Calor Bajo Cero Capítulo 1 Natalia
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Calor Bajo Cero

Calor Bajo Cero

Por R. M. Munoz

© inepub.com

Capítulo 1 Natalia

El equipaje desliza a mi lado con la misma precisión con que he planificado este viaje.

Una maleta gris con lo esencial, un maletín con mi ordenador y los planos preliminares.

No necesito más. Seis semanas, cuarenta y dos días exactos para supervisar la renovación de los sistemas de tracción en Sierra Nevada.

Un trabajo rutinario, calculado al milímetro como todo en mi vida.

—¡Natalia! ¡Aquí!

Reconozco a Tomás entre la multitud. Lleva una camisa arrugada y una sonrisa demasiado amplia para un simple recibimiento profesional. Típico de él, típico de esta tierra que abandoné hace tanto.

—Has cambiado —dice mientras toma mi maleta sin pedir permiso—. Suiza te ha vuelto más... rígida.

—Y Granada te mantiene igual de impuntual —respondo, pero mis labios se curvan levemente—. Son veintitrés minutos.

El calor nos envuelve al salir de la terminal. Mi blusa de seda, perfecta para los pasillos climatizados de Zúrich, se convierte en una segunda piel bajo este sol implacable.

—El apartamento está listo —comenta mientras sorteamos el tráfico hacia su coche—. Cerca de la oficina, como pediste. Vista a la Alhambra, aunque eso no lo pediste.

—No vine a hacer turismo, Tomás.

—No, viniste a salvar nuestros viejos teleféricos con tu brillantez suiza —ríe—. La cántabra que conquistó los Alpes regresa a civilizar Sierra Nevada.

El coche arranca y Granada se despliega ante nosotros. La ciudad parece vibrar con una energía desordenada que había olvidado. Observo los contornos de la Sierra a lo lejos, calculando mentalmente pendientes, tensiones, resistencias. Números y ecuaciones. Eso es lo que conozco, lo que domino.

—¿Cuánto tiempo estarás? —pregunta Tomás.

—El necesario —respondo, sabiendo exactamente cuántos días, horas y minutos he programado estar aquí—. Lo suficiente para que vuestros teleféricos funcionen como relojes suizos.

No le digo que ya tengo el vuelo de regreso reservado. Que todo está meticulosamente planeado. Que Granada es solo una parada técnica en mi camino.

El coche serpentea por las calles empinadas mientras la conversación se desliza hacia el terreno profesional. Granada queda abajo, un tapiz de tejados ocres y callejuelas que se retuercen como venas bajo la piel de la ciudad.

—La nueva normativa europea es un dolor de cabeza —dice Tomás sin apartar la vista de la carretera—. Los parámetros de seguridad han cambiado tanto que prácticamente hay que reconstruir todo el sistema de frenado.

—Lo sé. En Zermatt implementamos algo similar el año pasado.

—Claro, la gran Natalia siempre un paso por delante —sonríe, y reconozco ese gesto de los días en Formigal, cuando pasábamos horas ajustando tensores bajo la nieve—.

¿Te acuerdas de aquella vez en Andorra? Cuando el sistema hidráulico falló y tuvimos que evacuar a doscientos esquiadores antes del anochecer.

El recuerdo flota entre nosotros. Yo calculando tiempos de evacuación mientras él improvisaba soluciones con lo que teníamos a mano. Éramos un buen equipo, complementarios como engranajes de precisión.

—Aquello fue un desastre evitable —respondo, aunque en mi memoria guardo la satisfacción de haberlo resuelto juntos.

—¿Y qué hay de ti? —cambia abruptamente de tema mientras giramos hacia una calle estrecha—. Tres años en Suiza y apenas sabemos nada. ¿Has encontrado a algún suizo metódico que soporte tus horarios imposibles?

La pregunta me sorprende, aunque debería haberla anticipado. Tomás siempre ha sido así, directo hasta la imprudencia.

—No tengo tiempo para relaciones, Tomás. El proyecto del teleférico panorámico de Lucerna ocupó todo mi año pasado.

—Vamos, Nat. ¿Ni un novio? ¿Una aventura de fin de semana? ¿Alguien que derrita un poco ese hielo suizo que pareces haber importado?

Algo en su tono me irrita y reconforta a la vez. Es el único que sigue llamándome "Nat" después de tanto tiempo, como si los años y kilómetros no existieran.

—No todos necesitamos validación constante —respondo, más cortante de lo que pretendía.

—No es validación, es vida —replica, deteniendo el coche frente a un edificio blanco con balcones de hierro forjado—. Hemos llegado a tu fortaleza de soledad, princesa de los Alpes.

Tomás carga mi maleta escaleras arriba como si fuera un trofeo. El edificio tiene ese encanto decadente tan típico del Albaicín: paredes encaladas que ocultan siglos, suelos de terracota gastados por mil pisadas. Un encanto que ahora mismo me resulta agotador.

—Tercera planta, sin ascensor —jadea Tomás—. Lo siento, pero las vistas compensan.

Abre la puerta y el apartamento se revela ante mí: un espacio diáfano bañado por una luz que parece líquida, derramándose por las ventanas. La Alhambra se recorta al fondo, una postal perfecta que parece colocada artificialmente para seducir a turistas.

—Las llaves —Tomás las deposita en mi mano como si entregara un tesoro—.

El casero se llama Manuel, su número está en la nevera.

La agencia es Albaicinrent, tienen oficina en Plaza Nueva si necesitas algo.

Wifi, contraseña "Granada2023", muy original.

Ah, y el agua caliente tarda un poco, hay que tener paciencia.

Recorro el espacio mientras él habla. Cada paso revela un nuevo defecto: azulejos desportillados en la cocina, una lámpara torcida, un armario que no cierra bien. Todo grita "apartamento turístico de segunda".

—Gracias, Tomás. Ahora, si no te importa...

—Necesitas instalarte, lo entiendo —sonríe, pero no se mueve—. Solo una cosa más: esta noche hay una fiesta en las cuevas del Sacromonte. Flamenco, sangría, el equipo completo. Es obligatorio, órdenes de arriba. Team-building, ya sabes.

Siento que mi planificación meticulosa empieza a desmoronarse.

—No he venido a socializar, Tomás. Tengo que revisar los informes preliminares para mañana.

—Los informes seguirán ahí mañana —se dirige a la puerta, inmune a mi rechazo—. Paso a buscarte a las ocho. Ponte algo que no grite "ingeniera suiza".

Abro la maleta con la precisión quirúrgica de quien ha repetido el mismo ritual cien veces. Todo en su lugar: ropa técnica a la izquierda, documentación a la derecha, neceser en el bolsillo exterior.

Tomás sigue en el umbral, con esa costumbre suya de marcharse sin marcharse del todo.

Saco la almohada.

El silencio dura exactamente dos segundos.

—¿Eso es...? —Tomás se acerca, incrédulo, y lee la etiqueta plastificada—. ¿"Ergonómica certificada"? ¿La has traído desde Zúrich?

—Las almohadas de los apartamentos turísticos generan contracturas cervicales. Hay estudios.

Se dobla por la mitad. La carcajada le sacude los hombros, le arruga la camisa ya arrugada, le hace apoyarse en la mesa para no caer. Una risa larga, escandalosa, completamente gratuita.

—Vienes para un par de días —consigue articular entre convulsiones—. Y has hecho sitio en la maleta para...

—Cuarenta y dos días, Tomás. Mi columna no negocia.

Eso lo remata. Otro minuto de risa pura mientras yo coloco la almohada sobre la cama con total dignidad.

Finalmente, con los ojos húmedos, levanta las manos en señal de rendición y desaparece escaleras abajo.

Cuando por fin cierra la puerta, el silencio cae como un manto pesado.

Me quedo sola, observando lo que será mi hogar durante las próximas semanas.

La disposición caótica de los muebles me irrita: el sofá mal alineado con la ventana, la mesa demasiado cerca de la cocina, lámparas que no iluminan donde deberían.

Abro mi otra maleta pequeña con precisión quirúrgica y extraigo mi ordenador.

Al menos puedo reorganizar mi espacio mental, aunque este apartamento sea un desastre.

La idea de una noche de flamenco y sangría con desconocidos se cierne sobre mí como una tormenta en la montaña: impredecible y potencialmente catastrófica.