio—. Dos veces.
Nos sentamos en nuestra mesa habitual, esa del rincón desde donde se ve toda la cafetería. Dejo el bolso en la mesa y lo miro.
—Hugo.
—Te lo juro por mi madre.
—¿Dónde estabas apoyado exactamente?
Frunce el ceño, sin entender la pregunta.
—En la pared, junto a la puerta. ¿Por qué?
—¿A tu derecha o a tu izquierda?
—A mi... izquierda. ¿Qué más da?
Señalo con la cabeza hacia la entrada. En la pared izquierda de la puerta, enmarcado en madera oscura y con letra manuscrita, cuelga el menú de tapas del local. Patatas bravas, jamón, queso manchego, croquetas de la abuela.
Hugo se gira. Se gira despacio, como quien no quiere mirar pero tiene que mirar.
—El chico miraba las tapas —digo.
—Puede hacer las dos cosas.
—Dos veces, dices.
Coge el menú de la mesa y lo estudia con una concentración que no le he visto ni cuando investiga sus reportajes. La camarera se acerca y él levanta la vista.
—Dos cafés —pido yo.
—¿Qué tal la semana? —pregunta Hugo, recostándose en la silla—. ¿Muchos guiris pisoteando el arte?
—No me hagas hablar —suspiro, quitándome la chaqueta—. ¿Y tú? ¿Sigues escribiendo sobre deportistas de tercera?
—Touché —sonríe, y hay algo en su expresión que me dice que tiene novedades—. Lo que te dije, mi jefe me ha dado un ultimátum. O consigo una entrevista con Rubén Alarcón o puedo ir buscando otro periódico donde publicar mis brillantes análisis deportivos.
—¿El esquiador? ¿El que tuvo el accidente?
—El mismo. El que no habla con nadie desde hace años.
La camarera deja nuestros cafés en la mesa. Hugo toma el suyo y me mira por encima del borde de la taza.
—A veces me pregunto qué habría pasado si hubieras seguido en periodismo —dice—. Probablemente estarías robándome las exclusivas.
—Y tú seguirías sin saber escribir un titular decente —contesto, y ambos nos reímos como cuando compartíamos apuntes en la facultad.
—Pero entonces, ¿cómo piensas hacer con lo de ese Rubén? —pregunto, removiendo el café con la cucharilla—. Si nadie ha conseguido hablar con él en meses...
Hugo se pasa la mano por la barba perfectamente recortada y suelta un suspiro que parece cargar con todo el peso de su carrera.
—Ni puta idea, la verdad. Mañana lunes subiré a la estación de Sierra Nevada e intentaré ver si puedo entrar en contacto con él. Mi jefe dice que va a estar unas semanas pero no se si está entrenando, haciendo rehabilitación, o que plan tiene. Es como un fantasma.
—Siempre puedes acosarlo hasta que te conceda la entrevista por puro cansancio —bromeo—. Se te da bien ser pesado cuando quieres.
—Mi plan B —sonríe, y luego cambia de tema—. ¿Y qué tal Soleá? ¿Sigue con sus ideas revolucionarias para convertir vuestra academia en un parque temático del flamenco?
Pongo los ojos en blanco.
—Mi prima está obsesionada con meter más guiris en la academia. Quiere hacer "experiencias flamencas" para turistas y chorradas así. Ya sabes, paquetes con sangría incluida y fotos con abanicos.
—Tu tía Carmen estará encantada, ¿no? —se ríe, sabiendo perfectamente cómo es mi familia.
—Mi tía solo quiere que nos casemos con buenos gitanos y tengamos hijos. Lo de siempre.
Hablamos un rato de Granada, de cómo están cambiando algunos barrios, de los nuevos bares que han abierto y cerrado. Hugo, pese a su aspecto total de machirulo, conoce todas las tendencias como siempre.
—¿Y tú qué? —me pregunta de repente, con esa mirada que pone cuando va a decir alguna barbaridad—. ¿Aún no te has buscado un tío interesante? ¿O un guiri que te mantenga y no tengas que trabajar?
Le doy una patada por debajo de la mesa.
—No estoy muy interesada en relaciones últimamente, la verdad. La academia me ocupa todo el tiempo.
—Pues sino, una chica de esas imponentes que van a tus cursos —sugiere con una sonrisa pícara—. Hay cada alemana en tus clases que...
—Ni de coña —lo corto en seco—. ¿Qué diría mi familia si me hiciera lesbiana? Que cosas tienes. Mi abuela dejaría de dirigirme la palabra antes de poder decir "olé".
Hugo me señala con el dedo y le brilla la mirada.
—Eso me recuerda, tú eres la de los refranes de la abuela. ¿Cuál era ese que siempre sueltas cuando alguien dice que no quiere algo?
Me hago la interesante, removiendo el café.
—¿Cuál?
—Ese de...no sé, algo de caldo.
—"El que no quiere caldo, tres tazas" —suelto, con toda la solemnidad que merece la sabiduría de mi abuela Rosario.
Hugo abre los brazos como si acabara de ganar algo.
—¡Ese! ¿Qué coño significa?
—Significa que cuando rechazas algo con demasiada fuerza, la vida te lo manda triple. —Lo miro por encima de la taza—. Como tú con ese rubio. Dices que te miraba el culo y resulta que miraba las tapas. Ahí tienes tu caldo.
—Eso no tiene ningún sentido con lo que acabas de decir.
—Los refranes de mi abuela nunca tienen sentido hasta que los necesitas.
Hugo me mira un momento, y luego se ríe. Esa risa del estómago que me resulta tan familiar como el olor de este café.