Lunes, 23 de diciembre
Aunque estaba de vacaciones, Claudia se despertó a las siete y media por pura costumbre y ya no pudo volver a dormirse.
Estuvo un rato en la cama mirando el techo.
Después se levantó, encendió las luces del árbol y se quedó delante de él con el café en la mano, igual que el día anterior.
En una silla del salón seguía doblada la manta vieja con la que habían envuelto el abeto en la furgoneta.
Juan se la había dejado sin darse cuenta.
Era una excusa perfecta. Claudia lo sabía, y la usó igual.* * *
Ítaca olía a canela y a papel viejo, ese olor que Claudia ya sentía como de casa. A esas horas solo había dos clientes: un señor leyendo el periódico junto a la ventana y una chica con un portátil. Detrás de la barra estaba Elena, sola.
—Vengo a devolverle la manta a Juan —dijo Claudia, dejándola sobre el mostrador.
—Juan no está. Ha ido a llevarle bizcocho al abuelo.
—Elena se quedó mirando la manta y después a ella—.
¿Tienes un rato? No esperó respuesta. Le sirvió un té sin preguntar, se quitó el delantal y se sentó frente a ella en la mesa favorita de Claudia.
—Te voy a contar una cosa —dijo—. Y Juan me va a matar por contártela, así que haz como que no te lo he dicho yo.Y se lo contó.
Que ayer por la mañana, recién abierto, había entrado Álvaro.
Que había pedido un café solo y no lo había tocado.
Que le había dicho a Juan, con una sonrisa muy educada, que ellos dos estaban juntos, que el día de Navidad iba a comer con su familia y que ella nunca saldría con un camarero.
Que Juan le había contestado una sola frase y lo había dejado irse.
Y que después se había pasado el día entero sin hablar, fregando tazas que ya estaban limpias.
—Le conozco desde que nací —dijo Elena—. No estaba enfadado. Estaba convencido de que tenía razón.Claudia se quedó callada. Tenía la taza entre las manos y no la había probado.
El «Me alegro. Buen domingo». La puerta cerrada sin hacer ruido.
Y en el paseo de la ría, Álvaro diciéndole que alguien le había contado que ella pasaba mucho tiempo en esa cafetería.
Había ido a Ítaca a marcar el terreno como quien pone una valla, y después había ido a buscarla a ella para asegurarse de que se quedaba dentro.
Y ella, durante todo este tiempo, había tenido delante lo que quería y había mirado para otro lado. Porque había dicho un nombre en voz alta en casa de sus padres. Porque le daba miedo equivocarse otra vez, y había elegido lo que parecía más seguro.
Lo vio entero, de golpe, con la misma claridad con la que el jueves había visto cuadrar las cuentas.—Elena —dijo—. ¿A qué hora vuelve?—No lo sé. Ha dicho que iba a quedarse a comer con el abuelo. — Elena la miró con los ojos entornados—. ¿Por qué?—Porque antes tengo que hacer otra cosa.
* * *Álvaro le concedió diez minutos a mediodía, en la cafetería cerca de su oficina. Llegó con el móvil en la mano y el abrigo sin quitar.
—Perdona, lo tengo complicado hoy. Último día antes de Navidad, ya sabes.
—Será rápido —dijo Claudia.Esta vez no pidió nada.
Esperó a que él se sentara y dejara el móvil sobre la mesa.
—No quiero seguir conociéndote, Álvaro. Y no hace falta que vengas el día de Navidad a casa de mis padres.Álvaro la miró un momento sin entender.
Después sonrió, como si ella hubiera hecho un chiste que no acababa de pillar.
—¿Esto es por lo de ayer? ¿Por lo que dije de la cafetería?
Claudia, era un comentario.—No es por un comentario.
—Vale. Mira. —Se echó hacia atrás en la silla, con la paciencia de quien le explica algo a un cliente que no ha leído la letra pequeña—.
Estás nerviosa. Es Navidad, tu familia, la presión, lo entiendo.
Pero no tomes decisiones en caliente. Nuestros padres ya cuentan con esto. Yo ya he comprado el albariño.
—Pues bébetelo tú. Seguro que está muy bueno.Álvaro soltó una risa corta.
El móvil vibró sobre la mesa y lo miró por reflejo.
—Hacemos una cosa —dijo, levantándose ya—.
Te dejo pensarlo. Me escribes cuando se te pase, ¿vale?
—No se me va a pasar, Álvaro.—Ya hablaremos —dijo él, con una sonrisa perfecta, y le besó en la mejilla antes de que pudiera apartarse.
Claudia lo vio salir a la calle con el móvil ya pegado a la oreja, sin mirar atrás. No se sentía mal. No se sentía ni siquiera triste. Se sentía como cuando por fin se quitaba unos zapatos que llevaban todo el día apretándole: cansada y, sobre todo, ligera.
* * *
Por la noche, Sara la encontró sentada en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá y el móvil en las manos, iluminada solo por las luces del árbol.
—¿Qué haces a oscuras?—Escribirle a Juan.Sara se sentó a su lado sin quitarse el abrigo.—¿Y qué le vas a decir?
Claudia le enseñó la pantalla. Había escrito tres líneas. Las leyó en voz baja, frunció el ceño y las borró.
Volvió a empezar. Esta vez eran cinco. Las leyó otra vez, más despacio. Sonaban a disculpa, a explicación, a informe. No sonaban a nada de lo que sentía. Las borró también.
—He cortado con Álvaro —dijo, sin apartar la vista del móvil. Sara no dijo «te lo dije». No dijo nada durante un rato. Después apoyó la cabeza en el hombro de Claudia.
—¿Y cómo se lo ha tomado?—Como si le hubiera dicho que va a llover.—Muy suyo. —Sara miró las luces del árbol—. ¿Y tu familia?
—Mañana. O pasado. —Claudia se encogió de hombros—. Hoy no.Se quedaron un rato en silencio. En la pantalla del móvil, el cursor parpadeaba en un mensaje vacío.—No puedo —dijo Claudia al fin—. No se puede decir por mensaje. No esto.—Pues no se lo digas por mensaje.
Claudia bloqueó el móvil y lo dejó sobre la alfombra, bocabajo. Miró el árbol, la bola del faro colgada a la altura de los ojos, la estrella que nunca se había torcido.
Mañana era Nochebuena. Y sabía perfectamente dónde tenía que estar.