Capítulo 2 Hugo
El domingo se extiende como mi gato perezoso por el piso. Tumbado en el sofá, deslizo el dedo por la pantalla del móvil mientras el café humea junto a mis pies sobre la mesa. Grindr. Una lotería de caras, torsos y mensajes directos que hoy parece especialmente tacaña.
"¿Quedamos?" escribo a un tipo que tiene una foto donde solo se ve desde el cuello hasta el ombligo.
Tres puntos que aparecen y desaparecen. Luego nada. Suspiro y dejo el móvil sobre mi pecho desnudo. El plan era simple: un polvo rápido, gimnasio para quemar las cervezas de anoche, y café con Elena por la tarde para que me cuente sus últimas batallas con los turistas en su academia de flamenco.
El móvil vibra. Por un segundo pienso que es el del torso, pero reconozco el tono. Gutiérrez. Un domingo a las diez de la mañana. Joder.
—Buenos días, crack —su voz suena demasiado animada—. Tengo un regalo para ti.
—Es domingo, Julián. Mi día libre. ¿Recuerdas el concepto?
—Rubén Alarcón llegó ayer a Sierra Nevada.
Me incorporo de golpe, derramando parte del café.
—¿El esquiador? ¿El que tuvo el accidente?
—El mismo. Quiero una entrevista. Exclusiva. Y te la doy a ti.
—Lleva años sin hablar con la prensa —limpio el café con la camiseta que encuentro en el suelo—. Nadie ha conseguido...
—Por eso te la doy a ti, genio. Si fuera fácil, se la daría a cualquiera.
Me froto los ojos. La resaca palpita suavemente en mis sienes.
—Dame un par de días para preparar...
—Tienes una semana —me corta—. Si no consigues la entrevista, no vuelvas por la redacción.
—¿Me estás amenazando con despedirme? ¿En serio?
—Lo estoy haciendo. En serio.
Cuelga antes de que pueda mandarlo a la mierda. Lanzo el móvil contra el sofá y me levanto. El aire de Granada entra por la ventana abierta, trayendo olor a café y pan recién hecho de alguna panadería cercana.
En calzoncillos, salgo al pequeño balcón. Enciendo un cigarro y dejo que el humo se mezcle con la brisa de la mañana. Frente a mí, Sierra Nevada se dibuja como una promesa lejana y fría. Igual que Rubén Alarcón.
A esto le llaman fin de semana.
Me visto a trompicones, sin preocuparme si la camiseta combina con los vaqueros. Total, es domingo y solo voy a bajar a por algo de comer. Mi estómago ruge como protesta por el café solo que me he tomado.
Bajo las escaleras del edificio saltando los peldaños de dos en dos. El sol de Granada me golpea la cara como un bofetón de luz. Entrecierro los ojos mientras camino hasta la panadería de la esquina, donde Ana, la panadera, me saluda con una sonrisa que no merezco a estas horas.
—¿Lo de siempre, Hugo?
—Y un litro de leche —añado, recordando la nevera vacía—. No tengo ni para el maldito batido de proteínas.
Mientras espero mi pedido, pienso en Gutiérrez y en su ultimátum. El muy cabrón sabe perfectamente que Rubén Alarcón es una fortaleza inexpugnable desde que la nieve le robó la carrera. El accidente lo convirtió en leyenda y en fantasma al mismo tiempo.
La verdad es que me gusta escribir sobre deportes. Siempre me ha apasionado. Pero en el Marca me tienen haciendo mierdas: partidos de tercera, entrevistas a entrenadores jubilados, reportajes sobre aficionados... Nada que te haga sentir que estás haciendo periodismo de verdad.
—Aquí tienes —Ana me entrega una bolsa con el pan y un cruasán que huele a gloria—. ¿Mal día?
—Mal año —contesto, pagando—. Si consigo esta entrevista con Alarcón, igual hasta me ascienden. Pero es como intentar sacarle palabras a una piedra.
Salgo mordisqueando el cruasán. La mantequilla se derrite en mi boca mientras pienso en cómo demonios voy a acercarme a un tío que ha rechazado a todos los medios. Si al menos tuviera un contacto, alguien que lo conociera...
El teléfono vibra en mi bolsillo. Es Elena.
"¿Café a las cuatro? Tengo chismes nuevos sobre el guiri que se ha comprado un piso al lado de mi academia"
Sonrío. Al menos algo bueno en este domingo de mierda.
* * *
De vuelta en el piso, me planto frente al espejo del baño con el pan a medio comer en la mano. El tipo que me devuelve la mirada necesita afeitarse y dormir unas doce horas, pero tiene, al menos, cara de no haberse rendido todavía.
—Oye, Rubén —digo al espejo, modulando la voz hacia algo que suene desenfadado—. Casualidades de la vida, ¿verdad? Yo también suelo venir a...
¿A dónde? No sé ni dónde está. Empezamos bien.
Me termino el cruasán de un mordisco y lo intento otra vez.
—Rubén, soy Hugo Marín, del Marca. Sé que no sueles hablar con la prensa, pero si me dejas cinco minutos...
Cinco minutos. Claro. Como si un tío que lleva años negándose a existir públicamente fuera a abrirse ante alguien que se presenta con "dame cinco minutos". Dejo escapar el aire por la nariz.
Misi, mi gato, salta encima del váter y me observa desde ahí con esa expresión suya de juez de instrucción. Tiene una mancha negra sobre el ojo izquierdo que en este momento parece una ceja arqueada.
—No me mires así.
Maúlla. Exactamente con el tono que usaría alguien diciéndote eres un desastre.
—Tercera versión —anuncio, ignorándolo—. Más humana. Menos periodista. Tú puedes, Hugo.
Me pongo de perfil, intentando parecer alguien que se encuentra con otro alguien por accidente y no un tipo que lleva veinte minutos practicando saludos en el espejo.
—Oye, ¿no eres Rubén Alarcón? —pausa dramática, mano en el pecho—. Hostia, tío, te seguí muchísimo antes del...
No. No. Jamás menciones el accidente en el primer contacto. Lo sabe hasta un becario.
—Mierda.
Misi se baja del váter y sale del baño con toda la dignidad del mundo, arrastrando la cola como una capa.
—¡Gracias por el apoyo! —le grito.
El silencio del piso me responde. Me apoyo en el lavabo y me miro de frente.
La verdad es que llevo toda la mañana construyendo una estrategia sobre cimientos de arena, porque no tengo ni idea de dónde se mueve Rubén Alarcón, ni por qué ha vuelto a Sierra Nevada después de tanto tiempo, ni si tiene pensado quedarse o marcharse mañana.
Y aquí está el problema que he estado evitando desde que Gutiérrez me llamó.
Rubén Alarcón no desapareció del mapa por timidez ni por trauma, o al menos no solo por eso.
La gente que ha intentado buscarlo antes que yo no eran malos periodistas.
Eran periodistas que se toparon con alguien que no quiere que le encuentren.
Hay una diferencia enorme entre alguien que no sabe cómo volver y alguien que ha decidido no hacerlo.
Abro el grifo y me mojo la cara. El agua fría me despeja lo suficiente para pensar en lo que sé, que es poco, y en lo que necesito saber, que es mucho.
La historia oficial es el accidente, la lesión, el retiro forzoso.
Pero los huecos entre una cosa y la siguiente son demasiado anchos.
Tres años de silencio absoluto no se explican solo con una rodilla rota.
Salgo del baño. Misi está tumbado en el sofá, ocupando exactamente el sitio donde yo quiero sentarme, y no hace ningún esfuerzo por moverse.
Me siento a su lado, en el espacio que me deja, y enciendo el portátil.
Si voy a encontrar a Rubén Alarcón, primero necesito entender qué tipo de hombre es el que se esconde detrás de ese nombre.