Calendario de adviento Sábado, 21 de diciembre
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Sábado, 21 de diciembre

A las nueve en punto sonó el telefonillo.

Claudia llevaba vestida desde las ocho y cuarto, cosa que no pensaba reconocer delante de nadie.

Se había cambiado de jersey dos veces y al final se había quedado con el primero, y se había pasado el resto del tiempo sentada en el borde del sofá, con el abrigo en las rodillas, fingiendo que leía el móvil.

—Bajo —dijo, y colgó antes de que Juan pudiera contestar.

Él la esperaba en el portal, con un gorro de lana gris y la nariz roja de frío. Llevaba el mismo aire de quien tiene un secreto y está disfrutando muchísimo de guardarlo.

—Buenos días —dijo—. ¿Has traído las ganas de desayunar? —Las he traído. Y el hambre. ¿Me vas a decir ya adónde vamos? —Primero, a desayunar. Luego ya veremos.

Fueron andando hasta un café antiguo del centro, de los que tenían espejos en las paredes, mesas de mármol y camareros con chaleco que llevaban toda la vida haciendo lo mismo.

Olía a aceite caliente, a azúcar y a cacao.

Juan pidió sin mirar la carta: dos chocolates y una ración de churros para compartir.

El chocolate llegó tan espeso que la cucharilla se quedaba de pie. Los churros, todavía humeando, crujían al partirlos.

—Esto es trampa —dijo Claudia, con los dedos llenos de azúcar—. Nadie puede enfadarse con alguien que le trae aquí un sábado por la mañana.

—Ese era el plan.—¿Y el resto del plan?Juan mojó un churro en el chocolate, sin prisa.

—Me dijiste una vez que siempre habías querido tener un árbol de verdad en casa —dijo—. Y que cada año se te pasaba diciembre sin hacerlo.

Claudia dejó la taza en el plato. Lo había dicho el día del plantón, colgando bolas en el árbol de Ítaca, casi sin darse cuenta de lo que decía. Se le había olvidado por completo que lo había dicho.

A él, por lo visto, no.—¿Te acuerdas de eso?

—Me acuerdo de casi todo lo que dices —dijo Juan, y se metió el churro en la boca antes de que ella pudiera contestar.* * *

La furgoneta de Ítaca estaba aparcada a dos calles, con un par de mantas viejas en la parte de atrás.

Juan condujo hasta un puesto de árboles naturales a las afueras, donde un hombre con un forro polar y unos guantes enormes les enseñó una hilera de abetos apoyados contra una valla, todos con la etiqueta del precio colgando de una rama.

—Tiene que caber en un piso compartido —dijo Claudia—. Por la puerta, por el pasillo y por el ascensor. No uno como el vuestro.

—Eso ya lo había pensado.—¿Seguro?—Tomé medidas mentales de tu portal esta mañana.

Eligieron uno casi tan alto como ellos, frondoso, con la punta un poco torcida hacia la izquierda.

A Claudia le gustó precisamente por eso.

En el mismo puesto compraron una caja de bolas rojas, dos tiras de luces cálidas, un rollo de espumillón dorado y una estrella para la punta que Juan insistió en pagar él.

Metieron el árbol en la furgoneta entre los dos, envuelto en una de las mantas, y Claudia se pasó el camino de vuelta con el olor a resina pegado a las manos y una sensación que no conseguía nombrar.

Antes de subirlo pararon a comer algo. Dejaron el árbol esperando en la furgoneta y se metieron en una taberna pequeña del Casco Vello, con barriles haciendo de mesa y el menú escrito con tiza en una pizarra.

Pidieron unas raciones para compartir y dos vasos de vino, y Claudia se dio cuenta, entre plato y plato, de que era la primera vez en todo el mes que comía un sábado sin mirar el reloj.

—¿Siempre planificas así las citas? —le preguntó—. ¿Desayuno, árbol, comida?—No sé —dijo Juan—. Es la primera vez que planifico una.

El ascensor, al final, no hizo falta. Subieron por la escalera, Juan por delante, Claudia sujetando la base, riéndose cada vez que la punta del árbol se enganchaba en la barandilla.

Sara abrió la puerta antes de que llamaran. Se quedó mirando el abeto, después a Juan, después a Claudia, que tenía una aguja de pino enredada en el pelo.

—Vaya —dijo—. Qué casualidad. Justo ahora me iba. —¿Adónde? —preguntó Claudia.

—A un sitio. Lejos. Que tengo mucho que hacer allí. —Cogió el abrigo del perchero sin ponérselo, y el bolso, y las llaves—. Hola, Juan. Adiós, Juan. Pasadlo bien.

Y cerró la puerta tras de sí antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada.

* * * Pusieron el árbol en el rincón del salón, junto a la ventana, donde nunca había habido nada más que una lámpara de pie que Claudia arrastró hasta el pasillo sin miramientos.

Antes de abrir la caja de bolas, Claudia fue a su cuarto y volvió con la cajita dorada del amigo invisible. Sacó la bola del faro de su nido de papel de seda y la sostuvo un momento a la luz de la ventana.

—Esta va la primera —dijo.Juan la miró con curiosidad.—¿Y eso?—Me la regalaron ayer en el trabajo. No tenía dónde colgarla.

La colgó en una rama a la altura de los ojos, bien a la vista.

Después vino todo lo demás: las luces, que esta vez no se enredaron en nadie; las bolas rojas, que Juan repartía con una precisión casi arquitectónica y que ella volvía a mover solo por llevarle la contraria; el espumillón, que acabó más en el suelo que en el árbol.

Pusieron música. Hablaron poco y se rieron mucho.

A media tarde, Claudia se dio cuenta de que llevaba un buen rato tarareando un villancico que ni siquiera le gustaba.

La estrella la puso Juan, de puntillas, porque la punta torcida no la sujetaba bien y hubo que atarla con un trozo de hilo.Cuando por fin enchufaron las luces, se hizo el silencio.

El árbol brillaba en el rincón, pequeño, torcido, lleno de bolas mal repartidas. A Claudia le pareció lo más bonito que había tenido nunca en ese piso.

Dio un paso atrás para verlo entero. Sin pensarlo mucho, sacó el móvil para hacerle una foto, algo que casi nunca hacía.

—Falta algo —dijo Juan.—¿El qué?—Los artistas.

Claudia se rió y levantó el móvil con el brazo estirado. Juan se colocó a su lado, un poco agachado para entrar en el encuadre, con el árbol encendido detrás. En la pantalla salían los dos despeinados, con la cara brillante por el reflejo de las luces y cara de haberse pasado el día riendo.

Hizo la foto. Bajó el móvil.

Y cuando se giró hacia él, Juan estaba muy cerca. No se apartó. Ella tampoco. Olía a resina y a frío, y tenía una aguja de pino enganchada en el jersey que Claudia levantó la mano para quitarle sin pensarlo.

La mano se quedó ahí, sobre su pecho, más tiempo del que hacía falta para quitar una aguja.Juan inclinó un poco la cabeza. Ella levantó la suya.

Y entonces, de pronto, Claudia se acordó de que ya lo tenía todo decidido. De que había una comida el 25, un nombre dicho en voz alta delante de toda su familia y un padre sonriendo en la cabecera. De que las cosas que una da por hechas son siempre las que peor salen.

Apartó la mano.—Se ha torcido la estrella —dijo, aunque no se había torcido.

Juan la miró un momento. No dijo nada. Luego asintió, despacio, y fue a enderezar una estrella que estaba perfectamente derecha.

Se marchó al poco rato, con una excusa sobre la persiana de Ítaca que ninguno de los dos se creyó. En la puerta, ya con el gorro puesto, se volvió.

—Ha quedado bonito —dijo.—Gracias. Por todo.—De nada. Por todo.

* * *Sara no volvió hasta tarde. Claudia estaba sola en el sofá, con la luz del salón apagada y solo las del árbol encendidas, cuando el móvil vibró. Era Juan. «Hoy me lo he pasado muy bien. Gracias por dejarme colarme en tu salón».

Claudia sonrió antes de contestar.«Gracias a ti. Por los churros, por el árbol y por acordarte».

Esperó un rato, por si llegaba algo más. No llegó, y no le importó. Al poco, el móvil volvió a vibrar. Esta vez era Álvaro.«¿Qué tal el día? Yo en el despacho desde las nueve, sábado incluido. Esto no para».

Claudia miró el árbol y sonrió sin querer. Buscó la foto en la galería. Salían los dos, ella y Juan, despeinados y felices, con el árbol encendido detrás. Le pareció una foto bonita. No lo pensó más.

«He estado montando el árbol. ¡Ha quedado genial!», escribió, y la mandó con la foto.Contempló el árbol un rato más y después se fue a la cama. No vio que el mensaje se quedaba en leído. Ni que la respuesta, esa noche, no llegó.

Al otro lado de la ciudad, en un despacho con las luces de la calle reflejadas en el cristal, Álvaro amplió la foto con dos dedos. Tardó un momento en reconocer la cara del hombre que sonreía junto a Claudia. Cuando lo hizo, dejó el móvil sobre la mesa, bocabajo, con más fuerza de la necesaria.

Y no contestó.