Calendario de adviento Viernes, 20 de diciembre
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Viernes, 20 de diciembre

El último día antes de vacaciones, en el bufete nadie trabajaba del todo, aunque todos fingían hacerlo.

A las doce, alguien apagó las luces de la sala de reuniones y encendió una tira de bombillas de colores que nadie sabía de dónde había salido.

Era la hora del amigo invisible. Hubo una taza con la frase «Sobreviví a otro cierre de año», un cactus con gorro de Papá Noel y una agenda para el año siguiente que el socio más veterano recibió con la cara de quien acaba de enterarse de que el año siguiente existe.

A Claudia le tocó una cajita pequeña envuelta en papel dorado. Dentro, sobre un nido de papel de seda, había una bola de cristal pintada a mano, con un faro diminuto y una línea de mar azul alrededor.

—Para el árbol —le dijo, muy satisfecha, la compañera que se la había regalado—. Es de un artesano de Baiona. Cada una es distinta. —Es preciosa —dijo Claudia, y lo dijo de verdad.

Se quedó un momento mirándola a contraluz, con el faro girando despacio entre los dedos.

Era preciosa. Y no tenía dónde colgarla.

En su piso no había árbol, ni lo había habido nunca: cada año se prometía que ese sí, y cada año se le pasaba diciembre entero sin comprar ni un adorno.

La idea de guardar aquella bola en un cajón hasta el año siguiente le dio una pena desproporcionada para lo pequeña que era.

La envolvió otra vez con mucho cuidado y la guardó en el bolso, junto al documento que había imprimido esa misma mañana: cinco folios, grapados, con todas las facturas del técnico ordenadas año por año y una explicación para el gestor de Ítaca que hasta un niño podría seguir.

Lo había releído tres veces. No tenía ni una errata.

Era, probablemente, el trabajo del que más orgullosa se sentía de todo el año, y no iba a cobrar ni un euro por él.

A las cinco y media apagó el ordenador sabiendo que no volvería a encenderlo hasta enero.* * *Elena recibió los cinco folios con las dos manos, como si fueran un diploma.—¿Esto es todo?—Todo. Se lo das al gestor y, si tiene cualquier duda, que me llame.

—Voy a enmarcarlo —dijo Elena—. Lo voy a colgar al lado de la caja, para que todo el que entre sepa que esta casa tiene las cuentas en orden.

—Eso no lo va a leer nadie.—Da igual. Es para que lo sepan.

Le dejó en la mesa un té y un par de roscos de vino, todavía tibios, con el azúcar pegado a los dedos.—Receta de la abuela —dijo—. Hoy toca celebrar.

Juan estaba detrás de la barra, atendiendo a una pareja que no se decidía entre dos libros de cocina. Cuando por fin se fueron, cada uno con uno distinto, se acercó a la mesa de Claudia secándose las manos en un paño.

—Así que ya está —dijo—. Ya no tienes ninguna excusa para venir por aquí.—No sabía que necesitara excusa.—No la necesitas. —Se quedó un momento callado, dándole vueltas al paño entre las manos—. ¿Qué haces mañana?

—Nada, en principio. Primer sábado de vacaciones.—Pues ya tienes plan. Paso a buscarte a las nueve.—¿A las nueve de la mañana? ¿En sábado?—A las nueve de la mañana, en sábado.—¿Y adónde vamos?—Eso es sorpresa.

Claudia dejó la taza en el plato y cruzó los brazos, con la misma cara con la que se sentaba frente a la otra parte en una negociación difícil.

—Dame algo. Una pista. Lo que sea.—No.—¿Hace falta ropa de abrigo? ¿Vamos lejos? ¿Hay que llevar algo?

—Trae ganas de desayunar —dijo Juan—. Es todo lo que te voy a decir.

—Eso no es una pista. Eso es un horario.

—Es una pista muy buena. Si no la sabes interpretar, es problema tuyo.Claudia se rió, y él también.

Después, ya de pie para irse, Juan se quedó parado a mitad de camino hacia la barra. —Oye. ¿Y dónde vives?

Los dos se miraron un momento y se echaron a reír a la vez. Tantas tardes, tantas cajas y una tortilla con cebolla, y él no sabía ni en qué calle vivía.

Claudia le escribió la dirección y su número de teléfono en una servilleta. Juan la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo de la camisa, como quien guarda algo que no piensa perder.

* * *

—¿A las nueve? —Sara se incorporó en el sofá de golpe—. ¿De la mañana? ¿Un sábado? Ese hombre te quiere mucho o no te conoce nada.

—Me ha dicho que traiga ganas de desayunar.—Pues eso ya es más de lo que te dijo nunca ninguno de los doce. —Sara volvió a tumbarse, encantada—. ¿Y no te ha dicho nada más?

—Nada. Ni una palabra.—Me cae cada día mejor.

Claudia se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, y le contó lo de las facturas del manual de la cafetera. Sara aplaudió en los momentos adecuados y, cuando Claudia le enseñó la bola del faro, la sostuvo un rato a contraluz sin decir nada.

—¿Y dónde la vas a colgar? —preguntó al final.—En ningún sitio. No tenemos árbol.

—Ya —dijo Sara, devolviéndosela—. Eso habría que arreglarlo algún día.Estaban las dos con la tele puesta sin mirarla cuando el móvil de Claudia vibró sobre la alfombra. Era Álvaro.«¿Cómo estás? Yo reuniones hasta ahora mismo. Te recojo yo el 25, así llegamos juntos. Ya me dirás a qué hora bajas».

Claudia lo leyó y bajó despacio el móvil. Era un mensaje correcto, práctico, bien pensado. Lo que no supo explicarse fue por qué le había hecho más ilusión un «trae ganas de desayunar» que todo aquel mensaje junto.

Sara, que lo había leído de reojo por encima de su hombro sin ningún disimulo, se levantó del sofá y se fue hacia la cocina.

—Voy a por un yogur —dijo—. ¿Quieres algo? Porque con uno que te recoge a las nueve para desayunar y otro que te recoge el 25 para comer, tú ya tienes la agenda más llena que yo en toda mi vida.

Y desapareció en la cocina tarareando un villancico, encantada de haberse conocido.