Calentones de salón MIX (Calientes familias de Zorro Blanco nº 1) Caso 8
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Calentones de salón MIX (Calientes familias de Zorro Blanco nº 1)

Calentones de salón MIX (Calientes familias de Zorro Blanco nº 1)

Por Zorro Blanco

© inepub.com

Caso 8

Mi hermana me lo pidió

Siempre fuimos hermano y hermana. Estábamos muy unidos, tanto como podían estarlo un hermano y su hermana, pero eso duró hasta que se echó novio…

En ese momento sentí que pasaba a un segundo plano. Sabía que era algo normal, pues ella era mayor que yo. Así que la naturaleza se impuso y comenzó a salir con aquel chico.

El caso es que yo no me llevaba bien con él, era engreído, sin gracia, feo, tonto, estúpido y todo lo que se os pueda ocurrir.

¿Qué si estaba celoso? Supongo que sí, para qué voy a negarlo.

Yo amaba a mi hermana y quería lo mejor para ella, así que aquel pendejo no me convenció desde el primer momento.

Esto no hizo sino distanciarnos, pues cuando estábamos juntos con él, las pullitas eran constantes y supongo que por mi bien ella lo apartó de mí. Donde antes hubo armonía y convivencia, ahora había distancia y evitación. Eso me daba mucha pena, pero, ¿qué podía hacer yo?

Hasta que llegó el fatídico día que entré en casa y los pillé chingando en el sofá, ¡la rabia corrió por mis venas, me corroía como ácido por dentro!

—¡Pendejos, ya se están largando a chingar a otra parte! —les grité como a perros.

—¡Tranquilo hermano! —dijo mi hermana incorporándose en bolas—. Somos novios y esto es lo que hacen los novios. ¿Sí? —dijo mientras mis ojos se clavaban en su sexo sin poder evitarlo.

Ella lo notó y de inmediato se cubrió con sus manos pudorosamente.

—¡No, no comprendo una mierda, se van a chingar al auto o a la casa del estúpido de tu novio! ¡No en nuestra casa! —zanjé muy enojado.

Lo cierto es que ver a mi hermana con su chochito peludo y sus pechos al aire no hicieron sino empeorar las cosas, ver como aquel desgraciado disfrutaba de sus hermosos atributos hizo que la rabia que sentía por dentro fuera aún mayor.

—¡Ey, güey! ¡Para el carro! —dijo el otro poniéndose junto a mi hermana con la minga al aire.

—¿Güey? ¡Tu puta madre! —dije empujándole, haciendo que cayera al sofá donde chingaban—. ¡Que te vayas a chingar a otra parte! ¿Es que no tienes carro hijo e puta?

El tipo saltó desde el sofá y quiso agarrarme por el cuello.

Forcejeamos y mi hermana trató de separarnos metiéndose en medio en pelotas como estaba.

Al final el pendejo cayó sobre mí en el sofá y mi hermana a su espalda tratando de que me soltara.

Yo empecé a gritar como un descosido pues sentía que me estaba ganando y sus manos empezaron a apretar sobre mi cuello.

El muy cabrón intentó estrangularme y ciertamente casi lo consiguió.

A duras penas podía tragar aire y sentí que las fuerzas me abandonaban.

Hasta que mi hermana chilló y le asestó un golpe con la lámpara de cerámica de una mesita anexa en su cabezota.

Solo eso hizo que me soltara, este se echó hacia atrás doliéndose del chichón que sin duda le saldría en breve.

—¡Esto no va a quedar así! Hablaré con papá, ¡le contaré como tu pendejo trató de estrangularme aquí mismo! —dije llorando de rabia e impotencia.

—¡Estás muerto jo puta! —dijo el pendejo amenazándome, señalándome con el dedo.

—¡Vete! ¡Vete ya! —le chilló mi hermana tirándole los pantalones a la cara.

Así el pendejo tuvo que meter su rabo entre las piernas y marcharse. Mientras yo me llevaba la mano al pecho y tosía escandalosamente.

Admito que hice algo de teatro exagerando el ahogamiento, pero en la guerra todo se vale, ¿no? Mi hermana, aún desnuda, se acercó al sofá a ver como estaba.

—¿Estás bien, cariño? —dijo acariciándome el pelo.

—¡Estoy bien de milagro! Ese pendejo casi me ahoga —dije yo incorporándome.

—Está bien, ahorita te traigo un poco de agua —dijo ella yéndose a la cocina.

Ver su culito desnudo alejándose mientras caminaba me pareció un gesto de lo más sensual. Nunca la vi desnuda y no pude evitar sentir admiración por su belleza.

Cuando volvió con un vaso en la mano ya se había puesto un vestido, así que se terminó la diversión. Tomé un sorbo y se lo dije a las claras.

—¿No viste lo que intentó hacerme? ¡Tienes que dejarlo! —le dije convencido.

—Tranquilo hermano, ahora estás nervioso. Él no es mala gente, tú le pusiste nervioso —alegó ella en su defensa.

—¡Nervioso, casi me ahoga! —dije yo malhumorado.

—Bueno, pero no pasó nada —dijo ella restándole importancia al asunto.

—Ese pendejo depravado podía haberlo hecho hermana, ¿no te diste cuenta cómo me agarraba? —le dije haciéndole ver mi preocupación.

Realmente lo pensaba, pero ella insistió en defenderlo.

—Yo creo que estás traumatizado, será mejor que lo hablemos en otro momento.

—¡A mí no me pasa nada! Les contaré a papá y a mamá lo que el pendejo de tu novio ha intentado hacerme aquí mismo —la amenacé.

Mi hermana cambió el gesto, pues sabía que de airear todo aquello no sería nada bueno. Así que intentó convencerme de que no lo hiciera.

—¡Vamos, hermanito! ¿No recuerdas lo bien que la pasábamos antes? —dijo melosa acariciándome mi camiseta rasgada.

—Sí, los recuerdo —le dije lleno de melancolía—. Pero desde que conosiste a ese pendejo ya te olvidaste de mí, como un perro…

—¡Ay, eso no es sierto! Yo no he dejado de quererte —dijo ella sin cambiar de actitud melosa acariciándome la cara.

—A él lo quieres más, ¿verdad? Con esa minga que tiene —le insinué descaradamente.

—¡Hermano, no te consiento! —dijo ella ofuscada.

—¿No me consientes? He visto cómo te culiaba aquí en el sofá donde se sientan nuestros padres.

La bofetada sonó por la estancia, rebotando y provocando reverberación. Me lo tenía bien merecido, aunque, aún tenía por el mango la sartén.

—¡Eso pégame! —dije tocándome la cara dolida.

—¡No quise hacerlo! Pero me sacaste de mis casillas. ¡Entiéndelo! —dijo ella echándose a llorar.

Sus lágrimas de cocodrilo me ablandaron el corazón, pues no era insensible a su sufrimiento.

—¡Está bien, no diré nada hermana! ¿Contenta? Así podrás coger todo lo que quieras con tu novio —le dije malhumorado.

Ella me abrazó y sentí sus pechos desnudos tras el vestido, pues no se había puesto sujetador. El íntimo contacto me soliviantó y su perfume me embriagó, la abracé estrechándola contra mi pecho.

—¿Es que te molesta que coja con él? —me preguntó melosa.

—Es tu novio, ¿no? Tiene derecho a coger contigo —me lamenté mientras seguíamos abrazados.

—Pero tú sabes que a ti también te quiero, ¿verdad? —continuó.

—Ya casi no hablamos, estás echochaíta con ese —le dije con amargura.

—¿Estás celoso?

No quise responder inmediatamente a su pregunta, preferí dejarla en el aire.

—¿Sabes? Antes he visto como me mirabas, ¡guarro! —protestó.

—Admito que eres muy guapa hermana. Ver cómo te follaba ha sido traumático para mí —tuve que admitir.

—¡Ay, hermano, saber que nos has visto me da mucha velguensa! —dijo ella tapándose la cara con ambas manos.

Inconscientemente me toqué el paquete para ajustar mi erección bajo el pantalón, este gesto tampoco pasó desapercibido para ella.

—¿Se te ha puesto dura? —rio mientras me señalaba la entrepierna con su dedo acusador.

—¡Qué dices, no! —protesté de inmediato.

—¡Ay, sabes que me pone cachonda que se te ponga dura! —me dijo melosa para mi sorpresa.

—Está bien, ofréceme tu culito a mí también y todo habrá quedado olvidado —me atreví a decirle.

—¡Tú estás chalao! ¿Cómo se te ocurre pedirme tal cosa?

Entonces se apartó de mi en el sofá pero quedó callada y pensativa.

—Te vi desnuda, dejándote follar por ese y me dio mucha rabia, hermanita. Entiendo que es tu novio y eso es lo que hacen las parejas, supongo que no tengo motivo para estar celoso, pero lo estoy —admití a las claras.

Esta sopesó la situación ante el dilema que le planteaba mi confesión.

—Entonces, ¿quieres follar mi culito? —dijo ella acercándose de nuevo a mí en el sofá.

Yo no dije nada pues, ¿qué podía decir? ¿Qué sí?

—Miralo, ¿te gusta? —añadió poniéndose de rodillas en el sofá y levantándose el vestido se giró para mostrarme su culito desnudo y entre sus dos cachetes apareció en sombra su rajita peluda.

Extendí la mano y se lo acarisié, estaba tan suave, primero un cachetito y luego el otro. Luego metí la mano entre sus muslos y palpé su rajita sudada y lubricada. ¡Uf, qué subidón! Sentía que la polla me iba a estallar.

—¡Ohhh, sííí! ¡Fóllame, antes de que cambie de idea! —gimió con tremenda calentura.

Ella se puso en cuatro y yo poniéndome detrás levanté su vestido. No podía creerlo, ¡qué buen culo tenía ante mí! Con su concha caliente a mi merced.

Me entretuve acarisiando su culo, saqué la minga y la paseé entre sus dos cachetes de forma muy sensual, pero cuando la bajé hasta su concha y rozó sus labios esta se removió inquieta.

—¡En mi concha, no! Ahí está prohibido, tanto para ti como para él. No quiero quedar preñada en mi juventud. Aunque, puedes follarme el culito… —me insinuó abriendo sus cachetes sensualmente con una mano.

Mi dedo pulgar se coló en su ajustado ojal, mientras mi índice acariciaba al mismo tiempo su clítoris. Ella tal vez no esperaba esta combinación y gimió acaloradamente.

—¡Ahhh! ¡Sííí! ¡Qué bieeeen! —dijo mientras su cintura se retorcía y contoneaba.

También me permití acariciar la entrada de su vagina, hallando su concha muy excitada y lubricada, detectando un mar de fluidos que bajaban por su hoyito mojándola toda.

—¡Vamos, fóllame el culo! —me ordenó.

—¡Sí ya voy, no desesperes! —dije emosionado.

Mi pija dura y tiesa apuntó a su ojal, ese oscuro agujero, prieto, arrugado y cerradito fue cediendo ante la presión. Y yo maravillado contemplándolo mientras me la agarraba con fuerza por la base.

—¡Ufff, hermano…!

Un nuevo bufido de ella me alertó, ¿era por dolor o por plaser?

No podía saberlo, sólo continuar y esperar acontecimientos.

Despacito se la introduje, centímetro a centímetro y ella apretó los puños mientras lo hacía, en cuatro bien agachada por delante, disfruté cada segundo de aquel osado arte culero.

—¡Ufff, hermana, qué apretado está! —dije resoplando al sentirla toda dentro.

La dejé acomodarse, yo también necesitaba ese respiro, pues era mucha la excitación, tanta que sentía que el corazón se me salía por la boca.

Tras la necesaria pausa, me aferré a sus anchas caderas y echándome hacia atrás suavemente volví a meterla hasta el fondo, sintiendo un profundo roce de sus entrañas envolver mi excitación.

—¡Oh, qué rico! —dijo ella melosa.

Seguí cogiendo por detrás. Ella apretando los puños y yo aferrado con fuerza sus caderas.

Sintiéndola bien adentro. Moviéndose en aquel calor abrasador, bajo la firme presión que su ojal hacía sobre mí cuando la sacaba y la volvía a meter.

Esa presión firme y constante incrementó mi placer hasta tener que pararme de nuevo.

Al verme parado ella comenzó a moverse locamente, haciendo que su culo rebotara en mi pelvis, yo quería disfrutar más, alargarlo hasta el final, pero aquella acción sorpresiva precipitó mi final.

Me corría, arremetí con fuerza contra su culo y la follé con tremendas ganas ya sin disimulo, esta gritó al sentirla entrar y salir con furia inusitada. No paro de gritar y gemir mientras me vaciaba en su oscuro agujero.

—¡Arghhh sííí! ¡Qué bien me has follado hermano! —gruño mientras se retorcía de gusto.

¡Uf qué intensa sensación! Sentirla dentro corriéndome por primera vez, fue mi pérdida de la virginidad. En el culo de mi hermana aquel día. La dejé dentro todo el tiempo que pude moviéndola suavemente, esta ya discurría sin apenas fricción.

Ella también agradeció esos momentos de quietud, ensartada por mi pija por su culo, recuperándose del que parecía haber sido también su orgasmo mientras me corría en su interior. Nos corrimos juntos sin yo saberlo, sólo después ella me lo confirmaría…

Cuando la saqué limpia de su sucio ojal, ella se giró y por sorpresa me la atrapó con la boca. La chupó gustosa sin importarle donde había estado.

—¡Oh, hermano, qué gorda la tienes! ¡Qué bien follaste el culito! —se jactó tras su mamada final

Ese detalle fue el culmen de aquel momento, la tenía tan sensible tras abrir su ajustado ojal, que sus labios y su lengua eran el bálsamo calmante que necesitaba.

Nos sentamos en el sofá, uno junto al otro sudorosos y satisfechos. Ella me golpeó el muslo.

—¿Contento, hermano? —me preguntó gozosa.

—¡Mucho! ¿Y tú, hermana? —me interesé yo.

—¡Mucho! ¿Ahora me dejarás coger con mi novio?

Su pregunta tras el intenso placer me dejó desconcertado, realmente la quería solo para mí pero, ¿cómo podía decirle eso después de ser tan generosa conmigo?

—¡Ay, hermano, no puedes ser así! Es mi novio, ¿sí? —dijo mientras me revolvía el cabello se levantaba y desnuda como una diosa se marchaba dejándome solo con mi calentura.

Así terminó nuestra alocada aventura. Yo dormí de escándalo aquella noche, recreando los detalles del encuentro, me masturbé de nuevo y gocé como si volviera a estar dentro de su ajustado ojal.

En los siguientes días todo volvió a la normalidad entre nosotros, mi rencor hacia ella bajó y ella también se notaba más natural conmigo. Me resigné, había disfrutado de su cuerpo una sola vez, > —me dije a mí mismo.

Pero al siguiente fin de semana, bien entrada la madrugada, un cuerpo caliente se metió en mi cama y se abrazó a mi espalda… ¡No podía creerlo! ¡Era ella!

—¿Qué pasa hermanito, me follas el culito...?