Caso 9
Mi tiita querida
Un verano fui a visitar a mi tiita querida, hermana de mi mamá, que me mandó con ella ante la amenasa de las amistades que comenzaba a tener. Esperaba que la distancia redujera el contacto con estas personas y, una vez reducido este, yo me recondujera por el buen camino en la vida.
Mi tiita vivía con su esposo y no tenían hijos. Según me contó mi mamá, por más que lo intentaron, no tuvieron suerte, así que ya desistieron en este menester.
Tal ves por eso a mi llegada me colmó de atenciones y cariño. Su esposo trabajaba muchas horas y ella estaba sola en casa, sola hasta que llegué yo… En mi primera mañana en su casa le ayudé con la compra, con las tareas de la casa y luego jugamos a cartas.
La pasamos genial, sin duda fue una linda mañana. Luego llegó mi tío y almorzamos. Por la tarde, como a él no le apetesía, fuimos a la playa mi tiita y yo. Y como había una media hora caminando, íbamos conversando.
—¿Cómo está tu madre? —dijo de camino.
—Ella bien tía, como siempre trabajando y descansando.
—Ella siempre trabajando… ¿Conosió a alguien? —me preguntó ya que mi madre se había separado de mi padre hacía años, pues mi padre la pegaba a ella y a mí.
—¡Oh no, ya desistió! Dice que todos los hombres son iguales, que solo quieren una cosa… —le aclaré, aunque salía con alguien de tarde en tarde esas citas se fueron espaciando en el tiempo hasta casi ser inexistentes.
—¡Ay, qué testaruda es! Podría conoser a alguien que fuese un hombre bueno como tu tío, no va a tener dos veces la misma suerte —se lamentó.
—¡Claro tía! Pero ten en cuenta que lo pasó muy mal, y yo también —le dije con tristeza recordando aquellos días aciagos.
Entonces mi tía me abrazó por sorpresa y sentí sus pechos apretarse contra mi pecho, esto me impactó.
—¡Ay, sobrinito, cuánto lo sentí! Pero bueno, ya pasó —dijo mientras me achuchaba.
Seguimos caminando y yo añoré su cuerpo tras ese íntimo acercamiento. Lo cierto es que era guapa y ya me había fijado en ella, pero era mi tiita querida y hasta ese momento no había pensado en ella de esa forma.
—¿Y tú sobrino? ¿Tienes novia? —se interesó poniéndome en un brete.
—¿Eh, yo? ¡Oh no! —dije poniéndome colorado, pues era muy tímido.
—¿En serio? —insistió sonriendo mientras me pellizcaba suavemente la mejilla.
—¡En serio! No hay nadie tía ligar no es lo mío —me lamenté.
—Ligar no es difisil, sólo tienes que ser tu mismo, verás como encuentras una chica amorosa que te trate como un rey.
—Bueno tía aún soy joven, ya llegará —zanjé mientras miraba su bonita sonrisa.
Ya llegamos a la playa y, cuando mi tía se quitó el vestido y descubrió su bikini, quedé tan impresionado con su cuerpo que debí parecer un tonto con la boca abierta. Este detalle no pasó desapercibido para ella…
—¡Ay, sobrino, ya! Deja de mirarme así que me vas a poner colorada —dijo sonriendo tímidamente.
—¡Oh, lo siento tía! Te sienta muy bien ese bikini —dije para disculparme.
Sus pechos grandes y redondos se dibujaban perfectos en la silueta de su bikini.
Su escote que parecía su culo en la parte delantera.
Su culo redondo como dos globos estaba al aire, pues llevaba un tanga y su tirilla se metía entre sus cachetes sin ocultar nada de su anatomía trasera.
¡Uf! Sí que me calentó mi tía, a la que hacía años que no veía.
Desde bien chiquito no la recordaba así, si bien es cierto que había envejecido aún estaba bien rica.
Llegó el turno a la cremita. Primero llegó mi turno, ella la esparció por mi espalda y sus manos suaves recorrieron mi piel erizándome cada vello de mi fibroso cuerpo y no solo eso se me erisó.
—Así, mucha cremita sobrinito. Que no quiero que te queme el sol —me dijo dando por finalizado el trabajo.
Ella se echó la cremita en sus pechos, en sus muslos y en su barriguita mientras yo me senté para que se calmase mi erección tras sentir sus manos acariciar mi espalda.
—Me echas en la espalda, ¿sobrinito? —dijo pidiéndome ayuda.
—¡Claro, tía!
Me levanté y por suerte ya se me había bajado la excitación incipiente.
Al echar la crema sobre su espalda esta formó un surco blanco que me recordó otra cosa, pero traté de no pensar eso pues no quería excitarme más.
Pero al comenzar a extenderla por su piel sentí que me empalmaba sin poder remediarlo, se me puso durísima mientras la extendía por los hombros.
—Espera sobrino, que me desabrocho el bikini para que puedas extenderla bien —me dijo mientras se sujetaba la parte de delante del bikini con las manos.
Bajé hasta sus caderas y paseé mi mano por encima de su glúteo y bajé tanto que acarisié su culo más allá de la cintura y sus caderas. ¡Uf, esto fue el no va más! ¡Qué culazo tenía!
Ella se giró antes de que yo pudiera sentarme para disimular y, ¡oh, sorpresa! Era evidente lo que me pasaba.
—Lo… lo siento tía —dije sentándome de inmediato muy avergonzado por lo sucedido.
Pero ella no le dio mayor importancia, es más sonrió con picardía.
—¡Tranquilo sobrino, te provoqué sin querer! —exclamó sentándose a mi lado bajo la sombrilla.
—Lo siento tiita, es que tu piel es tan suave que no pude evitarlo… —dije a modo de excusa.
—¿Ah, sí? No pasa nada, tú piel también es muy suave, ¿sabes? —añadió sin darle mayor importancia al asunto.
Había mucha gente a esa hora en la playa, el sol bajaba ya acercándose al horizonte y se estaba genial.
—¡Anda, vamos a bañarnos! —dijo mi tía levantándose y tirando de mi mano con entusiasmo.
Corrimos al agua y nos metimos casi de sopetón.
El frescor del agua calmó mis ardores por el momento.
Nadamos un poco y jugamos a perseguirnos e intentábamos darnos ahogadillas.
En el forcejeo agarraba su cintura y ella se subía a mis hombros intentando sumergirme.
Nuestros cuerpos se estrujaban y retorcían así que una segunda erección se impuso al frescor del agua. ¡Uf, qué pollón se me puso allí abajo!
De repente ella paró el juego y se alejó de mí, sin duda debió notar un roce duro allí debajo y esto la puso en guardia.
—¡Querido sobrino! Ni el agua te bajó eso, ¿eh? —dijo mientras se refrescaba a mi lado.
—¡Lo siento tía! —dije apesadumbrado.
Ella se apiadó de mí, pues era mi naturaleza que, debido a mi juventud, era inevitable.
—No pasa nada, sobrinito. Eso es que necesitas una novia —dijo sonriendo—. ¿Nos salimos ya? —añadió.
—Ve tú primero tía, yo me quedaré un poco para nadar más —le dije pues era evidente que no iba a salir con aquel pollón empalmado.
Ella sonrió aún con más ganas y salió mientras yo admiraba su voluptuosidad y cómo se estrujaba el cabello al salir de las olas.
Dejé pasar unos minutos y me reuní con ella bajo la sombrilla para jugar a cartas mientras veíamos una intensa puesta de sol, una enorme bola roja se coló por el horizonte y nos dijo adiós.
Los reflejos rojizos cubrían la piel de mi tía dándole un tono más tostado mientras jugábamos y yo comenzaba a verla de otra forma
—Qué romántico, ¿no tía? —le dije sin pensar.
—¿Romántico? Sí, supongo que lo es sobrino —admitió ella regalándome una vez más su preciosa sonrisa.
Comenzó a hacer frío en la playa así que emprendimos el camino de regreso a casa.
—¡Ay, sobrino! Vamos detrás de esos arbustos que me hago mucho pis —me dijo a mitad de camino.
La acompañé y discretamente me pidió que vigilara.
Entonces escuché su potente pis y tentado estuve de mirar detrás de mí, la vi agacharse y de inmediato me giré para no mirar pero la tentación me mortificó los siguientes segundos mientras ella se arranaba y su pis se perdía entre la arena del pinar.
Yo también tenía ganas, pero decidí aguantar pues con mi erección me hubiera sido imposible mear allí mismo.
Cenamos con mi tío y me retiré a mi cuarto.
Estaba tan cachondo que me hice la primera paja en mi nueva casa, recordando los roces y el bañador de mi tía.
¡Uf! Ciertamente quedé impresionado y complacido cuando mi leche salió en abundancia de mi dura polla.
Por fin me relajé y me quedé profundamente dormido
De madrugada, me despertó el ruido en la habitación de al lado. ¡Pum, pum! Sonaba fuerte, como el cabecero de la cama contra la pared, y una voz femenina se quejaba, de lo fuerte que el tío le daba...
¡Qué horror, creí reconoser dicha vos! No al principio, pues no eran más quejidos y lamentos, pero luego… ¡Era ella! Mi tío la estaba zumbando bien.
Desde mi cama los escuché hasta que terminaron y los: pum, pum, ay, ay… fueron decayendo hasta extinguirse y hacerse el silencio de nuevo. Reconozco que me puse celoso, pero celoso de qué, eran pareja y era lo normal.
A la mañana siguiente me hice el remolón en la cama, pues odiaba madrugar. En cambio mi tía era el lado opuesto y cuando me levanté ya había salido a hacer la compra y a darse un paseo por la playa. Estaba desayunando ataviada con unas mallas y un top repegado a su cuerpo.
—¡Qué dormilón! Ya es casi medio día, ¿quieres desayunar?
—Claro, me muero de hambre —dije mientras me sentaba a la mesa y ella me servía unas tortitas con miel y chocolate.
—¿Has dormido bien? —me preguntó mientras se servía un segundo café.
—¡Oh sí, muy bien! —dije yo con gran satisfacción.
—¿Quieres ir al centro comercial? Tengo que devolver unas compras y aprovecharé para hacer otras —me propuso.
—Claro que sí, tía —dije con entusiasmo.
—¡Perfecto! Siempre voy sola porque tu tío odia las compras, me gustará ir acompañada —dijo con entusiasmo mientras se levantaba para arreglarse.
Ya en el centro comercial, en una tienda de ropa, descubrí que las dependientas estaban a cuál más buena. Mi tía me observaba y se sonreía.
—Ya está bien, ¡no seas tan descardado sobrino! —me dijo tal ves un poco molesta por mi actitud.
—Bueno tía, mirar es gratis, ¿no? —repliqué sonriendo.