Calendario de adviento Domingo, 22 de diciembre
92%

Domingo, 22 de diciembre

Ítaca acababa de abrir. Elena estaba en el obrador y Juan colocaba las sillas, todavía con el pelo húmedo de la ducha, cuando sonó la campanilla.

Álvaro entró con un abrigo largo de lana oscura y los guantes puestos.

No se sentó. Se acercó a la barra y pidió un café solo, y mientras Juan lo preparaba se quedó mirando las estanterías, la escalerita de madera y la balda de La Odisea con la misma expresión con la que alguien mira un escaparate de algo que no piensa comprar.

—Tú eres Juan, ¿verdad? —dijo, cuando le puso la taza delante—. Nos vimos el otro día. El del jersey.—El mismo.

—Mira, voy a ser directo, porque creo que es lo más honesto.

— Álvaro se quitó un guante, dedo a dedo—.

Claudia y yo estamos juntos. El día de Navidad voy a comer con ella y su familia.

Nuestros padres se conocen desde hace más de veinte años.

Es una relación que tiene sentido, ¿entiendes? Para los dos.

Juan no dijo nada. Siguió secando la jarra de la leche.

—No te lo tomes a mal —continuó Álvaro, con una sonrisa educada—.

Seguro que eres un tío majo. Pero Claudia es abogada, viene de donde viene, y tiene una vida muy clara por delante.

Nunca saldría con un camarero. Solo te lo digo para que no te hagas ilusiones y no te lleves un disgusto.Juan dejó la jarra sobre la barra. Lo miró a los ojos, sin prisa.

—Claudia no necesita que nadie hable por ella.

Álvaro sostuvo la mirada un momento. Después dejó un billete junto a la taza, que no había tocado, se puso el guante y salió. La campanilla sonó otra vez detrás de él.

Elena salió del obrador con una bandeja de bizcocho recién hecho y las manos todavía llenas de harina. Se había quedado en la puerta, sin atreverse a salir, desde el «voy a ser directo».

—¿Ese era quien yo creo que era?—Da igual quién era.

—No da igual. —Dejó la bandeja en la barra—. ¿Le vas a hacer caso?Juan no contestó. Cogió la taza intacta de Álvaro y la vació en el fregadero.

Se quedó quieto detrás de la barra. No eran las palabras de Álvaro lo que le pesaba. Llevaba desde la noche anterior intentando entender qué había frenado a Claudia en el último momento, y aquel hombre acababa de darle una explicación que no quería oír, pero que encajaba demasiado bien.

* * *

Claudia se despertó con la luz del árbol todavía encendida en el salón, porque la noche anterior no había querido apagarla. Se quedó un rato mirándolo desde la puerta, en pijama, con la taza de café entre las manos.

La estrella seguía perfectamente derecha.Cogió el móvil y le escribió a Juan: «Buenos días. El árbol ha sobrevivido a su primera noche, y la estrella sigue en su sitio».

Lo mandó con una sonrisa y se fue a la ducha.La respuesta llegó una hora después.«Me alegro. Buen domingo».

Claudia la leyó despacio. No había nada malo en ella.

Era amable, correcta, hasta le deseaba un buen domingo.

Pero no se parecía en nada al Juan de la noche anterior, ni al que había imitado la voz de su abuelo hasta hacerla llorar de risa.

Era como si alguien hubiera cerrado una puerta sin hacer ruido.

Escribió «¿Todo bien?», lo miró un momento y lo borró.* * *

En casa de sus padres estaban todos: las tías, Ana y su prometido, el caldo gallego humeando en el centro de la mesa y el belén del aparador con su pastor de más. Nadie le preguntó por el novio. Ya no hacía falta.

—Por cierto, hija —dijo Isabel, sirviendo el segundo plato—. Para la comida de Navidad. ¿A Álvaro le gusta el marisco?

Claudia abrió la boca para contestar y se dio cuenta de que no lo sabía. No sabía si le gustaba el marisco, ni el cordero, ni si tenía alguna alergia. Sabía qué café tomaba, en qué despacho trabajaba y a qué se dedicaba su padre. Nada más.

—Supongo que sí —dijo.—Bueno, pues por si acaso hago también algo de carne —dijo Isabel, contenta.

La conversación siguió sin ella. Claudia pasó la comida entera con el móvil en el regazo, mirándolo cada poco, esperando algo que no llegó.

* * *Estaba a punto de llegar a casa cuando alguien la llamó por su nombre. Álvaro la esperaba apoyado en un coche gris, con las manos en los bolsillos del abrigo.—Pasaba por aquí —dijo—. ¿Damos un paseo?

No había avisado. No preguntó si le venía bien. Claudia dudó un momento y al final dijo que sí, porque no se le ocurrió ningún motivo para decir que no.

Bajaron hacia el paseo de la ría. Hacía frío y el agua tenía ese gris metálico de las tardes de diciembre, con las grúas del puerto recortadas contra el cielo. Álvaro caminaba deprisa, como si llegara tarde a algún sitio.

—He estado pensando en la comida de Navidad —dijo—. Mi padre está encantado. Dice que es una alegría que las dos familias se junten por fin. Para mí es importante que salga bien, ¿sabes? Hay gente del despacho que se va a enterar, y ya sabes cómo es esto.

—¿Cómo es?

—Pues que todo cuenta. Con quién comes, con quién te ven. —La miró de reojo—. Por eso te lo quería comentar. Me han dicho que últimamente pasas mucho tiempo en esa cafetería.

Claudia se detuvo.—¿Quién te lo ha dicho?

—Da igual quién. Vigo es pequeño. —Álvaro hizo un gesto vago con la mano—. No te lo digo por nada, Claudia. Pero no me parece el sitio. Un bar con libros, un tío que sirve cafés… No es gente de nuestro mundo. No quiero que nadie piense cosas raras.

Claudia se quedó mirándolo. Por un momento, el ruido del tráfico del paseo se apagó del todo.

—Juan no solo sirve cafés —dijo, sin alzar la voz—.

Es arquitecto. Es el dueño de ese sitio, lo levantó su abuelo y lo lleva él con su hermana.

Y tiene un don para saber qué libro necesita cada persona que entra por la puerta, antes de que ella misma lo sepa.

Además, es una de las personas más honestas que he conocido en mucho tiempo.

—Hizo una pausa—. Y lo que yo hago con mi tiempo lo decido yo.

Álvaro soltó una risa corta, sorprendido.—Vale, vale. No te pongas así. Era un comentario.—Ya lo sé —dijo Claudia—. Por eso te contesto.

Siguieron andando un rato más, en silencio. Álvaro volvió a hablar de la comida de Navidad, del albariño, de un compañero del despacho que se había comprado un velero. Claudia no lo escuchaba. Pensaba en un mensaje de cuatro palabras. «Me alegro. Buen domingo.»

Se despidieron en su portal con dos besos. Él se fue en el coche gris sin mirar atrás.

Claudia subió a casa, encendió las luces del árbol y se sentó delante sin quitarse el abrigo. Sabía que algo no encajaba. Lo sabía como lo sabía en una negociación cuando la otra parte cedía demasiado rápido: había algo que no le estaban contando.