Calendario de adviento Martes, 24 de diciembre
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Martes, 24 de diciembre

Vigo amaneció limpio, sin una sola nube, como si la ciudad también hubiera decidido arreglarse para Nochebuena.

Claudia bajó andando hacia el centro con las manos en los bolsillos del abrigo y el corazón golpeándole más fuerte de lo que le habría gustado admitir.

Las calles estaban llenas de gente con bolsas, de colas en las pastelerías, de niños tirando de la mano de sus padres hacia los escaparates.

Las luces seguían encendidas aunque ya fuera de día, y en Policarpo Sanz alguien había colgado una estrella enorme de un balcón a otro que no estaba la semana anterior.

No había preparado nada. Ni una frase, ni un argumento, ni uno solo de los argumentos que en una negociación habría llevado preparados en tres versiones distintas. Por primera vez en su vida, pensaba entrar en una sala sin saber qué iba a decir.

Se detuvo un instante delante de la puerta de Ítaca, con la mano en el pomo. Después la abrió. Sonó la campanilla.

El local estaba casi vacío. Elena, detrás de la barra, se quedó quieta con una bandeja en las manos. Juan estaba al fondo, subido a la escalerita, colocando libros en la última balda, y se giró al oír la puerta.

Y en el rincón junto a la ventana, en la mesa pequeña que Claudia nunca había visto ocupada, había un hombre muy mayor, con una gorra de lana, un jersey de cuello alto y una taza entre las manos grandes y nudosas. Tenía la cara curtida de quien ha pasado media vida mirando el mar.

No hizo falta que nadie se lo presentara.El hombre la miró de arriba abajo, sin prisa, y levantó un poco la taza.—Tú debes de ser Claudia —dijo, con una voz grave y pausada que ella ya conocía de otra boca—. Mi nieto no habla de otra cosa. —Abuelo —dijo Juan, desde lo alto de la escalera.

Ramón se encogió de hombros y volvió a su taza. Juan bajó la escalerita despacio. Elena dejó la bandeja sobre la barra con un ruido que resonó en todo el local, y después fingió estar muy ocupada colocando servilletas.

* * *Se quedaron frente a frente junto a la barra, a un par de pasos, sin acercarse más.

—Hola —dijo Juan.—Hola.

Claudia había pensado que las palabras le saldrían solas cuando lo tuviera delante. No le salió ninguna. Se quedó mirándolo, con el abrigo todavía abrochado, hasta que se oyó a sí misma empezar por donde menos esperaba.

—Ayer hablé con Elena. Me contó lo de Álvaro.Juan desvió la mirada un momento hacia su hermana, que de pronto había descubierto algo fascinante en el fondo de una taza. —No tenía por qué —dijo él.

—Sí tenía. —Claudia respiró hondo—. Porque yo no lo sabía. Y porque me pasé todo el domingo pensando que te había molestado algo, y no sabía qué, y no me atreví a preguntarte.—Tampoco hacía falta. Lo que dijo tenía bastante sentido.

—No tenía ningún sentido. —Claudia se desabrochó por fin el abrigo, como si le estorbara—.

Ayer corté con él. Bueno, corté lo que fuera que hubiera, porque ni siquiera sé si había algo.

Le dije que no viniera mañana. Y no ha sido por lo que te dijo a ti.

Ha sido porque llevo dos semanas eligiendo lo que me parecía seguro, lo que quedaba bien, lo que mi familia esperaba, y mirando para otro lado cada vez que tú estabas delante.

Juan no dijo nada. La miraba como si tuviera miedo de moverse y romper algo.

—El sábado, lo de la estrella… —Claudia bajó la voz—.

No estaba torcida. Lo sabes. Me aparté porque tenía miedo, no porque no quisiera.

Llevo mucho tiempo sin dejar que nada me pille desprevenida.

Y tú me pillaste. Con unos churros, un árbol torcido y una tortilla con cebolla.

Contigo no controlo nada. Ni siquiera lo que digo.

Hizo una pausa. Detrás de ella, el abuelo Ramón sorbió de su taza con toda la calma del mundo.—Intenté escribírtelo anoche —dijo—. Dos veces. Pero no se podía decir por mensaje.

—¿Y cómo se dice?Claudia dio los dos pasos que faltaban.—Así.Y lo besó.

Juan tardó un instante en reaccionar, incrédulo, y después le rodeó la cintura con los brazos y la besó él también, despacio, con una mano en su nuca, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Claudia sintió que algo que llevaba demasiado tiempo apretado dentro de ella, por fin, se aflojaba.

Desde la barra, Elena soltó un gritito ahogado y se tapó la boca con las dos manos.Desde el rincón, Ramón volvió a su taza.* * *

—Mañana —dijo Claudia, cuando por fin se separaron, todavía con la frente apoyada en la suya—. La comida de Navidad. En casa de mis padres, a las dos.

—¿Me estás invitando?—¿Quieres?—Tu familia espera a don Perfecto.

—Mi familia espera que yo sea feliz. Aunque todavía no lo sepa. — Se rió, nerviosa—. Te aviso de que mi tía Pilar te va a preguntar para cuándo los niños antes del segundo plato. Y mi tía Rosa te va a poner la mano en el brazo para decirte que lo hace porque te quiere.

—Llevaré un bizcocho de calabaza. Para ganarme a la sala. —Eso es jugar sucio.—Tengo que usar mis mejores armas.

Claudia miró alrededor: las estanterías hasta el techo, la escalerita de madera, la balda con todas las ediciones de La Odisea, el árbol enorme con su bombilla tozuda parpadeando en la misma rama de siempre.

Pensó en la primera tarde, en lo que había pensado al cruzar esa puerta: que era un sitio tranquilo, un sitio donde no la conocía nadie.

—¿Sabes qué es lo más tonto de todo? —dijo—. Que me pasé varios días viniendo aquí a buscar a alguien. Cada tarde. Y resulta que lo que buscaba no se sentaba nunca enfrente. Era el sitio al que volvía cada tarde.

Juan sonrió y miró hacia el rincón de la ventana, donde su abuelo seguía con la taza entre las manos.

—Por eso lo llamó así —dijo—. Siempre dice que Ítaca no es el viaje.

Es donde se llega. Lo demás es camino.Desde su rincón, sin levantar la vista, Ramón asintió despacio.

* * *La campanilla sonó de golpe.Sara entró sin aliento, con el abrigo mal abrochado, la bufanda colgando de un solo lado y el móvil todavía en la mano.

—¿Me lo he perdido? —preguntó, mirando a todos—.

Dime que no me lo he perdido.—Te lo has perdido —dijo Elena, radiante—.

Pero te lo cuento con todo detalle. Tengo té. —Pon dos.

Sara se sentó en la barra junto a Elena, que ya le estaba sirviendo, y las dos se pusieron a hablar a la vez, en voz baja, mirando hacia Claudia y Juan sin ningún disimulo.

Ramón, desde su rincón, pidió otro café con un gesto de la mano, y Juan fue a ponérselo sin soltar del todo la mano de Claudia hasta el último momento.

Claudia se quedó un momento de pie en medio de Ítaca, con el abrigo abierto, las mejillas encendidas y el olor a canela y a papel viejo metido en el pelo.

Hacía mucho que no le pasaba: no tenía ningún plan para el día siguiente que no le apeteciera cumplir.

No tenía ningún expediente abierto. No había ninguna casilla que rellenar.

Solo estaba donde quería estar.* * *

Desde la calle, cualquiera que pasara esa mañana de Nochebuena por delante de Ítaca habría visto un escaparate lleno de libros, un árbol demasiado grande para el local con una bombilla que parpadeaba sola y, dentro, a cinco personas a las que se les notaba desde fuera que no tenían ninguna prisa por irse.

Un anciano junto a la ventana con su taza.

Dos chicas en la barra, riéndose de algo.

Un hombre con las gafas en la frente sirviendo un café.

Y una mujer con el abrigo abierto, en medio de todo, mirando a su alrededor como quien acaba de darse cuenta de que ha llegado.

Las luces del escaparate estaban encendidas, aunque era de día. Como en las casas donde se espera a alguien. Y ese alguien, por fin, ya estaba dentro.